Miguel Tapia y la leyenda de Los Prisioneros en el Caupolicán; un reconocimiento para una historia viva y popular
A exactos 40 años del lanzamiento de Pateando Piedras, el evento lo celebró con un show bien pensado y con una buena banda de apoyo. No solo por repasarlo casi completo, sino por sumar parte del repertorio clásico de la banda, incluyendo una mirada a Corazones. Con invitados como Álvaro Henríquez, Cecilia Aguayo y Gonzalo Yáñez, fue una noche emotiva.
Esta temporada, el 15 de septiembre bien pudo ser considerado una suerte de día nacional de Pateando Piedras. Bastaba pasar por afuera del Centro Cultural GAM y notar la extensa fila que llegaba casi hasta la esquina de Namur con Alameda, con fans esperando por entrar a la exposición gratuita que celebra los 40 años del segundo disco de Los Prisioneros. Mientras, en otro rincón de la ciudad, el Teatro Caupolicán concentraba la presentación musical a cargo de Miguel Tapia.
En pantalla, un casette blanco, como salió originalmente al mercado, marcaba el video introductorio para el show. Y de inmediato, el grave sonido sintético del teclado de Muevan las Industrias, inició el concierto. Como una estrella, Tapia se hace esperar, canta las primeras líneas tras bambalinas y luego sale al escenario. El coreo del respetable retumba de inmediato. “Las industrias, muevan las industrias”, atronó fuerte, como el recuerdo de un Chile que se fue, pero que parece susurrar desde otro plano.
Sin detención alguna, una secuencia funciona como un enlace para el arranque con el riff western de Quieren Dinero. Una sorpresa, porque no sigue el orden del disco. El público, entre infancias y adolescentes, hasta veteranos de los ‘80, cantan cada línea con fervor. Mientras, en la pantalla, unas visuales de monedas y billetes (de Ángel Tapia) hacen una referencia a la aguda letra original de González.
“Buenas noches Santiago”, saludó Tapia. Alcanzó a hablar algo más antes de que el grito “Miguel, Miguel”, lo hizo agradecer. Siguió con Sexo, un clásico bailable del grupo que ha sonado en cada discoteca de Latinoamérica. Punto aparte para la buena banda de apoyo, que mostró fiato, un sonido bien trabajado y definido. Un buen homenaje para unas canciones que en su momento debieron sortear una técnica muy precaria.
En su faceta de frontman, Miguel Tapia no desentona. Trata de cubrir los rincones del escenario y ha pulido la interpretación. Se le nota cómodo. Cuando retoman con el repertorio de Pateando Piedras, sigue Estar Solo. Acomodada a un tono más bajo, la canción explota su oscuridad inherente con la guitarra eléctrica de Marcel Soto algo saturada y una imponente iglesia gótica en las pantallas. Un guiño algo evidente, pero que funciona.
Luego, uno de los puntos altos, cuando sonó Independencia Cultural, incluyendo el relato original de “Radio Concert” de Jorge González. Tapia sorprende y logra cantar con éxito el exigente estribillo del tema, aunque también cuenta con el apoyo en voces de Alejandro Salazar y Natalia Quintana. Le siguió Por Favor, el tema romántico del disco, con un arreglo muy fiel al original, con el solo de piano en tonos bajos incluido. Misma cosa con Por qué no se van, incluyendo el “Normandie” que solía cantar Jorge. En esta canción se hacen algunas leves variaciones de arreglos aprovechando la rítmica ska y algunos fraseos de la batería tocada por Amaru Tapia, el hijo del sanmiguelino. Y como en varios momentos sonó un grito contra el presidente José Antonio Kast.
Pasaron los primeros invitados de la noche: José Miguel y Matías, dos chicos de los proyectos de Escuelas de rock con los que trabaja Tapia. Ambos con sendas guitarras, tocan Por qué los ricos. Una elección acertada. “Ellos son de escuelas públicas, como yo”, los introdujo el ex prisionero.
Y claro, no podía faltar un momento en que Tapia se sentó frente a la batería, su instrumento original en Los Prisioneros. Y como recordando los viejos tiempos, interpretó Quién mató a Marilyn?, una canción con eterno e irresistible pulso bailable con aire a la nueva ola.
Sube al escenario Daniel Guerrero, el ex La Sociedad y un compositor de larga data en la música chilena. Él se hace cargo de Amiga Mía, uno de los temas desgarradores de Corazones, coreado a rabiar por el público. Aunque juega con algunas variaciones en el fraseo, Guerrero -con camisa blanca como en un guiño a los Prisioneros versión 90- se apropia de la canción. “Que vivan Los Prisioneros por siempre”, dice al final.
Y de inmediato sube el siguiente invitado, Gonzalo Yañez, quien integró el grupo en los días de Manzana (junto a Coti Badilla, muy discreto en los teclados). Se hace cargo de Que no destrocen tu vida, con Tapia todavía en la batería. El uruguayo se nota cómodo con el tema. Luego se cuelga la guitarra eléctrica y descerraja el riff de Manzana, el tema que le dio nombre al último disco publicado por el grupo en 2004.
Un momento emotivo es cuando suena Tren al Sur, uno de los mayores clásicos del grupo. Con imágenes de trenes y algunos guiños al legendario videoclip de Cristian Galaz, el coreo atronó en cada rincón del Caupolicán. Es claro que a Tapia le gusta el material de Corazones y aprovecha bien la reivindicación que tuvo el disco especialmente en la generación del pop chileno de los 2000.
El público recuerda al gran ausente de la noche. “¡JORGE!¡JORGE!”, grita la platea y la cancha. “Que se escuche hasta San Miguel”, pide Tapia, quien siempre fue el más cercano al creador del grupo. Y luego sigue con Cuéntame una historia original, uno de los cortes recónditos de Corazones, que en vivo enfatiza el beat maquinal. Es difícil no relacionar su relato hablado con propuestas como la de Hesse Kassel o teodioteodio, en el Nuevo Rock chileno. Continúa con otro tema que el tiempo ha revalorizado, Con Suavidad, que suma un interesante arreglo de guitarra que parece sacado como de Discovery de Daft Punk.
“Yo creo que esta canción nos representa más que nunca”, dice Miguel para introducir a Maldito Sudaca, el tema ska de vocación punk que hace bailar al público, en especial a los jóvenes que llegaron al show.
El show pasa a un momento más íntimo. Miguel Tapia se sienta con Badilla y Marcel Soto, quienes con sendas acústicas despachan un set con sensación fogatera que pasa por Mentalidad Televisiva, Paramar (acaso un guiño a la versión acústica que Los Prisioneros tocaban en la gira de Corazones), y una sorpresiva versión de Una mujer que no llame la atención. En un momento, el músico agradece al respetable, pero se emociona. La gente aplaude como abrazándolo.
El show sigue, Tapia rememora los días de Corazones en que “no era fácil ser de Los Prisioneros” e invita a Cecilia Aguayo, quien está en la historia grande de Los Prisioneros. Como la máquina de Aguayo no funcionó de entrada, el músico rellenó con largo monólogo en que se bromeó con que todo estaba planeado y remató con un directo “y ¿por qué votaron por Kast?”, gatillando la respuesta del público. Una vez superado el problema, sonó Corazones Rojos, con la clásica introducción de gruesos acordes de teclado que se desplegaban en los primeros años 90. Y como poseída por la música, Aguayo incluso baila por algunos momentos.
No hay pausa y arremeten con otro corte de Corazones, la pistera Noche en la Ciudad. La banda de acompañamiento hace crecer la canción con un bajo machacante y una guitarra rockera que no se siente fuera de lugar. La canción suma una coda en clave electrónica, con Tapia en las máquinas. La iluminación completa el ambiente de rave mientras las secuencias conectan con el siguiente tema de la noche, Estrechez de Corazón. Los cuerpos en movimiento se agitaban de un lado a otro.
Al tocar Sudamerican Rockers, entra Álvaro Henríquez, quien tiene una historia con el grupo; no solo porque los conoció en aquella legendaria presentación en el Aula Magna Arzobispal de Concepción, sino que también tuvo un fugaz paso como guitarrista de Los Prisioneros por un breve período en el 2003. “Un amigo que nos dio una mano en un momento, para variar, difícil”.
Con su Gretsch de caja, a lo Brian Setzer, Henríquez se apropia de la canción. Su bagaje rockabilly le permite dominarla con total propiedad y para el momento del solo lo interpreta totalmente a su estilo, con fraseos a dos tonos, a lo Chuck Berry. Un rocker sudamerican total. El músico de Los Tres sigue en el escenario para tocar Ultraderecha, con visuales en que pasan rostros de variados exponentes del sector de Chile y el mundo; desde Milei, Trump y Bolsonaro, hasta Pinochet, Jaime Guzmán y Miguel Krassnoff. Otra sorpresa de la época de los 2000, es San Miguel. Un tema de sanación personal esbozado en los días de Pateando Piedras y grabado finalmente en el irregular disco homónimo de 2003. La banda de apoyo le inyecta un interesante touch rockero.
Al cierre sube al escenario Manuel “Dunga” Caro de La Combo Tortuga para cantar la siempre alegre Pa pa pa, que enciende al público. Luego, entra en escena la guitarra acústica original con la que se grabó El Baile de los que sobran. Instrumento prestado por un hermano de Miguel Tapia, recientemente fallecido, según contó. Probablemente de las canciones más universales de la música chilena, fue coreada de comienzo a fin. El arreglo es muy parecido a como los Prisioneros la tocaban en su época de los 2000. Un momento emotivo que coronó una noche que repasó la historia de una banda fundamental. Aunque no estén presentes sus otros dos integrantes, la música no se mancha.
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