Las elecciones, la crisis y la historia: Sofía Correa, Isabel Torres y Julio Pinto analizan la presidencial

Julio Pinto, Isabel Torres y Sofía Correa Sutil.

En un contexto de crisis social y política, con una Convención Constitucional deliberando, los comicios enfrentan un escenario hasta cierto punto inédito. ¿Es posible establecer relaciones con otros procesos de nuestra historia? ¿Qué singulariza estas elecciones y los liderazgos actuales? ¿Cómo afecta la crisis de los partidos? Responden los historiadores Sofía Correa Sutil, Isabel Torres Dujisin y Julio Pinto.




Sofía Correa Sutil: “La crisis de representación de los partidos es muy grave, pues pone en peligro la democracia representativa”

La crisis que atraviesa el país es multidimensional, piensa la historiadora Sofía Correa Sutil. No solo es política y social, también económica y cultural, afirma la académica de la Universidad de Chile, especialista en la historia de la derecha chilena: “A mi juicio, la incertidumbre se acrecienta con las declaraciones y posiciones de un significativo número de convencionales. Por de pronto, al inicio de sus sesiones, se puso en duda la noción de República de Chile, afectando no sólo la existencia de la República como forma política, que fue lo que concentró las críticas, sino también poniendo con ello en entredicho la existencia misma de Chile como nación, como comunidad desplegada en la historia desde antes incluso de la Independencia. En general, esta otra dimensión envuelta en la negación de la República de Chile no fue sometida a crítica, quizás porque alude a una ruptura de tan enorme magnitud que no puede llegar a ser procesada. Pero fue en ese contexto que se impidió cantar la canción nacional el día de la apertura de la Convención Constitucional. A eso me refiero cuando señalo una crisis cultural. Si tal es el ánimo refundacional de la Convención, como contexto en el que se realiza la elección presidencial, este no es en absoluto auspicioso”.

¿La elección presidencial podría perder gravitación ante el trabajo de la Convención Constitucional?

Por cierto. Si la Convención Constitucional puede incluso poner en entredicho la existencia del Estado-nación, de la República de Chile, sin duda tiene una gravitación mayor que la elección presidencial. Incluso, si no llegara tan lejos en sus deliberaciones y en su texto final, de todas formas su propósito es crear un nuevo orden político, y eso tiene más relevancia que una elección presidencial realizada todavía bajo el imperio de la Constitución del 80 reformada. Sin embargo, mirado desde otro ángulo, es muy probable que esta elección muestre un país profundamente dividido, con dos polos de semejante peso en el apoyo ciudadano y en fuerte confrontación. Ello pone enormes desafíos al trabajo de la Convención, pues una Constitución que no genere un amplio consenso, una Constitución que no dé espacio para que todos los partidos políticos puedan gobernar con ella y que cualquier ciudadano pueda defender sus derechos ante los tribunales, una Constitución de unos y no de otros, está destinada a desaparecer a corto plazo. Hasta el momento no se ha visto una clara voluntad de generar acuerdos, de ceder posiciones, en la Convención.

¿Es posible encontrar antecedentes en la historia de un proceso como este, con ambiente de refundación y en medio de una crisis política y social?

Es curiosa la preocupación por buscar constantemente símiles con otros procesos políticos en la historia reciente de Chile. Me parece que lo hacemos para evitar pensar que esta vez estamos dando un salto al vacío. Cada elección presidencial tiene sus especificidades que la hacen única. Lo mismo esta. Sin embargo, se parece, en algunas de sus manifestaciones, a otras elecciones presidenciales que han tenido como contexto una crisis del sistema político. Por ejemplo, podría tener similitudes con la elección presidencial de 1932, por el número de candidatos en competencia, cinco en ese entonces. También es posible pensar que están tan polarizadas las opiniones políticas y tan derrumbado el centro, con una candidatura que compite con la izquierda en la radicalidad de su discurso, como ocurriera en la elección presidencial de 1970.

¿La disyuntiva de la derecha, dividida entre Sichel y Kast, es inédita?

La derecha política se ha presentado con dos candidaturas presidenciales en otras ocasiones. Por de pronto, en la elección de 1946, cuando si hubieran llevado un solo candidato ganan la elección. Como argumenté en mi libro Con las riendas del poder, esta división respondió a una estrategia racional, en la cual los liberales prefirieron negociar con los radicales, como lo venían haciendo durante años, que entregar el gobierno a un dirigente socialcristiano que se definía como anticapitalista. Como se puede apreciar, no hay mayores similitudes con la situación actual, excepto en la existencia de una diversidad de estrategias en situaciones críticas.

¿De qué modo podría operar la desafección política?

Pienso que la desafección política tiene relación con la crisis de representación de los partidos, la que no es nueva en Chile, por cierto. A mediados del siglo XX, tanto Carlos Ibáñez como Jorge Alessandri se presentaron como independientes ante el electorado, que por lo mismo los favoreció. Por cierto que para poder gobernar no pudieron prescindir del apoyo de los partidos de mayor peso en el Congreso Nacional. No obstante aquello, es muy grave la actual crisis de representación de los partidos políticos, pues ésta pone en peligro la democracia representativa y abre la posibilidad de cualquier aventura caudillista o dictatorial. Es decir, la desafección que había y hay en Chile está relacionada con la capacidad de representación de los partidos y no con la acción política. Las manifestaciones en la calle, portando demandas específicas al sistema político, ya eran algo habitual antes del llamado “estallido”, con expresiones de mucha violencia que nos deberían haber dejado muy preocupados como país. Por cierto, las dirigencias partidistas de todo el espectro tendrán que dar cuenta algún día de su modorra, de su incapacidad de ver lo que estaba ante sus ojos.

A esta encrucijada se suma el legado del gobierno de Piñera, ¿cómo puede verse este legado históricamente?

Con el gobierno de Piñera se profundizó y acentuó la crisis política que venía desplegándose por más de una década. Me parece que su posible legado estará en tres dimensiones del manejo de la pandemia. A saber: la unificación del sistema de salud público y privado para atender a los pacientes de Covid; en segundo lugar, el haber podido contar con respiradores suficientes para todos quienes los necesitaran (en Europa hubo que optar a qué enfermo salvar y a quién dejar morir), y, también, el haber negociado la compra de suficientes vacunas como para inocular a toda la población, chilenos y extranjeros residentes, con dos y tres dosis.

¿Observa rasgos de renovación en la derecha?

La crisis del sistema de partidos tiene ya muchos años. Cuando ello ha sucedido antes en la historia de Chile, se produce una transformación del sistema de partidos, en la cual surgen nuevos referentes, se renuevan los partidos existentes tanto en términos doctrinarios como en la composición de su dirigencia y electorado, otros desaparecen, y se crean nuevas relaciones entre partidos, nuevas alianzas. En ese contexto, cabe esperar una renovación de las derechas, del centro y también de las izquierdas. Pero eso toma un tiempo, durante el cual se viven crisis e incertidumbres.

Julio Pinto: “La izquierda actual exhibe con mucha mayor evidencia la tendencia a la fragmentación”

Tres elementos de análisis toma el historiador Julio Pinto, premio nacional de Historia, para poner las elecciones presidenciales en perspectiva. “Uno es la voluntad de un cambio de régimen. No sabemos qué va a pasar, pero se vislumbra la posibilidad de que emerja, con una nueva Constitución, un régimen de gobierno distinto. Además, hay una voluntad de ampliación de la ciudadanía política y social, el deseo de traer de vuelta a sectores que han estado ajenos en la discusión pública y reconocer derechos sociales, y hay una posibilidad de redefinición de las funciones del Estado”, enumera.

Con esos elementos a la vista, la primera elección que podría aproximarse es la de 1920, la del primer gobierno de Arturo Alessandri. “En 1920 vemos una crisis de un régimen político que se extendió por 30 años, el régimen parlamentario oligárquico que se estableció tras la revolución de 1891. Frente a eso hay una propuesta de incorporación de otros sectores a la ciudadanía y también de reconocer a una ciudadanía social: Alessandri quiere impulsar protecciones sociales. Hay una idea de cambio del régimen parlamentario al presidencial, y al final del gobierno -golpe de Estado mediante- se redacta una nueva Constitución. Y hay también un llamado a ampliar las funciones del Estado, que asume tareas sociales y económicas. La otra elección es 1970, donde también hay un llamado a ampliar la ciudadanía política y social; hay una idea de cambio de modelo de sociedad, del capitalismo al socialismo, y la idea de un nuevo Estado, que se hace cargo de toda las funciones sociales y la economía. Y tal vez podemos hacer una analogía con 1989, donde hay una cierta voluntad de ampliar la ciudadanía política, una voluntad de democratizar y de recuperar protecciones sociales, pero que a la larga no fueron suficientes”.

¿La Convención Constitucional le resta peso a esta elección?

El trabajo de la Convención tiene un peso mayor, porque está redefiniendo el marco institucional, de principios de convivencia en que nos movemos, y lo está haciendo por primera vez mediante un proceso participativo. Pero no es indiferente quién va estar a cargo de la conducción inmediata, y no me refiero solo al Ejecutivo, sino también al nuevo Congreso que va a acompañar este proceso.

¿Cómo se relaciona la izquierda actual con la izquierda histórica?

La izquierda actual comparte algunos valores con la izquierda histórica, la idea de una sociedad más justa, la noción de derechos sociales, que deben ser garantizados (educación, salud, vivienda, etc.); una postura crítica ante el capitalismo como forma de convivencia; la igualdad como objetivo a alcanzar. Pero hay diferencias: no hay un paradigma tan claro de hacia dónde se quiere transitar, que sí lo había en la izquierda histórica, que era el socialismo, sin evaluar en qué medida se logró; eso ya no existe. La dilución de los referentes: qué modelo de sociedad nos convoca. Hay elementos dispersos, la solidaridad, el medioambiente, el feminismo, pero no hay un programa que permita visualizar un futuro radicalmente distinto, y la voluntad de cambiarlo todo se debilita. Luego está el debilitamiento de los conductos orgánicos de la izquierda: partidos, organizaciones, sindicatos. Hay una valoración de la diversidad y de vivir en diversidad que no era tan clara en la izquierda histórica. Otro punto de contacto es la noción de hacer los cambios dentro de la institucionalidad. La izquierda histórica tuvo la particularidad de que siendo revolucionaria en sus convicciones siempre apostó por la institucionalidad. Con excepciones -el MIR, los sectores radicales del PS- vio la inserción institucional como una vía factible de realización de cambios. La izquierda frenteamplista mantiene esa convicción.

¿El tema de la gobernabilidad, de los líos internos, es una constante histórica en la izquierda?

Históricamente la izquierda ha sido muy autofágica, se ha caracterizado por peleas internas, a los costados, en lugar de concentrarse en pelear contra el adversario político. Hubo largos pasajes de la historia en que las divisiones eran fuertes: el PS y el PC vivían enfrentándose entre sí, y el PS enfrentándose dentro de sí. El PS nunca se atuvo a una disciplina partidista, no así el PC, que fue un partido más ordenado. Una de las virtudes políticas de Allende fue sobreponer a la izquierda a esa tendencia al divisionismo y alinearla detrás de un proyecto común, pero incluso en el gobierno estas diferencias volvieron a aflorar. Eso se mantiene y tal vez es más agudo ahora, porque ni siquiera existen esos grandes partidos. Hoy por la misma naturaleza de la sociedad, esa izquierda exhibe con mucho mayor evidencia esa tendencia a la fragmentación.

¿Cuenta Boric con algo de la habilidad política de Allende?

Hay una diferencia etaria fundamental: Allende llega a La Moneda tras 40 años de vida política activa, su caudal de experiencias es mucho mayor. Esa diferencia es imposible de ignorar, pesa en la capacidad de manejo político. Allende tenía, además, mucha legitimidad a nivel social, por su trayectoria y su preocupación por el pueblo. Boric no ha tenido tiempo para que esa sensibilidad eche raíces y se convierta en un sentimiento más generalizado, tampoco se puede hacer de un día para otro. Boric ve en Allende una referencia y hasta se cambió el modelo de anteojos. Y creo que es una opción muy evidente, porque si hay algo que puede unificar a la izquierda es la figura de Allende.

¿Qué rol juegan el anticomunismo y el antineoliberalismo?

El anticomunismo es un elemento de larguísima duración en la derecha; la derecha ha vivido obsesionada por el fantasma del comunismo, y a pesar de la caída de los muros y la implosión de la mayoría de los regímenes socialistas, sigue a flor de piel. Y la muestra más reciente es el efecto que provocó la candidatura de Jadue: desató los temores más ancestrales en la derecha. El problema de la derecha es que no existen regímenes socialistas o comunistas que tengan viabilidad. Y la reacción antineoliberal no es inédita, desde que se empezaron a llevar a cabo estas reformas hubo sectores que las resistieron, pero ha ido in crescendo en la medida en que los efectos dañinos del neoliberalismo -el daño al tejido social, las desigualdades- se hacen más evidentes. En Chile el neoliberalismo caló muy hondo, y en cierto momento, a mediados de los 2000 y los 90, llegó a ser un sentimiento hegemónico: sectores amplios se compraron la idea del emprendimiento, el éxito fruto de mi propio esfuerzo, nada al rol del Estado. Pero así y todo llega un momento en que es tal la tensión que genera esta dinámica en la vida que las huestes de los neoliberales crece.

Isabel Torres Dujisin: “No veo a ningún candidato haciendo un gran discurso, con un proyecto social”

Los ánimos refundacionales que acompañan a esta elección no le resultan del todo nuevos a Isabel Torres Dujisin. Autora de La crisis del sistema democrático: las elecciones presidenciales y los proyectos políticos excluyentes. Chile 1958 – 1973, la académica dice que la idea de la refundación se viene escuchando recurrentemente desde los años 40.

“El diagnóstico que hacen los gobiernos radicales es que Chile necesita transformaciones profundas, y viene entonces el rol predominante del Estado. Se pasa a revalorizar el Estado como agente modernizador, y eso se mantiene hasta el 73. El gobierno de Frei Montalva va a hacer todas sus reformas a partir de un programa de transformaciones profundas, la promoción popular es eso, la incorporación de sectores marginales a la sociedad. Con la UP es mucho más: se vuelven a profundizar la reforma agraria, las nacionalizaciones, las industrias monopólicas. Con la dictadura viene la contrarrevolución, el Estado mínimo, y les resulta un proyecto neoliberal porque no tiene oposición. Esto coincide con lo que pasa en el mundo: la Thatcher en el Reino Unido, Friedman en Estados Unidos. De modo que no es primera vez que decimos hay que hacer cambios profundos. La DC el 64 se plantea la tarea de hacer una revolución en libertad, distinta de la izquierda y del capitalismo salvaje de la derecha. La situación actual es inédita, porque tenemos una sociedad distinta”, afirma.

¿Qué otro elemento singulariza esta elección?

Algo que se venía dando desde el retorno de la democracia: como tenemos segunda vuelta, hay proliferación de candidatos con costo cero, y luego se ordenan las fuerzas. Antes, la elección con más candidatos fue el 32, que tuvo cinco, pero en las otras eran dos o tres. De hecho, el cura de Catapilco revierte la elección del 58. Y el 64, como la DCes un partido mesiánico, no aliancista, Frei le dice a la derecha de acuerdo, acepto su apoyo, pero no voy a cambiar ni una coma del programa. Acá igual hay coyunturas, como Sichel que se desploma y sube Kast, pero a diferencia de elecciones pasadas, en la segunda vuelta siempre se ordenan las fuerzas.

¿El proceso constitucional afecta la elección?

Las elecciones se dan en un escenario complejo. Pero incluso la nueva Constitución de ser aprobada va a vivir un tiempo de cambios y reformas. La Constitución del 25 se llegó a implementar el 32, y antes hubo movimientos militares, caudillismo. Pensar que una vez aprobada la Constitución todo comienza a funcionar armónicamente es una ilusión.

¿El centro se ha vaciado, el escenario se movió hacia la izquierda?

Hoy existe hoy una fuerza que efectivamente podría parecerse a lo que fue la UP, no como desarrollo histórico, sino como concepto de unidad de la izquierda: el Frente Amplio. El centro está muy copado por la DC, el PPD y un sector de los PS que va a votar por Yasna Provoste. El centro no está vacío, y a su vez Sichel quiere levantar un discurso centrista. Los únicos que están fuera del discurso de centro son Boric, que se identifica claramente de izquierda, y Kast que es la derecha que quiere orden y está contra la Convención, el aborto y todo lo demás. Y después de este aniversario del estallido, seguramente Kast va a subir.

¿Esta DC de hoy tiene relación con la DC histórica?

La DC histórica, del 57 en adelante, la de Frei Montalva, es una DC bien progresista. Es cosa de leer el discurso de Frei La marcha de la patria joven, es un discurso increíble, de un diagnóstico de una sociedad más justa, un discurso reformista. A Frei le pasan dos problemas, el 65 logra un apoyo parlamentario impresionante, nunca un gobierno de un partido único logra un apoyo tan alto, y lleva adelante la reforma agraria, la reforma a la educación, pero tiene una izquierda disputándole los cambios. La izquierda busca estar más a la izquierda de Frei y tiene que hacer un discurso más radical, fundamentalmente el PS. El PC era un partido que podía haber llegado a cualquier acuerdo, lo intenta en la campaña del 70 con Tomic. Hoy en la DC puede haber un grupo que se siente emocionalmente cercano a esa época de gloria de la DC. Y tal vez como en la época de Frei Montalva lo critican tan fuertemente (está la reforma universitaria, la separación del Mapu), quedaron con ese trauma, y hoy los críticos de Yasna Provoste guardan silencio. Ella parece querer combinar la no radicalización con el cambio profundo.

¿Cómo valora los liderazgos de hoy en perspectiva histórica?

Hay dos líderes emblemáticos que están en la retina de la historia política. Por orden, diría Salvador Allende, que es un símbolo y a esta altura a nadie le importa leer cómo fue el gobierno de la UP. Allende representa un liderazgo ético, consecuente, representó un proyecto más igualitario, fue cálido, cercano, concilió política y cultura, sabía manejar la relaciones con otros políticos. Y hablaba muy bien, el último discurso de Allende, en ese escenario dramático, casi shakespereano, es de una lucidez impresionante. En segundo lugar, Frei Montalva, que también tiene discursos admirables. Ambos son líderes capaces de levantar proyectos de mediano y largo plazo. Y eso es lo que hoy hace falta: estamos en el hoy y con suerte en mañana. Eso es un cambio cultural. No veo a ninguno haciendo un gran discurso, con proyecto social, con capacidad de emocionar y entusiasmar a la gente.

¿La agitación política y la violencia han sido parte de elecciones históricas?

Históricamente la violencia ha estado presente en campañas y gobiernos democráticos. No hay que olvidarse de los grupos de extrema derecha e izquierda en el pasado: Patria y Libertad asesinó al general Schneider, volaron torres de alta tensión; el VOP asesinó a Pérez-Zujovic. Chile no ha sido una taza leche. Podemos hacer una lista de sucesos violentos cometidos por el Estado, la derecha, la izquierda, las fuerzas represivas. Siempre ha existido agitación y violencia política. Forma parte de nuestra historia. A principios del siglo XX incluso hay mucha más violencia, la matanza de Santa María de Iquique, Valparaíso, San Gregorio. No ha sido la conducta mayoritaria, pero la violencia ha sido un factor presente en la política chilena.

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