Columna de Sebastián Edwards: La insurrección y Chile

Partidarios de Donald Trump durante el asalto al Capitolio, el miércoles 6 de enero. Reuters



En menos de un minuto pasé de la confusión a la incredulidad. Tenía el televisor encendido, pero no le prestaba mayor atención. Eran imágenes de fondo, con políticos dando discursos breves y aburridos. Se suponía que era pura rutina, un proceso contable donde el Congreso tabulaba y dejaba constancia de las votaciones de los estados. Se sabía que un puñado de congresistas de derecha iban a objetar los resultados de cinco o seis estados, pero no sería más que un saludo a la bandera. Luego de unos pocos discursos se rechazarían las objeciones, y cuando sobrepasara los 270 votos electorales requeridos, Joe Biden sería certificado como presidente electo.

Bajé a prepararme el segundo café del día, y al volver a mi escritorio noté que estaban mostrando a una turba atacando un edificio. Llevaban pasamontañas y vestimentas colorinches. Tenía el volumen muy bajo, por lo que el griterío se oía apenas como un ronroneo.

Cuando finalmente presté atención, me sentí desconcertado. Por un segundo pensé que estaban mostrando a Chile, que era un clip de alguno de los “viernes de furia” en la Plaza Baquedano y las zonas aledañas.

Pero, claro, no era eso. Era una turba invadiendo el Capitolio, la sede del Congreso de los EE.UU., mi país adoptivo. Al entender de qué se trataba, mi reacción fue la de millones de personas: EE.UU. se estaba transformado, ante mis ojos, en una “república bananera”, en un remedo de América Latina, en una copia de nuestro Chile.

Pero el paso de las horas fueron mostrando que, más allá de algunas similitudes superficiales, había enormes diferencias entre los dos casos, un abismo los separaba.

La mayor diferencia es que en los EE.UU. el rechazo de los políticos a la asonada ha sido instantáneo y masivo. En Chile, en cambio, tomó meses para que varios políticos recalcitrantes se animaran a plantear un mínimo reparo a la violencia que siguió al 18 de octubre. Y cuando lo hicieron, fue un gesto tímido, imperceptible casi. Muchos “progresistas” usaron mil y una justificaciones para condonar el uso de la fuerza y de los incendios, de las humillaciones y los saqueos, de la intimidación y la destrucción. No tuvieron la valentía para decir que la violencia es antidemocrática, para afirmar que las protestas pacíficas son siempre bienvenidas, pero las violentas no son nunca aceptadas. No han sido capaces de decir que “rodear” la convención constitucional con “movilización de masas” e intimidaciones es inaceptable en un país democrático.

Cuando, con cinco horas de retraso se reinició la sesión del Congreso, a las 10 de la noche, las primeras palabras del Vicepresidente – un representante de la derecha dura – fueron para rechazar con fuerza el motín de sus propios partidarios. Lo siguió el Senador Mitch McConnell, líder de los republicanos en el parlamento, quien usó palabras ásperas e inequívocas para reprobar a los invasores, miembros de su propia coalición.

No fue, como en Chile, un rechazo a medias, tibio, y con bemoles. Nadie celebró ni homenajeó a la “primer línea.” Fue un repudio fuerte y claro a toda violencia.

En el Capitolio, los senadores de derecha hablaron de insurrección, de intento de golpe, de una asonada para derribar la democracia. Uno tras otro defendió el orden constitucional y el estado de derecho. Las palabras de los senadores Lee y Romney de Utah, del senador Sasse de Nebraska, y de la senadora Collins de Maine – todos líderes históricos de la derecha – no dejaron ninguna duda: Quienes invadieron el Congreso eran parte de una sublevación, y ésta estaba siendo fomentada por el actual presidente. Era inaceptable, y Trump tenía que exigirles a las hordas que se retiraran de inmediato. El presidente, dijeron los republicanos, tenía que aceptar que había sido derrotado, y preparar una transición pacífica del poder.

Ni por un segundo se pensó en postergar la sesión, en ir más lento – algo que la ley permitía –, en tomarse un respiro. Los líderes de ambos partidos acordaron, sin vacilar, que el Congreso seguiría sesionando hasta oficializar el triunfo de Joe Biden. A las 3:32 de la mañana, Mike Pence certificó los votos del estado de Vermont, lo que hizo que Biden pasara la valla de los 270 votos electorales requeridos para ser ungido como el próximo presidente. Era oficial: el país tenía, oficialmente, un presidente electo, el que tomará el poder el 20 de enero.

A pesar de la asonada, del odio de Trump, de los intentos de insurrección, había ganado la democracia.

También hubo momentos emocionantes y simbólicos, como cuando, en medio del asedio y la violencia, cuatro funcionarias del Senado arriesgaron su integridad física para poner a resguardo las urnas donde se depositan los votos electorales.

La insurrección fracasó. Será difícil cicatrizar las heridas que han dejado los nefastos cuatro años de Trump. Pero el rechazo masivo y generalizado de la violencia nos da esperanzas. En EE.UU. la democracia sufrió un grave empellón, pero con serenidad y fortaleza, sigue su curso.

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