Un viaje por la carrera más linda del mundo

Un periodista de El Deportivo acepta el desafío de correr los 21 kilómetros de la Patagonian World Marathon en Torres del Paine. Una competencia sumergida en los maravillosos paisajes de la octava maravilla del mundo.


Lo más sencillo (y tentador) era tirar la toalla y subirse al “Bus de la Muerte”, el vehículo destinado a los corredores vencidos por las dificultades de la prueba. Sentarse cómodamente y dedicar el resto de los 21 kilómetros a disfrutar uno de los paisajes más hermosos del planeta. Montañas, lagos, ríos de agua cristalina. Naturaleza y aire puro, aproximadamente a una hora de Puerto Natales, en la Región de Magallanes.

Nunca imaginé volver a pararme frente a una línea de partida. Hace más de cinco años dejé las carreras de largo aliento. Solo troto porque me gusta, sin el estrés de una marca por cumplir. Esta invitación que llegó para la primera edición del Patagonian World Marathon en Torres del Paine obligaba a replantearse todos los objetivos. Imposible decir que no. Mover las piernas en la octava maravilla del mundo era un sueño. Pero exigía preparación.

El cerro San Cristóbal sirvió para ensayar. Sumar rutas con pendientes y llegar hasta la Virgen, para emular en algo el desafío de enfrentar este parque nacional. Terminar la carrera no era el único desafío. El viaje a Torres del Paine se hizo con 48 horas de anticipación, junto al equipo de prensa de la organización, al Hotel Río Serrano. Me sentí como un profesional de estas pruebas de alta complejidad. Fuimos a reconocer el terreno, a ver qué ofrecía. Subidas desafiantes, el terreno pedregoso y un viento que hace perder el equilibrio, entre otros obstáculos. “¿Qué hago acá? ¿En qué me metí?”, preguntas que surgieron espontáneamente.

El resto de los miembros de la delegación aprovecharon mi cara de pánico para aumentar mis dudas. “En esta subida te quiero ver”, me comentó el periodista Gonzalo Escobedo. “Acá ya estarás muerto”, agregó de forma burlesca Javier Navarro, el fotógrafo de la competición. El día previo a la carrera no dormí bien. Posiblemente más de algún contendor, los más novatos, también. El miedo a pasar de largo hizo que mirara el celular al menos cuatro veces durante la noche. Ya a las 7 am estaba en pie, a la espera del bus que nos pasaría a buscar para llevarnos al inicio de la competencia. De desayuno, un café y un plátano. Nada más. No quería sentirme pesado.

La carrera reunió a más de 800 competidores.

Mi primera interacción con el resto de los competidores me llenó de dudas. Yo, con mi polera de la competencia, audífonos y mis zapatillas bien amarradas. Nada más. Varios de los otros participantes estaban uniformados de acuerdo a su equipo con los que entrenan durante el año, se repartían gel y revisaban sus mochilas de agua para hidratarse durante la carrera. Ahí, hay que confesarlo, sentí algo de temor. Pensé que quizás no me había preparado como debía, que haría el loco. María Paz, mi pareja, me tranquilizó con mensajes de aliento. Ya en el punto de partida me relajé. No había nada que hacer y debía enfrentar lo mejor posible el desafío. Ya poco importaba el saber que en Santiago había mucha gente pendiente de cómo me iría. Incluyendo el editor de El Deportivo, que solo me pidió no hacer el ridículo entre expertos del trail running.

De entrada, el viento amenazaba con ser el gran enemigo de la competencia. Los gorros volaban, mientras los casi 850 competidores, distribuidos en diferentes puntos de partida, se alistaban para dar inicio a la carrera más bonita del mundo en las diferentes categorías (10K, 21K, 42K, 50K). Hay que reconocer lo de “carrera más linda del mundo” no era una exageración. Correr o simplemente desplazarse pampas doradas, aguas puras y fauna única. Un cóndor se veía volando a lo lejos, como si quisiera seguir la ruta de los deportistas. Increíble. Un emotivo “ceachei” interrumpió la magia del momento, a minutos de la largada.

Me sugirieron ir en la primera línea para tener mejores fotos mentales para este vivencial. Mala idea. Eso me obligó a partir al ritmo de los que más se prepararon. Los primeros dos mil metros los hice a casi 4,35 minutos por kilómetro. Para los runners, un tiempo espectacular. Sin querer, me entusiasmé y seguí acelerando. Miré mi reloj y no lo podía creer. El problema era aguantar ese rendimiento. Ahí sentí el primer ahogo. Debía bajar el ritmo o no llegaría a la meta.

El Río Serrano fue el gran testigo de la carrera más linda del mundo. Foto: Javier Navarro / Negraproducciones

Los kilómetros iban pasando y el paisaje me ayudó a disfrutar la carrera. Corrí sin mayores contratiempos. Nunca sufrí, ni siquiera al ver que los más preparados comenzaban a dejarme atrás. Solo me concentré en mirar los paisajes y respirar profundo para sentir ese aire tan puro. Correr a orillas del río serrano, con los picos de las Torres y los Cuernos del Paine de fondo, levantan a cualquiera. Era imposible rendirse con semejante paisaje.

Las subidas sí me hicieron volver de golpe a la competencia. Se sintió el desgaste. Gente caminando durante esas inclinaciones, que invitaban a abandonar el trote. Más cuando el famoso “bus de la muerte” pasaba por el lado. Nada de eso. El “tú puedes” y el “se rompe o se raja” (con el que me motivó mi profesor Eduardo Aránguiz, de Tridents Labs) lo repetí durante varias ocasiones. Ya no había marcha atrás.

Del kilómetro 12 al 17 parecía estar la ruta para descontar minutos. Era plano, casi como las calles de Santiago, que recorrí durante las últimas semanas. No de cemento, claro. Sí de piedras y tierra. Pero plano. El viento, sin embargo, hizo que esta parte fuera una de las partes más complicadas. No perdonó en esos casi seis kilómetros. Golpeaba con tanta fuerza que frenaba a profesionales e inexpertos. Los más livianos, incluso, se desestabilizaban. Muy duro.

Torres del Paine. Fotos: Javier Navarro / Negraproducciones

Conversé las noches previas con diferentes competidores del running, que recomiendan aprovechar el último punto de hidratación. “No te frenes en todos o perderás el tiempo”, repetían. Así lo hice. En el kilómetro 18, justo antes de la subida del infierno, que significó el abandono de varios corredores, me detuve algunos segundos para tomar agua. También me comí un plátano y mordí una naranja. Me recompuse.

Ese kilómetro de subida fue el último gran desafío. Ahí, como la mayoría corredores, había que dosificar. Caminar en ciertos tramos, de hecho. Era imposible completarla en un intento, salvo que se cuente con años de preparación. Aunque después de cruzar la meta, conversando con algunos más experimentados, entendí que era normal detenerse un poco en esa pendiente.

La llegada a la meta fue emocionante. En ese último kilómetro, esquivando unas vacas en la recta final, los gemelos comenzaron a apretarse. El calambre estaba cerca y ahí ya no había nada que hacer. Creí que mi historia llegaría a su fin. “Dale, queda poco. Yo te llevo”, me gritó un competidor desconocido que me tiene que haber visto algo complicado. Me sumé a su ritmo y juntos nos fuimos conversando hasta cruzar la línea de meta. Para ser sincero, no recuerdo nada de lo que hablamos. Al pasar la línea de la meta, estrechamos nuestras manos y nos felicitamos. El compañerismo en este tipo de carreras supera cualquier tipo de competitividad.

De un momento a otro, sin darme cuenta, la carrera llegó a su fin. Colgarme la medalla fue sin dudas el mejor reconocimiento a una carrera inolvidable. El tiempo realizado (2:01:41) me dejó en el puesto 40 de mi categoría dentro de los 21K. Sí, es cierto, lejos del podio, pero más lejos de los últimos lugares. Al menos, no hice el ridículo. Cumplí un sueño, uno que seguramente intentaré repetir el próximo año: volver a disputar la carrera más bonita del mundo.

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