Culto

Los Caballeros T2: El discreto encanto del crimen

Quizás la segunda temporada no esté hecha cien por ciento a su medida. Pero Los caballeros conserva algo fundamental: sigue siendo inequívocamente suya. Mientras haya aristócratas corruptibles, planes imposibles y Guy Ritchie detrás de cámara, seguiremos en el palco.

Los Caballeros T2: El discreto encanto del crimen

El hábito no hace al monje. Y, al parecer, el traje tampoco hace al caballero. Puede ser impecable, hecho a medida y acompañado de unos zapatos de lujo, pero basta mirar debajo de la chaqueta para descubrir un arma, un fajo de billetes o alguna mancha difícil de quitar. En el universo del director inglés Guy Ritchie, la elegancia nunca ha sido garantía de buenos modales. Mucho menos, de buenas intenciones.

Pero sí de buen cine. Desde Juegos, trampas y dos armas humeantes, Snatch y RocknRolla, el británico ha hecho de mafiosos aristocráticos, humor negro, traiciones familiares y tipos mediocres con alta apreciación de sí mismos, una marca registrada. Ahora, vuelve a dar un salto de la mano de Netflix, con la segunda temporada de Los caballeros. A dos años de la exitosa primera entrega y confiado en que, ahora también, el paracaídas volverá a abrirse.

Inspirada en la película homónima del propio Ritchie de 2019, otro hilarante y testosterónico relato sobre los bajos y altos fondos londinenses, protagonizada Matthew McConaughey, la primera temporada presentaba a Eddie Horniman (Theo James), un militar que hereda la finca familiar y descubre, junto con el título nobiliario, un gigantesco negocio de cannabis instalado bajo sus tierras. Allí aparece Susie Glass (Kaya Scodelario), su socia y guía por los bajos fondos, además de Freddy, el hermano inútil y entrañable, y una colección de personajes que podrían vivir perfectamente en cualquier universo de Ritchie.

La segunda temporada retoma la historia cuando Eddie ya dejó de ser un turista en ese mundo. Ha pasado un año y el aristócrata que solo quería recuperar el control de su herencia descubre algo bastante más peligroso: le gusta el poder. Quiere expandir el negocio, tomar decisiones y convertirse en jefe, aunque todavía no sepa si está hecho para recibir las balas del cargo.

Eddie vive una suerte de síndrome del impostor criminal, que ya había perfilado en la primera temporada. ¿Puede liderar? ¿Puede matar sin remordimiento? ¿Es posible ser justo y despiadado al mismo tiempo? La serie juega con esa transformación y, por momentos, mira descaradamente hacia Michael Corleone. Incluso se permite su propio guiño a la célebre secuencia del bautizo de El Padrino. La referencia se agradece, aunque también es peligrosa: cuando uno invoca a los dioses, la caída puede ser trágica.

Ritchie esta vez baja un poco las revoluciones. Confía más en personajes que ya conocemos y se detiene en sus alianzas, ambiciones y tensiones sentimentales. Hay nuevos mafiosos, traiciones, cadáveres, fajos de billetes sospechosamente ordenados y planes dentro de otros planes. Algunas situaciones se estiran más de la cuenta y la temporada pierde algo de la garra de la primera. Pero la violencia, siempre sobra.

Al final, el modus operandi sigue funcionando. Puede leerse como una sátira sobre la lucha de clases y la facilidad con que aristócratas y criminales terminan hablando el mismo idioma cuando aparece suficiente dinero sobre la mesa. O simplemente, como un desfile de tipos excéntricos, abrigos largos, sangre y humor negro.

Quizás la segunda temporada no esté hecha cien por ciento a su medida. Pero Los caballeros conserva algo fundamental: sigue siendo inequívocamente suya. Mientras haya aristócratas corruptibles, planes imposibles y Guy Ritchie detrás de cámara, seguiremos en el palco. Después de todo, el cine de autor también puede vestirse de serie. Aunque a veces el traje le quede un poco grande.

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