La Guerra de los Últimos: Post-Apocalipsis, pero con Estilo
El incansable Ridley Scott (Blade Runner, Gladiador) estrena, ya con 88 años, una película sobre sobrevivientes tras una devastadora pandemia. La clase del director y un sólido casting salvan una película desigual, desconcertante y dónde más de una vez todo está a punto de irse al carajo.
Desde el principio de los tiempos, el director inglés Ridley Scott fue un estilista consumado, un paisajista sensible de su época. De hecho, empezó con el lápiz y el papel, haciendo diseños, creando publicidad para Apple, sosteniendo la imagen de las marcas del momento.
No es un narrador innato, sino más bien un pintor de mundos originales. Sus mejores películas son gráficamente impecables (El Duelo, Alien El Octavo Pasajero, Blade Runner, Peligro en la Noche, Lluvia Negra, Thelma y Louise, La Caída del Halcón Negro) y las que son fallidas al menos sobresalen por un diseño visual que las redime (caso de Prometeo, su ambiciosa precuela de Alien).
Se podría decir que La Guerra de los Últimos cae en la categoría de las segundas, de aquellas cintas donde todo va bien y transcurre a las mil maravillas hasta que la historia se tropieza y no se sabe muy bien hacia donde quiso ir el capitán del barco. Ya es un lugar común decir que ciertos filmes hubieran quedado mejor como series y aquí se repite el fenómeno que le da vida a esa frase.
Durante poco más de una hora, el veterano y confiable realizador, ya cerca de los 89 años, construye una trama bastante decente y verosímil. Estamos en el 2035, después de que una pandemia de gripe liquidó a gran parte de la humanidad, dejando a unos pocos afortunados (o desafortunados) personajes con vida, abandonados a su instinto de sobrevivencia y normalmente armados hasta los dientes para repeler cualquier ataque de vecinos voraces.
En este entorno post-apocalíptico, el taciturno mecánico Hig (Jacob Elordi) convive con plausible cordialidad con el ex Marine Bangley (Josh Brolin), un preparacionista (es decir, alguien que durante toda su vida se instruyó para sobrellevar la hecatombe) desconfiado y de gatillo fácil. Hig perdió a su esposa embarazada por la pandemia y si no fuera por el cariño a su perro Jasper se habría pegado un tiro hace mucho.
Ninguno de los dos habla mucho y lo que más se escucha en el ambiente son los ladridos de Jasper, el motor de la destartalada avioneta Cessna que maneja Hig y los cantos del gallo mañanero. De vez en cuando Hig se anima a ir a buscar alimento y medicina a los depósitos de lo que queda de la ciudad para llevarlos a una comunidad menonita aledaña. Al individualista Bangley no le alcanza ni para eso: prefiere seguir abrazado a su rifle y a su café.
Las cosas empiezan a cambiar de tonalidad, cuando Hig, tal vez cansado de su popia melancolía, emprende rumbo a un pueblo cercano desde el que ha escuchado voces por ondas de radio. En el camino, sin embargo, le esperan unas cuántas aventuras más de sobrevivencia, una de ellas junto a la familia formada por el aún más cascarrabias y también exmilitar Pops (Guy Pearce) y su hija Cima (Margaret Qualley).
Hasta aquí todo bien. Scott ha desarrollado un sólido relato entre existencial y lírico sobre la vida después de la catástrofe sanitaria. Luego, las cosas toman un giro extraño, desconectado, como salido de otra película y difícilmente coherente con el tono anterior. En ese momento uno podría sentirse algo estafado, pero no es tan así.
A este experimentado director siempre lo redime su talento para crear universos y lo primero que vimos en pantalla persiste en la memoria. Eso le da más línea de crédito a una película rara y abollada, pero con pasajes de buen cine que la salvan del pulgar hacia abajo.
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