¿Dónde diablos está mi reloj?: un relato de Jaime Bayly

"A la cena familiar solo asistieron la madre de Barclays, Dorita, dos hermanos de Barclays y su esposa, Silvia. En la mesa de celebración donde los camareros sirvieron la comida y las bebidas, seis sillas quedaron vacías y fueron retiradas discretamente: la mayoría de la familia eligió ausentarse, en repudio al cumpleañero".



Cuando cumplió cincuenta años, Barclays ofreció una cena en su casa en Miami para su familia más íntima. Sus dos hijas mayores se negaron a asistir. A pesar de que recibían dineros de él, preferían no verlo. Cuatro de sus hermanos también se negaron a acompañarlo. Estaban peleados con él por cosas de dinero. Hicieron causa común contra él.

A la cena familiar solo asistieron la madre de Barclays, Dorita, dos hermanos de Barclays y su esposa, Silvia. En la mesa de celebración donde los camareros sirvieron la comida y las bebidas, seis sillas quedaron vacías y fueron retiradas discretamente: la mayoría de la familia eligió ausentarse, en repudio al cumpleañero.

Debido a ello, en un gesto extraordinario de amor y generosidad, Silvia Barclays le dio a su esposo nada menos que cincuenta regalos. Gastó una fortuna de su propio dinero comprando los obsequios más impresionantes: zapatos, camisas, pantalones, chaquetas, corbatas, maletines, bolígrafos, pañuelos, prendas de cachemira, abrigos, bufandas, sombreros, trajes de baño y probablemente el regalo más costoso de todos, un reloj de alta gama, de marca francesa, que le costó lo que podía costar un auto nuevo.

La madre de Barclays, Dorita, también le regaló a su hijo cincuentón un reloj, pero uno de marca suiza, con tres cronómetros en la esfera, que la señora, tan amorosa como siempre, le había comprado, ya usado, a uno de sus hijos, Manuel, Manuelito, uno de los dos hermanos de Barclays que asistieron a la cena familiar. Barclays reconoció el reloj enseguida y le hizo gracia que el pilluelo de Manuelito le hubiese vendido a su madre un reloj usado a precio de reloj nuevo, haciendo negocio a expensas de la candidez de Dorita.

Eran tan caros ambos relojes que Barclays, abrumado, los metió en la caja fuerte de su casa y decidió no usarlos, pues le daba miedo que se los robasen en algún viaje. Pero el reloj francés que le regaló su esposa era tan lindo que a veces lo usaba para ir a la televisión, o para conceder una entrevista, o para viajar a alguna ciudad no demasiado insegura. Sin embargo, eran muy contadas las ocasiones en que se animaba a ponerse ese reloj carísimo. Le pesaba llevar tanto dinero en la muñeca izquierda. Sentía que no lo merecía.

Meses atrás, la caja fuerte de los Barclays se trabó y no había quien la abriera. Durante semanas, trataron de abrirla, sin fortuna. Al final, Silvia obró el milagro y consiguió abrirla. Temerosos de que volviese a averiarse, los Barclays retiraron sus objetos de valor. Barclays escondió sus relojes más valiosos en los cajones de su escritorio.

Recientemente, Silvia le hizo notar a su esposo que hacía tiempo no usaba el reloj que ella le había regalado por sus cincuenta años. Barclays quiso ponérselo esa misma noche para lucirlo en su programa de televisión.

Entonces comenzó el triste episodio del reloj perdido, desaparecido.

Barclays lo buscó obsesivamente en todos sus cajones, en los bolsillos de todas sus chaquetas, en sus maletines y maletas, en todos los resquicios y escondrijos donde podía haberlo ocultado. Pasó varios días buscando obsesivamente el reloj francés. Parecía un demente. No lo encontró. Al parecer, no estaba más en su casa.

Silvia también buscó el reloj entre sus pertenencias. No lo encontró.

Acudieron a la relojería del barrio y preguntaron si lo habían dejado allí para alguna reparación o un cambio de correa. No, no estaba allí.

De inmediato condujeron a la casa de modas francesa donde Silvia había adquirido el reloj. La vendedora Marina, de exquisita amabilidad, lamentó el extravío y les dijo que no habían dejado el reloj allí.

Entonces Barclays recordó que en los últimos años había regalado numerosos relojes de alta gama a sus hermanos, sobre todo a dos de sus hermanos que no acudieron a su cena por los cincuenta años: Octavio y Julián.

-Soy tan idiota que seguramente le he regalado a uno de mis hermanos el reloj que me regaló Silvia por mis cincuenta -pensó.

No tardó en enviar seis correos electrónicos a sus seis hermanos: a los cuatro que no asistieron a su celebración por los cincuenta años, y a los dos que sí acudieron. Les preguntó uno a uno si les había regalado un reloj de marca francesa, con esfera de globo, con números romanos. Uno de sus hermanos, Octavio, respondió:

-Hace cuatro años, en una Navidad que regalaste un montón de relojes a toda la familia, me regalaste un reloj de esa marca.

En aquella Navidad, Barclays llegó a Lima, la ciudad donde vivían su madre, sus hermanos y sus sobrinos, con varias maletas cargadas de relojes para todos ellos. Como eran tantos relojes, tuvo que pagar una multa onerosa en la aduana.

Sin perder tiempo, Barclays le pidió a su hermano Octavio que le enviase una foto, o varias, del reloj francés que le había regalado en aquellas Navidades.

-Me temo que te he regalado un reloj que Silvia me regaló por mis cincuenta. No aparece por ningún lado. Se ha perdido. Te ruego que me mandes fotos, a ver si es el reloj perdido.

Caballeroso como siempre, Octavio le envió a Barclays las fotos del reloj.

-¡Es el reloj que me regaló Silvia! -pensó Barclays, nada más ver las fotos.

Entonces se permitió la indelicadeza de rogarle a su hermano Octavio que le devolviese aquel reloj, pero sin decirle nunca a Silvia que él se lo había regalado:

-Por favor dáselo a mi asistenta Tamara, y ella lo llevará a mi apartamento allá, y dirá que lo encontró en los cajones de mi escritorio, ¿te parece?

Octavio estuvo encantado de ayudar a su hermano Barclays a resolver le crisis del reloj perdido. Como habían acordado encontrarse en Roma en vísperas de las próximas navidades, Barclays le dijo:

-Te prometo que te llevaré un reloj precioso a Roma. Mil disculpas, Octavio. Me siento fatal contigo. Lo que se regala no se quita. Pero es un regalo que me hizo Silvia y tiene un gran valor sentimental.

Luego Barclays pensó:

-¿Cómo pude ser tan estúpido, tan descuidado, tan insensible, tan desmemoriado de regalarle a Octavio el reloj que me regaló Silvia por mis cincuenta años?

Pocas horas después, la asistenta de Barclays en Lima pasó por la casa de Octavio y recogió el reloj. Luego lo llevó al departamento de los Barclays en aquella ciudad, una propiedad que suele estar desocupada porque ellos no desean volver por el momento a la ciudad en que nacieron, y le escribió un correo electrónico a Barclays, siguiendo las instrucciones que este le había dictado minuciosamente:

-Lleva el reloj a mi apartamento, mételo en los cajones de mi escritorio, tómale varias fotos y mándame un correo diciendo que lo encontraste allí. Silvia no debe saber que le regalé ese reloj a mi hermano Octavio. Mi bolsa testicular correría peligro.

Por eso, la asistenta Tamara le envió a Barclays un correo celebratorio, con fotos adjuntas, que decía:

-¡Señor, buenas noticias, encontré su reloj, estaba en los cajones de su escritorio, aquí le envío fotos!

De inmediato, Barclays corrió donde su esposa y le mostró el correo de su asistenta:

-¡Amor, Tamara encontró el reloj!

Pero la triste historia del reloj perdido no habría de terminar tan felizmente. Pues Silvia examinó las fotos y dictaminó, como un forense tras practicar la autopsia:

-Ese no es el reloj que yo te regalé. Ese es otro modelo.

Seguro de que Silvia estaba equivocada, Barclays porfió:

-¡No, ese es el reloj que me regalaste!

-No -zanjó, Silvia, seria, contrariada-. Se parece, pero no es. Es otro modelo. El que te regalé tiene la esfera en forma de globo. Este no.

Tan testarudo se puso Barclays que volvieron a la casa de modas francesa y le mostraron las fotos del reloj a la vendedora Marina, de exquisita amabilidad, y ella no dudó en afirmar:

-Ese no es el reloj que le compró su esposa. Ese es otro modelo, señor Barclays. Es un reloj que, si no me falla la memoria, usted compró para uno de sus hermanos.

Barclays pensó, humillado:

-Cómo puede la vendedora Marina recordar lo que yo he olvidado. Cómo puedo ser tan idiota de confundirlo todo y no acordarme de nada. Ya no sé qué relojes me regalaron, ni qué relojes regalé yo. Estoy perdiendo la memoria. Todo se me entrevera en una espesa niebla de olvidos.

Volvieron a la casa con el ánimo contrariado, Barclays sintiéndose un anciano con demencia senil. No tardó en confesarle la verdad a su esposa:

-Mi amor, la verdad es que Tamara no encontró ese reloj en mi escritorio en Lima. Ese reloj se lo regalé a mi hermano Octavio. Y pensé que era el que me habías regalado. Por eso se lo quité a Octavio. Y simulamos que Tamara lo había encontrado en mis cajones allá. Mil disculpas por mentirte.

-No pasa nada -dijo Silvia.

Pero era obvio que estaba disgustada y acaso ofendida porque Barclays nunca usaba el reloj perdido y, sobre todo, porque había extraviado algo tan bello, tan costoso, con tanto valor sentimental.

-Si no supo cuidar ese reloj, es porque no le importan las cosas que le regalo -pensaba Silvia.

-¡Cómo puedo haberlo perdido! -se torturaba Barclays.

A continuación, la asistenta Tamara le devolvió a Octavio el reloj que Barclays le había regalado por Navidad. Al menos Barclays tenía el consuelo de que sí le había comprado ese reloj a su hermano y no había obsequiado el que recibió de Silvia.

Siguieron buscando el reloj por toda la casa, pero no apareció.

Barclays dijo entonces:

-Sólo hay dos opciones razonables: alguien me lo ha robado en esta casa, o lo he perdido en alguno de mis viajes.

No podía descartar una opción ni la otra. Hacía pocos meses, en uno de sus tantos viajes, los Barclays contrataron a una cuadrilla de trabajadores para cambiar ciertas alfombras.

-Quizás uno de esos trabajadores entró a mi habitación, abrió mis cajones y se llevó el reloj, porque ya no estaba en la caja fuerte -dijo Barclays.

O tal vez él mismo había llevado el reloj a alguno de los viajes que había hecho ese año: a Punta del Este, a Londres, a Montreal, a Frankfurt.

-Quizás lo llevé en mi maletín y cuando las señoras de la limpieza del hotel entraron a mi habitación, alguna de ellas se tentó y se llevó el reloj.

De una sola cosa podía Barclays estar seguro: no había regalado el reloj perdido a ninguno de sus hermanos. También estaba seguro de que muy raramente sacaba ese reloj del cajón de su escritorio. ¿Lo había sustraído alguien? No podía descartarlo. ¿Lo había perdido en algún viaje? No podía descartarlo.

Pero lo que más entristecía a Barclays, y le apenaba hasta hacerlo llorar, no era tanto haber extraviado ese reloj de inestimable valor sentimental, pues al final podía comprar uno idéntico y simular que era el mismo, sino la inquietante certidumbre de que no recordaba nada de nada: ¿se lo regalé a un hermano?; ¿lo escondí en algún lugar que ahora no recuerdo?; ¿lo llevé a algún viaje para usarlo en una ocasión especial y lo perdí en aquella travesía? Barclays se sintió como esos viejitos que esconden sus cosas de valor y luego no las encuentran porque olvidaron dónde exactamente las escondieron.

-Mi memoria se deshace como una gelatina -pensó, llorando a solas-. Junto con el reloj, he perdido la memoria -concluyó, humillado.

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