Columna de Pablo Ortúzar: Pablo Chill-E, Tiro de Gracia y el futuro que no es ninguno

Pablo Chill-E

Mientras todo esto ocurre en el plano de la escena musical, tanto el gobierno como el poco representativo Colegio de Profesores, que tiene una relación de ventrilocución con el actual ministro de Educación, básicamente se lavan las manos respecto al desastre institucional y social que vivimos hoy en ese ámbito históricamente señalado como el camino principal para salir de la marginalidad y la pobreza.


La música popular suele calar mucho más hondo que los discursos políticos en la articulación del malestar y las esperanzas de los sectores postergados, además de tener la capacidad de darle una voz directa a las generaciones jóvenes dentro de esos sectores. La fama infatigable de Los Prisioneros proviene, en superior medida, desde ahí: ellos convirtieron en canción la experiencia juvenil y popular de los años 80. Por su parte, si hubiera que elegir un par de bandas de los 90 para entender el malestar popular de esos años, creo que Los Miserables (especialmente el disco “Futuro esplendor” de 1992) y Tiro de Gracia (en particular “Ser humano!!” de 1997 y “Decisión” de 1999) destacarían entre las demás.

Por supuesto, ese momento de conexión bruta y directa con la realidad pasa junto con la juventud. Y más todavía con el dinero y la fama. Esto no significa que la capacidad para la denuncia política desaparezca, pero sí que se vuelve más reflexiva y distante. También, a veces, más inteligente y propia. Un ejemplo, quizás, es la evolución de la discografía de The Clash: los contenidos de su disco homónimo de 1977, que recogía la experiencia musical previa de los miembros de la banda, son muy distintos a los de “Sandinista!” (1980), “Combat Rock” (1982) y, más aún, a los de “Cut the crap” (1985). Hay una evidente mayor carga ideológica en estos tres últimos álbumes, además de amplios grados de experimentación musical, pero la expresión de indignación juvenil y de la experiencia que hoy denominaríamos “calle” disminuye notoriamente.

¿Quiénes son hoy, en Chile, los articuladores de los sentimientos de la juventud popular? Todo apunta en dirección a la llamada “música urbana” (un eufemismo hilarante para referirse al hecho de que sus bandas provienen de sectores populares, ya que da la impresión de que el resto de la música tuviera un origen rural). Y, entre sus expositores más afamados, el que tiene un filo más político y de denuncia es Pablo Chill-E (Pablo Acevedo, nacido el año 2000 en Santiago). Muchas de sus letras cortan directamente en dirección a la realidad de la marginalidad juvenil vinculada al mundo del crimen y las drogas, del que parece tener una experiencia directa (“Saben que soy del ambiente/ pero nunca entro en detalle”, dice en “Jaguar”, que habla sobre su detención a bordo de un auto robado marca Jaguar).

Si uno escucha en orden “La voz de los 80″ (1984), “Pateando piedras” (1986), “Futuro Esplendor” (1992), “Ser humano!!” (1997), “Decisión” (1999) y luego salta a las canciones más políticas de Pablo Chill-E (asumiendo que hoy la idea de un disco como unidad de sentido se encuentra más o menos abandonada) notará importantes continuidades, pero también quiebres en el sentido de la denuncia. Permanece la sensación de frustración y falta de oportunidades, pero el lugar desde donde Pablo Chill-E habla es menos crítico tanto de la sociedad de mercado como de las conductas antisociales. Por lo mismo, la esperanza en reformas políticas (y el consiguiente compromiso con la izquierda) resulta mucho menos claro en sus canciones y en su práctica (la forma de su apoyo a Boric en segunda vuelta presidencial retrata este aspecto: lo trató de “amarillo y mentiroso, como todos los políticos”, pero aún así preferible a Kast). En el centro de su discurso hay un individuo radicalmente escéptico, “amigo de sus amigos” y con ganas de “hacerla”. El famoso “sujeto neoliberal” que la intelectualidad izquierdista acomodada (como Jaime Bassa o Manuel Tironi) han culpado del triunfo del Rechazo (aunque, en el caso específico de Pablo Chill-E, apoyó explícitamente el Apruebo, aunque recalcando -de nuevo- que “no le compro a ni un culiao”). Un momento que condensa, quizás, esta aproximación es la reacción de Pablo Chill-E junto a Marcianeke respecto a la escandalosa fiesta de jóvenes acomodados en lanchas en el lago Villarrica el 2022, que consistió en realizar su propia versión del evento, pero en el lago Rapel.

Estos elementos de escepticismo radical, cinismo, individualismo y ambigüedad moral, que en otros “músicos urbanos” son incluso más marcados que Pablo Chill-E, han levantado fuertes críticas a este movimiento. Entre ellas, destaca la recientemente realizada por los miembros actuales de “Tiro de gracia” (Lenwa Dura -Amador Sánchez, 1976- y Zaturno -Juan Lagos, 1981-), que acaba de presentar una canción titulada “El Santo”, donde denuncian, en palabras de Zaturno, “la perdición que genera normalizar las armas y las drogas en Latinoamérica y el mundo… hoy en día la música urbana habla que es cool drogarse, robar, traficar y generar dinero fácil”. Esta canción es en colaboración con Eduardo “Lalo” Meneses (1969), de Panteras Negras, cuyos discos “Reyes de la Jungla” de 1993 y “Atacando Calles” de 1995, bien podrían ser parte de la lista con la que abro esta columna.

Los puntos hechos por Tiro de Gracia y Meneses en esta canción, que están en línea con la posición de algunos “artistas urbanos” como Pailita (Carlos Raín, 2000) son el intento de diálogo más abierto e inteligente que se ha ensayado respecto a la juventud popular chilena de hoy, desde las generaciones anteriores. Se suma, quizás, a la entrevista dada por el rapero Portavoz (Jorge Ferrer, 1987) donde habla respecto a los peligros de la droga “tusi” (que aparece mencionada en la mitad de las canciones de Marcianeke -Matías Muñoz, 2002-), luego de que su consumo lo llevara a saltar al vacío desde un cuarto piso.

Mientras todo esto ocurre en el plano de la escena musical, tanto el gobierno como el poco representativo Colegio de Profesores, que tiene una relación de ventrilocución con el actual ministro de Educación (ver debate con Daniel Mansuy), básicamente se lavan las manos respecto al desastre institucional y social que vivimos hoy en ese ámbito históricamente señalado como el camino principal para salir de la marginalidad y la pobreza. Desastre amplificado por el mezquino y politiquero apagón educacional durante toda la pandemia. Increíblemente, el gobierno nacido de las protestas estudiantiles no tiene un proyecto educacional. Y no parece tener nada que ofrecerles a “los menores que se aburrieron de andar pato”, los mismos que prefieren tratar de ser influencers de tiktok que ir al colegio, más que balas y persecución policial.

De hecho, la generación de políticos de izquierda que hoy nos gobierna es responsable de desarticular el precario mecanismo de movilidad social por vía educacional existente en Chile, basado en la selección y los liceos de excelencia, y reemplazarlo por nada en absoluto. Fernando Atria, que ahora se hace el loco con el desastre de la Convención de la misma forma que lo hizo respecto de su trabajo para Boliden, fue uno de los intelectuales clave detrás de ese proceso de destrucción. El Instituto Nacional fue demolido desde el Santiago College. Pero el resto de la clase política es responsable, por su parte, de no tomarse en serio el proceso de democratización de expectativas de la sociedad chilena, incompatible con niveles de desigualdad extremos. Por no hacer reformas a tiempo, lo que terminó por estropearse fue la credibilidad del discurso de que el esfuerzo honesto y el trabajo duro llevaban, o al menos deberían llevar, a algún lado.

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