Jane Austen y los pechos desnudos

Hace un par de meses, estando yo fuera del país, recibí un video: mujeres con el pecho descubierto y máscaras en las caras bailaban al son de consignas en la calle. Pregunté en qué lugar del mundo sucedía tal acción. En Chile. Quedé estupefacta. ¿Chile? Al cabo de un mes volví y me encontré con un país distinto. El viento se había detenido en este lugar del universo convirtiéndose en un huracán. Y pensé en nosotras, las más viejas. Recordé el Centro de Estudios de la Mujer, Julieta Kirkwood, las manifestaciones del 8 de marzo en dictadura con la policía desquiciada, las Mujeres por el Socialismo que hicimos la unidad del centro y la izquierda antes que los partidos políticos, Mujeres por la Vida, la Morada, como su nombre bien lo indicaba, la primera casa de las mujeres.


Los hombres no leen a Jane Austen. Aunque parezca inconcebible, así es y lo ha sido siempre. Y si alguno incursionó en sus libros, fue para denostarla. Orgullo y prejuicio, mi preferida entre todas sus novelas, ya cumplió los dos siglos. Para ser exacta, se publicó hace 205 años. Toda mujer que aspire a la escritura tomará el ovillo de lana entre sus manos y con los dedos irá tocando el ovillo, tocándolo amorosamente, hasta avanzar hacia el pasado -valga la contradicción- y llegar hasta Austen: el momento aquel en que la novela occidental escrita por una mujer desde su perspectiva nace a la vida. Momento ignorado por el canon, por cierto, mientras la escritura de los hombres, cualquiera fuese esta, se insertaba con incontrastable verdad. Si hoy logra ser incluido, tanto tiempo después, es solo por la tenacidad de otras mujeres que, abismadas por su ausencia, le han forjado un espacio. Esquivo, delgado, pero espacio al fin, aunque los hombres continúen ignorándola y no la consideren una digna interlocutora.

Jane Austen nació en una familia de clase media inglesa, en la provincia -convencional como toda provincia- lugar de poca imaginación y mucho afecto, un hogar tibio y sin mayores conflictos, donde el devenir de la mujer era el matrimonio, la crianza y nunca aspirar a poder alguno, a una herencia (ésta era para los hijos varones), a manejar dinero propio, ni menos que todo, a escribir. Y ella, desafiante, escribió. Lo hizo en la mesa del comedor. Imaginarse entonces un cuarto propio no cabía ni en la más despercudida de las mentes y es probable que si Austen hubiese mágicamente tenido acceso al texto de su compatriota, más de cien años después, se hubiese ella misma escandalizado. Escribía en la mesa del comedor donde se reunía toda la familia, en medio del ruido, de la algarabía de sus hermanos, del desorden del qué hacer doméstico. Cuando llegaban las visitas, ella cubría disimuladamente sus papeles con el mantel, como si no estuviese incurriendo en un acto tan subversivo. No se quejaba. No esperaba nada. Pero no pecaba de ignorancia: su acto debía mantenerse como algo propio, secreto y rotundo.

El viento ha soplado desde entonces, ráfagas y ráfagas avanzando a través de los cielos, a veces deteniéndose para hacerse un par de preguntas o simplemente para descansar, quizás agobiado por la inmensidad de su tarea. Es un viento nuevo, el de las mujeres. Insobornable. Irreversible.

Hace un par de meses, estando yo fuera del país, recibí un video: mujeres con el pecho descubierto y máscaras en las caras bailaban al son de consignas en la calle. Pregunté en qué lugar del mundo sucedía tal acción. En Chile. Quedé estupefacta. ¿Chile? Al cabo de un mes volví y me encontré con un país distinto. El viento se había detenido en este lugar del universo convirtiéndose en un huracán. Y pensé en nosotras, las más viejas. Recordé el Centro de Estudios de la Mujer, Julieta Kirkwood, las manifestaciones del 8 de marzo en dictadura con la policía desquiciada, las Mujeres por el Socialismo que hicimos la unidad del centro y la izquierda antes que los partidos políticos, Mujeres por la Vida, la Morada, como su nombre bien lo indicaba, la primera casa de las mujeres.

Recordé el espanto que entonces producía la palabra feminismo, en cómo nos miraban, entre atónitos y asqueados, los hombres cuando la pronunciábamos (y también muchas mujeres). Por supuesto pensé en las sufragistas, en Amanda Labarca y Elena Caffarena y tantas otras. Tomé entonces aquel ovillo de lana y desde la antigua Inglaterra aterricé en nuestra tierra, en el mundo de las escritoras a principio de los noventas. ¿Se atrevería un hombre hoy, en este nuevo espacio, a tomar una novela mía y botarla a la basura porque le había destruido su imagen de las mujeres chilenas? ¿Se atrevería otro a interceptarme en la calle para culparme de su separación, por “haberle metido ideas de liberación” a la mujer que lo abandonaba? Mi generación no escribió en la mesa del comedor ni tapó sus escritos con el mantel cuando llegaban las visitas. Pero igual fuimos denostadas porque contar del género no resultaba universal. Porque las historias de la mitad de la población eran secundarias, como si no estuviésemos todas exhaustas de leer al hombre en el canon. Empezaron a etiquetarnos: inventaron el concepto de “literatura femenina”, el adjetivo “light”, porque, finalmente, hablar desde ese lugar aún resultaba reprobable.

Es maravilloso presenciar cómo ha soplado aquel viento. Hoy nos apropiamos del lenguaje, del cuerpo, de la calle, de la voz. Esos pechos desnudos que bailaban en el video no son huérfanos: son hijos, nietos y bisnietos de innumerables anhelos y propósitos transgresores, obstinados, voluntariosos. Son colectivos porque nacieron de un gran entramado construido por sus antecesoras, pechos fecundados por la más noble de las aspiraciones: la igualdad.

¿No es hora, entonces, de que los hombres comiencen a leer a Jane Austen?

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