Colombia: La rabia social de una ciudad domesticada

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Medellín, otrora el lugar más violento del mundo, hoy luce las protestas más pacíficas del estallido colombiano que comenzó el pasado 21 de noviembre. ¿Cuál es la fórmula?




¿Sabes por qué acá las cosas han andado más pacíficas? Porque tenemos que demostrar a diario que ya le ganamos a la violencia". Juan Camilo Pérez trabaja para la firma turística más importante de Medellín y, cuando en la última semana ha ido a buscar pasajeros al aeropuerto, en apenas un par de minutos enfatiza que la crisis social que desde el 21 de noviembre sacude a Colombia ha tenido en su ciudad una magnitud diferente. Mientras en Bogotá y Cali hubo toques de queda, saqueos, muertos y una fricción entre manifestantes y policía que rasguñó el desborde, en Medellín casi todas sus autoridades inflaban el pecho para hablar con orgullo de tranquilidad y obediencia civil.

Una sola imagen al azar: el viernes por la noche, un quiosco de la zona sur exhibía en su parte más destacada la tapa de la revista Semana, que con letras rojas alertaba: "De la protesta a la violencia" junto a una foto en pleno Bogotá de agentes de seguridad batallando contra encapuchados. Justo al borde del quiosco se estacionó un bus tapizado de flúor y luces, una verdadera discoteca sobre ruedas, donde una docena de medellinenses empinaban cervezas y bailaban reggaetón hasta abajo.

"Hemos tenido protestas con otro perfil, con mucho mejor entendimiento, sin que se haya utilizado la fuerza policial, sin acciones graves", describe Daniel Duque, el concejal más joven de la historia de Medellín (27 años) y parte del Partido Verde.

Pero no es que la segunda ciudad más importante de Colombia se haya restado de las masivas acciones contra el Presidente Iván Duque -las que exigen desde mejoras en la educación hasta la implementación de los acuerdos de paz-, iniciadas desde el paro nacional del 21 de este mes: un rápido recorrido por el centro muestra las cicatrices de un lugar merodeado por la rabia, con mensajes pintarrajeados en murallas, bancos y tiendas multinacionales. Y no es que el latido machacante del reggaetón haya sido siempre la melodía característica de Medellín. Hace no mucho, el único ritmo posible era el que dictaba el imperio del narcotráfico de Pablo Escobar. Es precisamente ese trauma lo que explica que sus ciudadanos hoy frenen a toda costa el desmadre.

Su alcalde, Federico Gutiérrez, ha intentado borrar la larga sombra del capo de la droga que aún asoma en la ciudad, prohibiendo sus tours y museos. "Este gobierno se ha equivocado en todo", dice a este medio Roberto "Osito" Escobar, hermano de Pablo, quien hoy administra un museo sin permisos legales.

"Somos mucho más sensibles a los problemas que puede generar la violencia. También hay otro punto: la sociedad de Medellín es más intolerante a los movimientos de izquierda, entonces los estudiantes son un poco más cuidadosos en las formas de protestar", postula, por su lado, Carlos Builes, director de Ciencias Políticas de la Universidad Pontificia Bolivariana de Medellín.

Las marchas también cuentan con el rol de la Unidad para los Derechos Humanos de la Personería de Medellín, organismo que trabaja por la defensa del orden público y el patrimonio. Se trata de una veintena de funcionarios de traje azul que van "coordinando" las manifestaciones, que aconsejan por dónde desplazarse para no interrumpir el tránsito ni alterar zonas residenciales. Se sitúan entre los manifestantes y la policía, justo al medio, el espacio donde culmina la columna de ciudadanos indignados y empieza el bloque de efectivos de seguridad que los sigue de cerca, en su mayoría montados a caballo.

Gina Upegui es una de las jefas de la división de DD.HH. de la Personería: "Si vemos que algún manifestante empieza a caer en vandalismo o destrucción, inmediatamente lo aislamos y hacemos que el resto también lo aísle. Ahí ya nosotros nos retiramos y llega el Esmad", dice respecto del controvertido escuadrón especial antidisturbios, acusado de matar hace una semana a un joven de 18 años, Dilan Cruz.

Upegui sigue: "Nosotros, en ese sentido, velamos tanto por los derechos humanos de la gente como de los policías. Ellos también son personas". Además, recalca que en la ciudad hay estructuras casi intocables, que nadie se atrevería a dañar luego de años de costosa pacificación urbana, como el Metro, el único de Colombia.

En las protestas, la genética es muy similar a la de Chile: sin liderazgos, sin partidos políticos, acordada a través de redes sociales, hegemonizadas por jóvenes de clase media y donde conviven desde punks hasta colectivos LGBTI. Algunos gritos se repiten ("las balas que nos tiraron van a volver"), aunque no hay himnos invocados desde el cancionero nacional. Por el contrario, aquí se reclama que todas las estrellas patrias -Shakira, Juanes, J Balvin- casi no han apoyado la agitación social.

"Lo que nos importa es seguir demostrando que lo hacemos en paz. Somos una nueva generación, nuestros padres enfrentaron toda la violencia de este país, nosotros no", dice Kishor van Das (27), uno de los manifestantes. Está claro que imagina un futuro en donde su ciudad no pase dos veces por el mismo calvario.

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