El Deshielo: Crímenes Bajo la Alfombra
La película que este año representa a Chile en los Oscar realiza un paralelo entre el país exitista del iceberg de Sevilla y la pérdida de la inocencia de una niña a inicios de los años 90. La metáfora funciona en gran parte gracias a la muy buena actuación de Maya O'Rourke como la pequeña Inés.
En 1992, cuando Chile quiso salir al mundo y presentarse como una nación con credenciales civilizadas, el iceberg de la Exposición Universal de Sevilla se transformó en la metáfora de lo que queríamos ser: un país sólido, frío, confiable. Los alemanes del trasero de la Tierra, los ingleses del Cono Sur, los jaguares de Sudamérica.
El iceberg, hasta con aquel origen etimológico nórdico, fue una carta de presentación ganadora y, sin duda, un concepto de marketing acertado.
La segunda película dirigida por Manuela Martelli transcurre en la época de la Expo 92 y anuncia desde su título la falla de origen de todo: tarde o temprano el témpano no será más que hielo derretido. También es lo que metafóricamente va contemplando Inés (Maya O’Rourke), una niña de 9 años que en pleno invierno se hace amiga de Hanna (Maia Rae Domagala), muchacha alemana cinco años mayor, promesa del esquí en su país y en ese momento objeto de un intenso entrenamiento en las canchas nevadas chilenas.
La astucia y naturalidad de Inés conquistan el corazón de la conflictuada Hanna, quien se mueve entre una ingrata agenda de entrenamiento espartano y sus naturales deseos adolescentes de diversión y relajo. Para agregarle más problemas a su agenda, Hanna está lejos de su madre, presa del bullying de otros chicos alemanes un poco mayores que ella y estrictamente vigilada por un profesor algo bestia con el que mantiene una relación tóxica.
Durante una noche, la chica desaparece del refugio, se encienden las alarmas y el pueblo entero se pone de cabeza a buscarla. Paralelamente, Inés es instigada por sus mayores (entre ellos su abuela, interpretada por Paulina Urrutia) a guardar silencio y no comentar nada a nadie. Ellos son los dueños del refugio y no conviene hacerle mala publicidad a un albergue que está pronto a convertirse en un resort de última tecnología gracias a las incipientes inversiones de empresarios españoles.
Otra vez se observan aquí los paralelismos entre los hechos de carácter cuasi-policial de la película y la historia con mayúsculas del país en que todo esto pasa, la de una nación que quiere mostrarse limpia de polvo y paja, sin crímenes ni pecados que ocultar. Y por si hubiera dudas al respecto, los padres ausentes de Inés se encuentran en ese momento en Sevilla como parte de la delegación que acompaña al famoso iceberg.
Pero como en la vida no se puede ocultar el sol con un dedo ni acumular para siempre la basura bajo la alfombra, aparece en escena Lina (Saskia Rosendahl), la madre de Hanna. Llega al pueblo desesperada y en busca de acción rápida para encontrar a su hija. Nada de eso parece que vaya a suceder. Peor: pronto sale a luz que la desaparición de Hanna es sólo el último episodio de un historial de emergencias similares en el pasado.
La película también realiza en algún momento comparaciones entre Chile y los países de la vieja Europa comunista (Lina a su vez fue campeona de patinaje de la ex RDA), pero eso es hilar demasiado fino. Lo que queda para la posteridad es el sobresaliente retrato de una niña que deja de serlo y la constatación de que nunca fuimos los jaguares de nada, sino que más bien chilenos todos. Nadie es perfecto.
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