¿Qué pasó con los marineros de la Esmeralda que sobrevivieron al 21 de mayo?
Tras el hundimiento de la corbeta, cerca de 40 chilenos quedaron a la deriva en las heladas aguas de Iquique. Cartas de la época y la mirada de historiadores reconstruyen su rescate a manos del Huáscar, el inesperado cautiverio en territorio peruano bajo el mando del teniente Luis Uribe, y el día en que un bombardeo de su propia escuadra casi les cuesta la vida en la Aduana del puerto.
Tras el tercer espolonazo del monitor blindado Huáscar a la vieja corbeta de madera Esmeralda, esta comenzó a hundirse en la bahía de Iquique. Era el miércoles 21 de mayo de 1879, recién comenzaba la campaña naval en la guerra del Pacífico, pero la historia chilena ya escribía una de sus páginas más heroicas.
Fue pasado el mediodía, a las 12:10 de ese día, cuando la Esmeralda desapareció de la superficie marina con su bandera de combate al tope. La historia registra que fue el guardiamarina Ernesto Riquelme quien disparó el último cañonazo del viejo buque de guerra.
Quienes sobrevivieron, se mantuvieron a flote en las heladas aguas del Pacífico. Pero pronto fueron rescatados. Así lo cuenta a Culto el historiador Rafael Mellafe, especialista en Historia militar. “Los marineros y oficiales de la Esmeralda fueron rescatados por el Huáscar, acción que se demoró porque los botes del navío peruano quedaron a bastante mal traer producto de los disparos de la misma Esmeralda. Pero una vez reparados, los sobrevivientes fueron embarcados en el Huáscar que partió hacia el sur en demanda de la Independencia”.
El diario El Comercio de Iquique -que todavía era una ciudad peruana-, informó: “Se echaron botes para salvar la gente y la que no tuvo embarcaciones se arrojó a nado para ganar la playa. Luego que el Huáscar tomó a los prisioneros que en número de cerca de 40 pudieron salvarse, se dirigió al sur en persecución de la Covadonga y en auxilio del blindado”.
El guardiamarina Vicente Zegers también dejó testimonio del combate, y comentó lo ocurrido tras el hundimiento: “Cuando el buque se hundió yo estaba en la toldilla y casi al mismo instante sentí hundirse el buque bajo mis pies y el torbellino inmenso que formó el buque al desaparecer bajo las aguas. Permanecí por algunos instantes sin saber lo que me pasaba y Dios solo sabe como salvé. Cuando saqué la cabeza fuera del agua, vi al Huáscar y una especie de nata formada por cincuenta o sesenta cabezas junto con diferentes trozos de madera, restos del buque”.
“Yo, que como usted no lo ignora, sé nadar, traté de irme a tierra, y junto con dos marineros que sabia eran buenos nadadores, nos prometimos ayudarnos mútuamente. Yo veía cerca al Huáscar y veía también sus botes que trataban de salvar a los náufragos. Mas no sé qué instinto me obligaba a huir de ellos; pero el bote avanzaba con gran ligereza y pronto sentí sobre mi cabeza la voz de un oficial que me decía subiera al bote, no teniendo otra cosa que hacer, subí y allí encontré a varios otros compañeros que ya habian sido recogidos, pregunté por Riquelme, y tuve el gran sentimiento de saber que había perecido. Recogimos a varios otros, y pronto llegamos a bordo, donde fuimos bien recibidos. Allí permanecimos cuatro horas, viniéndonos en seguida a tierra donde permanecemos como prisioneros de guerra. Nos tratan bien. Estamos alojados en el cuartel de bomberos".
Lo del cuartel de bomberos fue un lugar provisorio, pues pronto los sobrevivientes fueron trasladados a otro sitio. “Los marineros fueron llevados al sótano del edificio de la Aduana y los oficiales prontamente trasladados a Tarma, en la sierra peruana”, dice Mellafe.
Como el capitán Arturo Prat Chacón había muerto a bordo del Huáscar, el oficial a cargo de la tripulación de la Esmeralda tenía nombre y apellido: el teniente 1.º Luis Uribe Orrego. “Era el oficial más antiguo era Luis Uribe y él quedó al mando”, señala Mellafe.
Un bombardeo que casi termina en tragedia
Los supervivientes de la Esmeralda permanecieron entonces, en la Aduana de Iquique, donde fueron mantenidos con vida. Sin embargo, su destino estuvo a punto de ser otro. La noche del 16 de julio de 1879, el almirante Juan Williams Rebolledo, jefe de la escuadra chilena que bloqueaba el entonces puerto peruano, ordenó un bombardeo a la ciudad para rendirla de una vez.
“Condicionada su imagen pública por los resultados del bloqueo, y frente a la imposibilidad de invadir la ciudad, la idea de bombardearla en represalia por el hundimiento de la Esmeralda no parecía tan descabellada, ni tampoco parecía tener detractores”, explica el historiador Ricardo Donoso en el libro Una región rica, fértil y abandonada: Economía, cultura y sociedad en Tarapacá (siglos XVI-XX).
El problema con el bombardeo fue que puso en riesgo las vidas de los prisioneros de la Esmeralda que se encontraban ahí. “Se encontraban en el edificio de la aduana, uno de sus principales objetivos de ataque. Tratados de modo digno, de acuerdo con un informe entregado por el cónsul británico, fueron víctimas de las tropas una vez iniciado el bombardeo. Varios oficiales y soldados habrían pedido vengar el ataque dando muerte a los cautivos, evitándose su ajusticiamiento solo por la intervención de oficiales de mayor grado”, señala Donoso.
Este último agrega que aunque el gobierno chileno no emitió una declaración oficial sobre lo ocurrido, en privado, ministros como Antonio Varas y Domingo Santa María cuestionaron en duros términos la acción.
Finalmente, las cosas fueron más luminosas para los atribulados marineros chilenos. “Los presos en Iquique son liberados el 23 de noviembre de 1879 cuando la armada toma dicho puerto, al final de la Campaña de Tarapacá”, señala Rafael Mellafe.
El destino de varios de ellos fue volver a la guerra. “Muchos de ellos retornaron a sus labores en los buques de la Escuadra, incluso en el Huáscar después de ser capturado", indica Mellafe. Esto, porque tras el Combate Naval de Angamos, y la muerte de su comandante Miguel Grau Seminario, el monitor pasó a servir a la marina de Chile. Pero esa es otra historia.
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