El “Ecce Homo” de Borja: historia de un desastre que se volvió ícono

Fue una anciana de una pequeña localidad española la que se ofreció para restaurar un fresco de Cristo, pero de forma amateur. El resultado no fue el óptimo. Ello hizo que el cuadro fuese conocido como "Ecce Mono" y se volviera viral en redes. Hoy, transformado en ícono pop, genera ganancias propias de una obra famosa. Esta es la historia y sus protagonistas, una década más tarde.



Le daba pena ver cómo el salitre de las paredes se iba comiendo el fresco. Y como una habitual de la parroquia Santuario de Misericordia del pueblo de Borja, Zaragoza, Cecilia Giménez, 81 años, decidió echar una mano para restaurar una de las pinturas murales de la iglesia, un Ecce Homo. La veterana consideraba que el talento y las ganas eran suficientes para tamaña empresa.

El fresco era original de la década de 1930 y fue pintado -por encargo directo- por el pintor español Elías García Martínez, quien solía pasar sus vacaciones en la localidad. Es una obra de pequeñas dimensiones, de 66 × 40 cm, en un muro de yeso. En rigor, García Martínez se basó en un Ecce Homo anterior, del italiano Guido Reni, de 1640. De ahí el aire algo renacentista y neoclásico que poseía.

A la izquierda, el Ecce Homo de Guido Reni, de 1640. A la derecha, la versión española de 1930.

El cuadro representa el momento en que Poncio Pilato, el gobernador romano de Judea, presenta a Jesús -atado, sufriente, recién flagelado y con la corona de espinas- ante la muchedumbre de Jerusalén para que elija entre él y Barrabás quién sería indultado y quién condenado a muerte y crucificado. “Este es el hombre”, dijo Pilato. Ecce homo, en latín.

Bajo la pieza, García Martínez escribió un texto piadoso: “Este es el resultado de dos horas de devoción a la Virgen de la Misericordia”. Sin embargo, la pintura no fue hecha con los medios adecuados, y el deterioro fue inevitable.

Otra versión del Ecce Homo, del italiano Lodovico Cardi, de 1607.

Presta, Giménez se ofreció a hacer una restauración. La anciana es una pintora aficionada, y que al menos algo de experiencia tenía: retocó un lienzo de la Virgen del Carmen, en el Convento de Santa Clara, también en Borja. “Con mucho amor”, decidió limpiar el mural y restaurar la pintura. En teoría, nada podía salir mal.

Así empezó su labor, de la que se detuvo para descansar. Sin embargo, a su regreso, el cura párroco no le permitió continuar, el desastre estaba hecho. El sufriente Cristo ahora estaba convertido en unos manchones. El 7 de agosto de 2012, la desmejorada pintura daba la vuelta al mundo ante la burla generalizada. De hecho, un corresponsal de la BBC la definió de un modo nada halagador. Dijo que la obra original derivó en el “esbozo de un mono muy peludo vestido con una túnica de una talla inadecuada”. Crueles, en las redes sociales nació una nueva denominación: el Ecce Mono.

Por supuesto, la obra se volvió viral y, hasta hoy, protagoniza una serie de divertidos memes que se pueden hallar en la red.

La anciana se defendía argumentando que no la habían dejado terminar. En declaraciones a la televisión española indicó que era alguien bastante competente: “Hice una exposición y llené cuatro salas, ¡vendí 40 cuadros!”. Además, indicó que había usado buen material de obra: “Óleos, y muy buenos”.

Pero no todo fueron pifias. El escritor español Jesús Ferrero mostró su apoyo a la improvisada artista desde su Facebook: “Se ha atrevido a consumar lo que Picasso nunca consumó: modificar un ‘clásico’ interviniendo directamente sobre la tela y convirtiendo una obra de arte en otra”. Y otro espaldarazo vino desde el mismísimo cineasta Álex de la Iglesia, quien a través de su cuenta de Twitter indicó: “Es exactamente un ICONO de nuestra manera de ver el mundo. Significa mucho”.

Un ícono pop

Hoy, diez años después, el panorama es diferente. La monumental pifia puso el nombre del pueblito de Borja, de apenas 107 km² y 4.922 habitantes (según el censo de 2018) a los ojos del mundo. Ni cortos ni perezosos, en el municipio decidieron aprovechar la fama mundial y cobrar una entrada para los turistas que quieran visitar la iglesia y conocer el Ecce Mono. Algo así como una Gioconda española rural.

Para quienes estén pensando en ir, la entrada vale 3 euros (unos 2.700 pesos chilenos). En diez años, nada menos que 300 mil personas han visitado el mural, todo un fenómeno. De hecho, el alcalde del poblado, Eduardo Arilla, detalló a la española revista AD los beneficios que ha significado para el poblado: “La recaudación, en primer lugar, financia los salarios de los conserjes que trabajan en el lugar donde está el Ecce Homo. El Santuario está abierto todos los días del año, excepto los dos días festivos de la localidad, el día el Navidad y el día el Año Nuevo, por lo que se han generado muchos puestos de trabajo”. Según El Mundo, la obra ya ha generado 450.000 euros en ganancias (unos 403 millones de pesos chilenos). Un récord.

Siguiendo el manual del Coronel Parker, el ambicioso manager de Elvis Presley, el Ecce Mono ha generado toda una fiebre de merchadising que incluye toda clase de chucherías, como poleras, tazas, lápices, llaveros y hasta una marca de vinos. Todo un ícono pop, a la altura de otras famosas obras de arte. “De esta recaudación, el 43% va para Cecilia y el 57% para la Fundación, pero Cecilia lleva unos años cediendo su parte”, explica Arilla.

El “Ecce Homo” de Borja

En 2017, vino un reconocimiento de la academia: la revista especializada Art Info colocó al Ecce Homo en el número 52 de las obras de arte más icónicas creadas en el mundo entre 2007 y 2012. Es más, el Museo de Arte Moderno de Nueva York, MoMA, uno de los más importantes del mundo, se interesó por comprarlo.

Hoy, el ayuntamiento de Borja prepara un homenaje para celebrar los 10 años de la fallida restauración y que terminó por darle fama. La idea no gustó a los parientes del pintor original. “Se ha borrado la memoria de mi abuelo”, declaró al matutino ABC la nieta de García Martínez. Sin embargo, hasta ahora, se mantiene la iniciativa para el mes de septiembre.

¿Y la “autora” del célebre cuadro? La anciana Cecilia Giménez hoy cuenta 91 años, vive en una residencia de ancianos, no tiene buena salud, y vive junto a su hijo José Antonio, quien sufre de parálisis cerebral. El diario Sur, de la región, pudo hablar con ella y asegura que ya se retiró definitivamente de las brochas y lienzos. “No (sigo pintando). Ahora no. Que tengo 91 años, ¡eh! Y son muchos años…”.

Sigue leyendo en Culto

Comenta

Por favor, inicia sesión en La Tercera para acceder a los comentarios.


La iniciativa permite a cientos de niños ir al colegio en bicicleta, con la finalidad de generar consciencia a través de la entretención y la sustentabilidad.