Por Pablo Retamal N.“El Perú anda de mal en peor”: las íntimas cartas de Jorge Edwards y Vargas Llosa (y otros titanes de las letras)
Cartas inéditas resguardadas por la UDP revelan las ácidas críticas de Vargas Llosa a sus pares en Nueva York -"los congresos de escritores son una tontería y sólo sirven para mostrar lo peor que éstos tienen", dice el Nobel peruano en una misiva-, la cercanía de Arthur Miller y el tono protocolar del general Carlos Prats con el escritor chileno.

Fue en febrero de 1993, durante los primeros años de la Transición y la “Democracia de los acuerdos”, cuando el célebre dramaturgo Arthur Miller le mandó una carta al escritor chileno Jorge Edwards. “Me encantaría que nos volviéramos a ver. ¿Quizás al final de tu semestre?“.
“Tus noticias de Chile son muy alentadoras. Voy a dar una conferencia en Buenos Aires a principios de mayo. ¿Sabes qué está pasando por allí? (Aunque mi discurso no se conectará directamente con la situación política que exista allí... excepto en principio, por supuesto)“.
La misiva cierra: “Sigue en contacto, ¿de acuerdo? Y cuando estés libre...“. Denotando cercanía de ambos autores.
La carta es parte del Archivo Jorge Edwards, que resguarda la Universidad Diego Portales (UDP). Se trata de un fondo documental de extraordinario valor para las letras chilenas y latinoamericanas. Entre manuscritos, libretas de anotaciones y una copiosa biblioteca de más de 2.000 volúmenes, se resguardan cartas personales del autor de Persona non grata.

Así, por ejemplo, hay cartas con el peruano Mario Vargas Llosa. Con el autor de Conversación en La Catedral, las misivas tienen un tono más bien personal, cercano, de dos amigos que se escriben cada cierto tiempo. En abril de 1966, desde su casa en París, le escribió a Jorge Edwards para tratar de arreglar un enredo que había surgido entre ellos producto de la venta de un auto. “Querido Jorge. Siento que haya surgido ese inconveniente con el auto. Pero creo que lo podemos arreglar. No tenía la menor idea que no se podía vender el Renault mientras hubieran letras pendientes. Como éstas me las cobraban mensualmente por medio de mi banco descontándolas de mi cuenta, pensé que no habría problema”.
Pero después de ese enredo, Vargas Llosa pasa a otro plano y comienza a hablarle de su familia, de su esposa de ese tiempo y de uno de sus hijos: “La Patricia y el joven Alvaro están muy bien. Este último es un ser largo, más bien blanco, ligeramente cabezón, algo llorón y muy voraz. Me deja escribir en paz durante el día, pues permanece quieto y mudo entre sus chales, pero parece que en la noche gruñe y reclama sinfónicamente el chupón, la mamadera, etc. La verdad es que tengo un sueño de plomo y yo no lo siento”.

Aunque luego ahonda en la política, hablando del Perú. “El Perú anda de mal en peor, aquí todo es horrible y habría que ser un demente rabioso para quedarse. Tengo que conformarme a vivir en el exilio. Te resumo rápidamente el espectáculo peruano: las guerrillas están casi totalmente eliminadas y ningún combatiente capturado fue traído a Lima. A todos los liquidaron ‘sur les lieux’. Pero se dice que las cárceles están llenas de estudiantes y campesinos que colaboraron de algún modo con los rebeldes. ‘Se dice’, porque en realidad nadie sabe nada de lo que ocurre, ni el gobierno, ni los partidos de oposición, sólo los militares que no abren la boca. Por lo demás, aquí en Lima a nadie de las muchas personas que he visto, le importa un comino el asunto. La gente anda muy ocupada tratando de ganar dinero y para conseguirlo vende su alma como puede”.
Y agrega: “Las revistas culturales que había ya murieron. Sólo queda una, que sale cada semestre. Hay que leer los periódicos tapándose las narices y sentado en el excusado. Una de las pocas personas interesantes, luego de la muerte de Sebastián, era José María Arguedas. Acaba de intentar suicidarse y se salvó de milagro, luego de estar en coma 48 horas. Parece que su corazoncito tierno no soportaba los desplantes, las insolencias, las bellaquerías que los limeños le hacían a su mujer chilena, a quien entre otras cosas llamaban por teléfono para decirle puta y corrompida”.

En otra carta, de julio de 1966, ahora desde Lima, Vargas Llosa le cuenta de las peripecias con otros escritores latinoamericanos durante una visita a Nueva York. Por supuesto, menciona a un par de chilenos. “Alcancé a enviarte una postal de pieles rojas desde algún pueblecito del Colorado, por el que pasamos en ómnibus camino a San Francisco, pero dudo que la recibieras pues no puse bien la dirección. Estuvimos unos días en Nueva York, en la reunión del Pen Club, que fue enorme y aburrida, llena de cocteles y picnics y comidas que Patricia y yo eludimos sistemáticamente. Lo único divertido fue la apoteosis neoyorquina de Neruda, que casi provocó una revolución socialista en el paraíso yanqui. El ilustre poeta se desplazaba perseguido por cineastas, fotógrafos y cazadores de autógrafos; dio recitales ante auditorios considerables y frenéticamente entusiastas; sus traductores le besaron la mano en un procenio y todos los dirigentes del Pen se consagraron a atenderlo y a mimarlo. Este éxito resultó insoportable para el novelista Sábato que a las 48 horas de llegar a Nueva York se regresó a la Argentina, descompuesto de envidia y destruyó los nervios de Nicanor Parra, que a lo largo de todo el Congreso se encerró en su cuarto de hotel y en sus esporádicas salidas se lo veía barbudo y silencioso, deprimido y neurótico. También estuvieron en Nueva York el simpático Martínez Moreno, Onetti (que parece un personaje de Onetti), Emir que distribuía su flamante revista (me pareció malísima ¿y a ti?) y Carlos Fuentes que se me cayó al suelo pues me dio la impresión de una putita de Hollywood meneándose desesperadamente para llamar la atención de los productores. Creo que los congresos de escritores son una tontería y que sólo sirven para mostrar lo peor que éstos tienen (mejor dicho, tenemos)“.
Aunque también le habla en un plano literario: “Me alegra saber que estás escribiendo a diario y que el libro de cuentos avanza. Estoy seguro que será un buen libro porque me acuerdo clarito de los cuentos que me prestaste poco antes de mi viaje –sobre todo de la historia del gallo, de la placita, del solterón y de su madre– y creo que esa es la mejor victoria para un cuento o una novela, durar en la memoria. Yo he estado todo un mes sin escribir, debido al viaje, pero ahora voy a trabajar de nuevo y adelantar un poco la novela del guardaespaldas“.

También hay cartas con su gran amigo, Pablo Neruda, quien le escribió desde Isla Negra, el 4 de agosto de 1970. “Es importante para nosotros saber cuando vas a venir a Chile, por lo que hablamos y etcétera. Supongo que no habrás olvidado ir a ver el indio anticuario y a ver si me tienes alguna noticia de los dos mascarones”.
En el archivo también se encuentra una misiva enviada por el general Carlos Prats, por entonces comandante en jefe del Ejército. Se trata de una misiva bastante protocolar (aunque cercana), pues tiene el membrete de la institución castrense y se la dirige a Edwards en su condición de Encargado de Negocios a la Embajada de Chile en Francia.

“Estimado amigo : Con especial agrado, le acuso recibo de su amable nota fechada el 12 del corriente, a la que me adjuntó el estudio del profesor ANOUAR ABDEL-MALEK, un ejemplar de su obra “El Peso de la Noche” y la revista ‘Politique Hebdo’“.
“Reciba Ud. mi especial reconocimiento por esta especial deferencia, como asimismo, por sus deseos de que la gestión que iniciara durante mi viaje llegue a feliz término. Tal como le expresara en mi anterior carta fechada el 12 de este mes y que espero ya se encuentre en sus manos, deseo que los lazos de amistad que tan felizmente iniciáramos en Paris, se mantengan e intensifiquen en el futuro”.

Parte del archivo epistolar de Jorge Edwards podrá ser revisado a través de la plataforma digital Archivo de Autores (arau.udp.cl). Ahí se podrán revisar algunos contenidos de manera online, los que se irán subiendo de manera progresiva.
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