Culto

Cuando el río Mapocho inundó las calles de Santiago, arrastró a la gente y destruyó un puente en el siglo XVI

Las intensas precipitaciones del invierno de 1574 desataron una de las grandes inundaciones de los primeros años de la capital. Los testimonios históricos describen calles convertidas en torrentes, casas arruinadas y un puente sobre el río Maipo nuevamente destruido.

Aunque lo intentaron, muchos de los habitantes de la “muy noble y leal” ciudad de Santiago, apenas pudieron dormir la madrugada del martes 20 de julio de 1574. El río Mapocho, desbordado, corría por las calles y entraba sin permiso ni saludo a las frágiles casas.

Esa temporada fue especialmente lluviosa. Según lo que proponen los autores Rosa Urrutia y Carlos Lanza, en su clásico Catástrofes en Chile 1541 – 1992, las abundantes precipitaciones alimentaron la nieve en la cordillera, y por consiguiente al caudal del río, provocando el desastre.

Aquella fue la primera gran inundación registrada en la naciente ciudad. Mientras los serenos daban la alarma, los asustados vecinos se acomodaban como podían ante la fuerza del Mapocho. “El río desbordado corrió por las calles que iban del oriente al mar, pasó por la plaza pública, por el edificio del cabildo y por La Cañada corrió de ‘monte a monte’”. apuntan los autores.

Melchor Bravo de Saravia y Sotomayor, gobernador de Chile y presidente de la Real Audiencia entre 1568 y 1575.

El río avanzó como un aluvión y dejó pérdidas humanas y materiales. “Por la plaza pasaban dos brazos torrentosos de agua: uno por su costado norte y otro por su costado sur. Algo parecido ocurría en las calles hoy día llamadas Puente, Santo Domingo, Huérfanos y Moneda. Los perjuicios fueron enormes; varios indios que pretendieron atravesar la calle frente a la iglesia de la Merced fueron arrastrados por las aguas; y, a más de ello, se arruinaron casas y derribaron paredes”, escribe León Echaiz, en su Historia de Santiago. Tomo I: La Colonia.

El Santiago de la Nueva Extremadura de esos días estaba trazado entre los dos brazos del río Mapocho (uno de ellos era La Cañada, la actual Alameda), el cerro Huelén (el actual Santa Lucía) y la zona poniente, todavía en expansión. Para entonces ya había pasado por varias dificultades. Fundada en 1541, ya había vivido un ataque indígena que la destruyó casi por completo, además de varias epidemias (en 1549 hubo que sacrificar ovejas infectadas), hambrunas, sequías e incluso ya había sido devastada por su primer terremoto en 1570.

Por ello, las autoridades de la época quisieron imponerse rápidamente de los daños y tomar las primeras medidas. En esos días, era gobernador de Chile el jurista Melchor Bravo de Saravia y Sotomayor, quien a la vez ejercía la presidencia de la Real Audiencia de Concepción. Pronto hubo gente en terreno. “El escribano del cabildo, Nicolás de Gárnica, recorrió a caballo la ciudad, estableciendo en su testimonio escrito, que era tal el ímpetu de la aguas que ‘daba a la cincha a los buenos caballos’”, detallan Urrutia y Lanza. “La inundación arrastró a varios indios y dejó algunas casas con las murallas en el suelo. Se hicieron defensas y reparaciones de emergencia con carretas de madera”.

Santiago en 1552 según croquis de Tomás Thayer Ojeda.

El temporal y la crecida del río también arrasaron con el puente sobre el río Maipo, una importante vía de acceso a la ciudad en la época y que ya había destruido unos años antes. Es decir, ya era un punto complejo de la ciudad. “El cabildo, en una de sus sesiones de agosto de 1545, acordó hacer un puente con la colaboración de los comarcanos que habitualmente lo usaban; se construyó de algarrobo y costó dos mil quinientos pesos, además de la mano de obra proporcionada por el ayuntamiento, que suministró durante una semana cuarenta indios para las faenas. Se terminó en 1557″.

Pero con el puente nuevamente destruido por las aguas incontrolables, el cabildo debió adoptar algunas medidas. “Se acordó en agosto de 1574, una contribución extraordinaria o ‘derrama’ de cuatrocientos pesos de oro, entre los vecinos encomenderos de indios, los mercaderes y los indios vecinos al río, para efectuar las reparaciones”, detallan Urrutia y Lanza. “Poco después, estimando que la cantidad no bastaba, la elevó a seiscientos pesos”.

La naturaleza pareció ensañarse con la ciudad, pues en marzo del año siguiente, se sintió un fuerte temblor que dejó algunos daños acotados. Y aunque los piadosos vecinos de la época se encomendaron a San Saturnino, el sismo desató su fuerza más al sur. La tierra se remeció en las ciudades de Valdivia, La Imperial, Villarrica, Osorno y Castro. Además, el mar se recogió y arremetió con fuerza en un maremoto. Pero esa es otra historia.

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