Columna de Pablo Ortúzar: Un monorriel llamado antipolítica

El ex candidato presidencial del partido republicano Jose Antonio Kast junto a los diputados de esa tienda. Foto: Dedvi Missene

El ex candidato presidencial del partido republicano Jose Antonio Kast junto a los diputados de esa tienda. Foto: Dedvi Missene

Ahora, pese a lo indecente que sea el tono de la demanda y a lo merecido que tiene el gobierno perecer en su propia ley, el oficialismo tiene razón en lo sustantivo (tal como la centroderecha la tenía durante la crisis del 2019): necesitamos unidad republicana y necesitamos mejorar el nivel de nuestra política. Ojo por ojo quedaremos todos ciegos.


Gabriel Boric y sus aliados fueron advertidos repetidamente durante la crisis iniciada el 2019 que si lograban llegar al poder incendiando la pradera reinarían sobre ruinas. Se les dijo que al golpear sin lealtad republicana alguna al Presidente Piñera estaban dañando no sólo al gobierno de turno, sino las herramientas de gobierno. Que estaban mermando el Estado. Nada de esto les importó mucho y, salvo por el intervalo lúcido de noviembre, el resto fue darle con todo a la piñata a ver si les caía el poder en las manos. Acusaciones constitucionales por tratar de mantener los colegios abiertos, marchas en pandemia, operaciones mediáticas acusando que el gobierno “nos mataba” sin evidencia alguna, uso electoralista de retiros que se sabía que reventarían la economía. Una crónica de esos meses deja en evidencia la oposición más mezquina que ha presenciado Chile desde el retorno a la democracia.

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Hoy el gobierno sufre las advertidas consecuencias de llegar al poder a patadas. Tuvieron que agarrar la guitarra a la que ellos mismos le cortaron cuerdas y le perforaron la caja. A fierro mataron, y ahora temen la retribución. No les queda otra que apelar a exactamente los mismos argumentos de unidad republicana y subir el nivel de la política que ellos desoyeron rotundamente como oposición. Eso, y prometer monorrieles. Para peor, tal apelación al adversario la hacen en el tono altanero que los caracteriza. Exigen, demandan, ordenan a una centroderecha que ha sido, como oposición, mil veces más leal a la república que ellos, y que ha insistido a buscar espacios de diálogo aún desangrándose por el costado derecho. Todo, mientras los lindos se dan el gusto de indultar delincuentes violentos con excusa ideológica en medio de la mayor crisis de seguridad interna en décadas.

Ahora, pese a lo indecente que sea el tono de la demanda y a lo merecido que tiene el gobierno perecer en su propia ley, el oficialismo tiene razón en lo sustantivo (tal como la centroderecha la tenía durante la crisis del 2019): necesitamos unidad republicana y necesitamos mejorar el nivel de nuestra política. Ojo por ojo quedaremos todos ciegos. Necesitamos una tregua de élites para destrabar las reformas que nos permitan recomponer nuestra estructura institucional y volver a ser un país orgulloso de sí mismo en 20 años.

Si esto es cierto, entonces el antioctubrismo, que respira por la herida, está tan equivocado como el octubrismo. La derecha que pretende recuperar el poder por la misma vía que la izquierda gobernante lo asaltó, sólo cosechará más cenizas. El Partido Republicano y sus satélites no tienen, hoy, una propuesta constructiva para el país. No tienen una visión de futuro donde quepamos todos. Igual que los octubristas, consideran que parte de Chile es simplemente un cáncer que debe ser arrinconado y extirpado. No tienen propuestas reales para destrabar nuestra crisis de modernización porque consideran que es culpa de un puñado de rufianes. Y todo el resto es el voluntarismo de la mano dura y los mercados libres.

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Hay que hacerle a Republicanos y afines la misma advertencia, entonces, que se le hizo a la nueva izquierda durante la crisis iniciada en 2019: le están haciendo más daño al país que a sus adversarios. Y, si llegan al poder, lo harán para gobernar sobre ruinas. Y estarán al poco tiempo pidiendo colaboración y altura de miras. Al igual que Boric y sus amigos, no tienen un diagnóstico ni un programa real. La mayoría de sus cuadros intelectuales se dedican a las teorías conspirativas y a añorar la dictadura militar. No tienen respuestas a las preguntas del país, por más que puedan atizar sus miedos y sus rabias para llegar al poder. José Antonio Kast, quien mostró una moderación lejana a un Bolsonaro o a un Trump durante su campaña presidencial, hoy ha perdido la batuta frente a carismas estridentes.

Lo peor es que hasta ahora el fantasma de Pinochet ha tenido un efecto benéfico sobre la política nacional: la izquierda sabe que no puede llevar al país a la ruina sin que el espectro del General comience a recorrer el país prometiendo una prosperidad sin política. Pero esa influencia espectral desaparece si los pinochetistas ganan sin programa y sólo para fracasar. Así como Liz Truss selló con plomo la tumba política de Thatcher, Republicanos, en su situación actual, sólo podría envenenar su propia fuente de inspiración.

Los grupos políticos que no tienen realmente un programa, piensan que el poder los hará inteligentes. Y que basta señalar los vicios del programa adversario para tener una propuesta. Sin embargo, llegan al poder a sobrevivir a la patada y el combo, dañando los propios ideales que pretendían defender, ridiculizando sus propios principios y dependiendo de la bondad de los extraños. Y, al final, son movidos por las fuerzas que pretendían encauzar, como escombros ligeros que se lleva el río. Por no tenerle respeto al medio al que se enfrentan, como la gente que se interna en el mar o en la montaña sin prudencia, van de calamidad en calamidad hasta desaparecer. Es cosa de ver al actual gobierno.

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