Culto

Usted pasará la noche en la cárcel: un relato de Jaime Bayly

-Bájese del auto -me ordenó el agente policial, sin pedirme la licencia de conducir ni los papeles vigentes de la registración y el seguro. Temeroso, lo obedecí en silencio, al tiempo que leía su apellido de origen hispano en la placa que llevaba en el pecho.

26.09.2019 ENTREVISTA Al ESCRITOR PERUANO JAIME BAYLY FOTO: JUAN FARIAS RETRATOS JUAN FARIAS

-Bájese del auto -me ordenó el agente policial, sin pedirme la licencia de conducir ni los papeles vigentes de la registración y el seguro.

Temeroso, lo obedecí en silencio, al tiempo que leía su apellido de origen hispano en la placa que llevaba en el pecho.

-Usted pasará la noche en la cárcel -me dijo el policía, mientras su colega me maniataba con unas esposas metálicas.

Era el último lunes de junio, poco antes de las ocho de la noche, y todavía no había oscurecido. Un auto gris de la policía, que no estaba pintado como suelen estar los autos de la policía, y no lucía sirenas ni emblemas como lucen los autos regulares de la policía, y por tanto no era fácilmente visible o reconocible como un auto de la policía, y debía de ser entonces un auto camuflado o encubierto de la policía, me había detenido en la autopista que bordeaba el aeropuerto.

-Usted está acusado de conducir temerariamente -me informó el agente-. Es una ofensa criminal. Por eso irá a la cárcel.

Nunca me habían esposado hasta aquella tarde aciaga. Nunca había pasado una noche en la cárcel. Nunca me habían acusado de ser un criminal. Después de esposarme, los policías me empujaron al asiento trasero de su auto camuflado.

-¿Quiere hacer una llamada antes de ir a la cárcel? -me preguntó el más agresivo.

-No -le dije.

Me habían detenido por invadir el carril del bus, al lado izquierdo de la autopista. Lo hice muy brevemente porque el tráfico vehicular era espeso, desquiciante, endemoniado, y entonces sucumbí a una crisis nerviosa pensando que no llegaría a tiempo al estudio para salir en mi programa de televisión a las nueve de la noche. Había salido demasiado tarde de casa porque me quedé viendo el partido entre los alemanes y los paraguayos por el mundial de fútbol, un partido que se prolongó a tiempo suplementario y penales. Al salir de casa a las siete y media de la tarde, pensé que llegaría a tiempo al estudio, sin calcular que acabaría atrapado en un atasco colosal. Impaciente, frustrado, desesperado, me colé en la línea de los buses, sobrepasando deprisa a los autos detenidos en el embotellamiento, mirando de soslayo por si distinguía en el horizonte a uno de la policía. No reconocí al auto camuflado que me persiguió y detuvo más allá porque estaba pintado de gris, sin sirenas, sin distintivos, sin rótulos, sin marcas, un auto que, al pasar inadvertido como uno de paisano, me indujo a pensar erróneamente que podía seguir avanzando sin riesgos por el carril reservado a los buses.

-No he cometido un crimen -les dije a los agentes, mientras ellos, sentados en los asientos delanteros del auto, revisaban en una computadora mis antecedentes-. Invadí la línea del bus porque tenía que llegar al estudio de televisión. Tengo un programa en vivo a las nueve de la noche.

-Todos queremos llegar a tiempo a nuestros trabajos -me dijo el policía-. Eso no nos da derecho de romper la ley.

Permanecí en silencio. Ellos comprobaron que yo era ciudadano de los Estados Unidos hacía muchos años, que no tenía antecedentes penales, que nunca había cometido un crimen. También verificaron que tenía un programa de televisión que comenzaba a las nueve de la noche.

-Ya sé quién es usted -me dijo el agente más agresivo, de apellido hispano-. Yo no veo su programa. No me gusta. Usted solo sabe criticar a nuestro presidente.

Estoy en problemas, pensé. Tal vez me han detenido porque me venían siguiendo. Tal vez me venían siguiendo porque querían arrestarme. Tal vez querían arrestarme porque se habían propuesto intimidarme para que deje de criticar al presidente.

-Soy un periodista -le dije-. Llevo veinte años haciendo ese programa. Mi papel es estar en la oposición al gobierno de turno.

Con las manos esposadas a la espalda, me encontraba temblando, aunque procuraba disimularlo.

-Le vamos a quitar las esposas -me dijo el policía más belicoso, mientras el otro me miraba con cierta compasión, quizás deplorando en silencio la brusquedad de su colega-. Lo vamos a dejar en libertad.

-Muchas gracias -le dije.

-Pero nos veremos en la corte -me advirtió.

Luego me bajaron del vehículo, me quitaron las esposas, me obligaron a firmar unos papeles y me dejaron en libertad. Eran las ocho y veinte de la noche. No llamé a mi esposa ni a mi editor. Conduje hasta el estudio, me disculpé con mi editor por llegar tan tarde (“me detuvo la policía”, le dije, sin entrar en detalles) y salí al aire a las nueve en punto. Pude hacer el programa. Seguía asustado. Todo por ver un partido de fútbol, me lamentaba.

A medianoche llegué a casa y preferí no contarle a mi esposa el incidente en la autopista. Me daba vergüenza decirle que me habían detenido, esposado y amenazado con meterme en la cárcel. Decidí no contárselo a nadie, salvo a mi abogada, quien me recomendó a un abogado criminalista para que me defendiera en la corte. Por suerte, el abogado hablaba español, me conocía, veía mi programa de televisión, había leído mi novela sobre el puñetazo que Vargas Llosa le dio a García Márquez. Después de pagarle por adelantado, le pregunté cuáles eran los peores escenarios, los escenarios intermedios y los mejores escenarios que podíamos esperar cuando el juez dictase sentencia, tras escuchar los testimonios del agente policial, del fiscal acusador, de mi abogado defensor y de mí mismo.

-El peor escenario es que el juez te encuentre culpable y te condene a tres o seis meses de cárcel -me dijo mi abogado, y sentí un viento helado en el corazón.

Iré medio año a la cárcel por querer llegar a tiempo a mi programa, como si el programa fuese tan importante, pensé. Iré medio año a la cárcel por ver los penales de los paraguayos y los alemanes, me lamenté.

-El escenario intermedio es que te suspenda la licencia de conducir por medio año o hasta por un año -prosiguió mi abogado.

En ese caso, contrataré un chofer, no sería tan grave, pensé.

-Otro escenario intermedio es que te obligue a ir a la escuela -dijo mi abogado-. Tendrías que estudiar las reglas de tráfico y luego darías un examen.

Iré a la escuela sin quejarme, pensé. Parecía un castigo razonable, una pena proporcional a la infracción que había cometido al ocupar la línea del bus, sin dejar lastimado a nadie, sin chocar a nadie, sin afectar a terceros.

-Y el mejor escenario es que el juez te imponga una multa de quinientos a mil dólares -dijo mi abogado.

-Yo no he cometido un crimen -le dije-. No he atropellado a nadie, no he matado a nadie, no he chocado a nadie. Solo invadí por unos segundos la línea del bus. Fue una infracción, una falta menor, no un crimen.

-Pero hay un escenario mucho mejor -siguió mi abogado-. Si el juez considera que hay falta de pruebas y problemas de procedimiento, puede desestimar el caso y entonces el caso se cancela y deja de existir.

No creo que eso ocurra, pensé.

Semanas después, recibí una citación para asistir a la corte. Debía comparecer ante el juez a las diez de la mañana. No me quedó más remedio que decirle la verdad a mi esposa:

-Tengo que ir a la corte. No es seguro que volveré a casa. Si el juez me condena, puede mandarme a la cárcel.

Mi esposa me regañó por manejar tan deprisa y por invadir el carril reservado a los buses. Lo hice porque había un tráfico del carajo y quería llegar a tiempo al programa, me defendí.

En vísperas de mi comparecencia en los tribunales, no pude dormir. Asistí a la corte con mis pastillas, mi cepillo de dientes, mi computadora portátil y un par de libros, resignado a que me encerrarían en un calabozo. Antes de entrar al juzgado, mi abogado me pidió que rezáramos. Luego dijo una oración en español.

La audiencia fue breve. El policía que me detuvo no concurrió en persona ni apareció en la pantalla cuando fue llamado. El juez examinó los hechos. Mi abogado estuvo brillante. El fiscal fue amable, no se ensañó conmigo, dijo que yo había actuado de forma descuidada, pero no temeraria, y no había causado daño a nadie. Para mi asombro, el juez desestimó el caso, dejándome en libertad. Al salir de la corte, abracé a mi abogado y volvimos a rezar. En las malas, uno siempre acaba rezando, pensé.

-Tienes una suerte tremenda -me dijo mi abogado, mientras yo temblaba de emoción-. El fiscal no se pierde tu programa.

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La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.

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