Estas son las definiciones de la ministra Lincolao frente al aumento de los doctorados en el país
La oferta de programas de doctorado pasó de 190 en 2010 a 444 en 2026 y la matrícula registrada llegó a 8.442, extendiéndose a nuevas instituciones y regiones. “Más que crear menos o más doctores es pensar cómo se están creando capacidades para el país y qué mercado laboral y mercado de absorción existe”, afirma en este reportaje de LT Educa la ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao.
Chile tiene hoy una capacidad para formar investigadores muy distinta de la que tenía hace poco más de una década. La oferta de programas de doctorado más que se duplicó desde 2010 y la matrícula registrada llegó a 8.442 en 2026. Hoy son 43 las instituciones que ofrecen estos programas, frente a 29 en 2010.
La expansión también cambió la composición del sistema: Tecnología es el área que más creció, mientras la oferta se extendió hacia nuevas regiones.
Para Paola Cañón Guidetti, directora institucional de Investigación y Doctorados de la Universidad Adolfo Ibáñez, el crecimiento de la oferta da cuenta de una transformación más profunda: “Que la oferta doctoral se haya duplicado no habla solo de más programas: habla de un país que empezó a producir conocimiento, no solo a consumirlo”. Las universidades han fortalecido sus capacidades de investigación e innovación, y la formación doctoral comienza a entenderse de una manera más amplia. “Investigar no significa únicamente construir una carrera académica: es una capacidad que hoy necesita cualquier sector”, señala. Se trata de desarrollar capacidades para formular preguntas relevantes, trabajar con problemas complejos, producir evidencia y desarrollar soluciones.
Para Iván Suazo, vicerrector de Investigación y Doctorados de la Universidad Autónoma, que la formación deje de concentrarse en pocas instituciones y en la zona central permite formar investigadores “en los territorios donde se originan los problemas que hay que estudiar”, además de retener talento y diversificar las preguntas de investigación.
La expansión, sin embargo, abre otra pregunta: ¿qué espacios tendrán esos investigadores para desarrollar sus capacidades?
La ministra de Ciencia, Tecnología, Conocimiento e Innovación, Ximena Lincolao, plantea que Chile está graduando del orden de mil doctores al año y que el aumento de este capital humano es una buena noticia. Pero advierte que la universidad no puede seguir siendo concebida como la única salida laboral para quienes obtienen este grado.
La autoridad sostiene que “más que crear menos o más doctores es pensar cómo se están creando capacidades para el país y qué mercado laboral y mercado de absorción existe”. Para Lincolao, esa pregunta debe hacerse desde el momento en que se diseña un programa doctoral. La formación no debería pensarse de manera aislada de los problemas que el país necesita resolver ni de los espacios en que esos investigadores podrán desarrollar posteriormente sus capacidades.
Eso supone ampliar las trayectorias posibles hacia las empresas, la industria, el Estado y los emprendimientos de base científica y tecnológica. También implica que la inserción comience durante la formación y no recién cuando el investigador obtiene su grado.
Del doctorado a la empresa
Una de las experiencias que Lincolao destaca es la de Singapur, donde existen doctorados industriales en los que el estudiante trabaja junto a una empresa mientras desarrolla su investigación. El proyecto se define entre la universidad y el sector productivo, de modo que el investigador adquiere experiencia laboral durante su formación y la empresa puede conocer tempranamente sus capacidades. “Cambia la lógica, porque no se espera que la persona termine para recién preguntarse dónde va a trabajar”, afirma la secretaria de Estado.
Otros países también han desarrollado mecanismos para acercar la formación doctoral al sector productivo. En India, programas público-privados cofinancian doctorados vinculados a necesidades de la industria; en Estados Unidos, iniciativas como i-Corps buscan explorar tempranamente el potencial comercial de investigaciones universitarias.
Para Lincolao, estos modelos muestran una transformación más amplia: la investigación y el trabajo comienzan a desarrollarse de manera más fluida entre universidades, empresas y sector público. En Chile, este cambio también encuentra un nuevo marco institucional con la Ley de Transferencia de Tecnología y Conocimiento, que busca fortalecer la colaboración entre universidades, organismos públicos y empresas.
Más que disciplinas aisladas
La evolución de la oferta también plantea preguntas sobre qué tipo de conocimiento necesita el país. Tecnología es el área que más ha crecido, pero para Paola Cañón la discusión no debería convertirse en una competencia entre disciplinas.
“Más que hablar de disciplinas que ganan relevancia, creemos que una de las transformaciones más importantes de la formación doctoral está en la multidisciplinariedad y en mirar los desafíos desde todas las perspectivas”.
La inteligencia artificial es un ejemplo. Su desarrollo no solo requiere ciencias computacionales e ingeniería, sino también preguntas de las ciencias sociales y las humanidades sobre sus efectos éticos, sociales, culturales y políticos.
La expansión territorial abre, a su vez, una discusión sobre la capacidad de las instituciones para sostener programas de investigación. Suazo valora la incorporación de nuevas universidades y regiones, pero advierte que “la ampliación de la oferta solo tiene valor si va acompañada de esos estándares”, entre ellos programas acreditados, cuerpos académicos con productividad sostenida y trayectorias de graduación razonables. Para las instituciones que se han incorporado más recientemente a la formación doctoral, agrega, el desafío es consolidar programas de calidad, fortalecer redes nacionales e internacionales y ampliar las posibilidades de inserción de sus graduados.
La discusión sobre inserción laboral vuelve a poner el foco en el sector productivo. Para Cañón, las empresas enfrentan problemas que requieren investigación, nuevo conocimiento y capacidad para tomar decisiones en escenarios donde no existen respuestas conocidas.
“Un doctor no es alguien que sabe mucho de algo: es alguien entrenado para resolver problemas que todavía no tienen respuesta. Eso es exactamente lo que necesitan las empresas”, señala.
El desafío, agrega, es que las empresas reconozcan ese valor y que los doctores puedan participar también en espacios de estrategia, innovación y toma de decisiones. Para ello, las universidades deben complementar la formación disciplinar con competencias que faciliten su desempeño en distintos entornos profesionales.
Lincolao plantea una mirada similar, basada en una mayor movilidad entre universidad, empresa y sector público, y en la posibilidad de que la investigación doctoral derive en nuevos emprendimientos, transferencia tecnológica y soluciones para problemas concretos.
Un ecosistema para aprovechar el conocimiento
Chile está formando más doctores y en un sistema que es también más amplio, diverso y territorialmente distribuido que hace una década. El desafío que se abre ahora no es solamente si hay que seguir aumentando esa cifra, sino qué capacidades necesita el país, para qué problemas y dónde podrán desarrollarse.
La pregunta aparece, además, en un momento de cambios en la forma en que distintos países organizan sus ecosistemas científicos. Chile acaba de adherir a la Visión de Kioto, junto con otros 16 países, para impulsar una mayor colaboración entre ciencia, tecnología, empresas y sociedad y abordar de manera conjunta problemas científicos y tecnológicos de gran escala.
Para Lincolao, esta transformación requiere pensar la formación doctoral como parte de un diseño más amplio, en el que la investigación, la educación y las necesidades del mundo productivo estén conectadas desde antes: “Un programa de doctorado es un programa estratégico para un país”.
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