Maduro hacia la toma del poder total en Venezuela

Venezuela_Election_58652

El principal desafío para Nicolás Maduro es alcanzar la meta que se ha trazado el chavismo: 10 millones de votos. Un propósito que también se planteó el expresidente Chávez y fracasó. En caso de que logre siete millones de sufragios, se encenderán las alarmas.


La falta de condiciones para que se realicen unos comicios imparciales y transparentes, tantas veces denunciadas por un sector de la oposición que se abstuvo de participar en la elección presidencial y de legisladores regionales, así como por los países del Grupo de Lima, los Estados Unidos, Canadá y la Comunidad Europea, no surtieron ningún efecto para que se introdujeran cambios que garantizaran una elección presidencial limpia y transparente en Venezuela.

¿Cuándo comenzó esta crisis de legitimidad? Un punto de partida sería, aunque pudieran señalarse otros, diciembre de 2015, año en que la oposición venezolana alcanzó la mayoría absoluta en la elección de diputados a la Asamblea Nacional. Aunque el Presidente Nicolás Maduro reconoció la derrota, pronto se puso en marcha una operación política e institucional para cercar, y luego vaciar de competencias, al Parlamento. La Asamblea saliente, controlada por el chavismo, designó a 13 nuevos magistrados y suplentes del Tribunal Supremo Justicia, y una semana después, la Sala Electoral del TSJ decidió suspender la toma de posesión de cuatro diputados, tres de ellos opositores, por una supuesta compra de votos. La evidencia fue obtenida mediante una grabación ilegal. Se abrió una averiguación que aún no ha concluido. Algo realmente insólito: los habitantes de una entidad federal (el estado Amazonas) no tienen representación en el Parlamento desde 2015.

El gato y el ratón. Progresivamente, luego de declarar al Parlamento en desacato, la Sala Constitucional del TSJ fue asumiendo las prerrogativas que la Constitución le confiere a la Asamblea Nacional. Maduro podía gobernar sin controles, tal como lo hizo su mentor, Hugo Chávez. Pero quedó claro que había una diferencia. Chávez ganaba elecciones, Maduro no. En sucesivos procesos electorales, incluida la elección de la espuria Asamblea Nacional Constituyente, en julio 2017, quedó en evidencia un hecho incontrastable.

En los episodios de este juego del gato y el ratón, la iniciativa no estaba siempre del lado del gobierno. Hubo momentos en que la dirigencia opositora parecía tener a mano la agenda política. ¿Qué ocurrió? Los líderes opositores, en una incomprensible demostración de ingenuidad, subestimaron el férreo control que ejerce el chavismo sobre el entramado institucional del país, particularmente en las Fuerzas Armadas.

Las pugnas internas y la falta de coherencia hicieron el resto. El episodio más estruendoso de este fracaso fue la activación del referéndum revocatorio en contra de Maduro, cuya realización fue abortada por decisión, casi simultánea, de cuatro tribunales penales que carecían de competencia en materia electoral. Hubo manifestaciones y protestas que se diluyeron debido a la dura represión de las fuerzas del orden y por el carácter irreversible de la decisión. No importó la violación sistemática de los derechos humanos y el saldo trágico de víctimas: alrededor de 140 personas, la mayoría jóvenes.

Sobre las cenizas, Maduro convocó a una nueva Asamblea Nacional Constituyente, de corte corporativista, que a Felipe González, expresidente del gobierno Español, le recordó las cortes españolas del general Franco.

Justamente, la ANC ha legislado, en algunos casos a solicitud de Maduro, para crear las condiciones electorales que le permitirán reelegirse en los comicios que se realizarán el domingo.

Previamente, se ilegarizaron a varios partidos políticos, entre otros Primero Justicia y Voluntad Popular, motores de las protestas que se escenificaron entre abril y julio de 2017. En un claro acto de ventajismo, la fecha de los comicios fue adelantada, pues la actual legislatura vence en diciembre de este año y lo lógico, tal como era tradición en Venezuela, era convocar las elecciones para los primeros días de ese mismo mes.

Guerra de posiciones

Si bien en la política, el juego es entre un ratón y un gato que terminó siendo un tigre, en el terreno de la economía la guerra es abierta y sin cuartel. Venezuela se ha convertido en un caso de estudio en los principales centros de investigación. Dentro de América Latina, y quizás en el mundo, no entero hay experiencia comparable.

Algunos indicadores, sólo para parpadear un poco. Venezuela ha perdido más del 50% del tamaño de su economía en los últimos tres años. El Fondo Monetario Internacional calcula una inflación de 13.000% al cierre de 2018. La producción petrolera, principal fuente de ingresos del país, que también ha caído desde 2016, se ubica en 1,54 millones de barriles por día, menos de la mitad de lo que producía el país a comienzos de 1998, año en que Chávez llegó al poder.

Las reservas internacionales están agotadas y las sanciones aplicadas por el gobierno estadounidense impiden el refinanciamiento de la deuda externa. El default es la única línea que se ve en el horizonte. El gobierno enfrenta un gigantesco déficit, que decidió monetizar con la maquinita de imprimir dinero en poder del Banco Central de Venezuela, otra institución cooptada por el chavismo.

"Guerra al azúcar" declaró el Che Guevara en Cuba y a la vuelta de 10 años el sostén económico de la isla -la economía azucarera- estaba en el piso. Algo similar pasa en Venezuela, aunque nadie declaró la guerra. PDVSA, la principal industria del país, está quebrada, aunque el país cuenta con las reservas probadas de crudo más grandes del planeta.

Estos son los principales factores que se han combinado para convertir la cotidianidad de los venezolanos en un verdadero infierno. Hacer las compras se ha convertido en un verdadero suplicio. El dinero perdió toda capacidad adquisitiva y los alimentos se transan de acuerdo a la cotización del dólar, no del día sino del momento.

¿Qué dicen las encuestas?

Aunque la credibilidad de las encuestas está cuestionada en todo el mundo, siguen siendo un instrumento de medición. A los venezolanos les gusta votar. Ha sido así toda la vida. En esta ocasión, el proceso electoral se verá afectado por el llamado a la abstención que han hecho los principales partidos opositores. Así, alrededor del 60% acudirá a votar. Una cifra bastante inferior a la elección sobrevenida de 2013, en la cual resultó vencedor Maduro. Ese año, la participación fue del 79%.

Henri Falcón, el candidato opositor que en su hora fue chavista, es el principal contendiente de Maduro. Pero el principal enemigo de Falcón es la abstención.

El principal desafío para Maduro es alcanzar la meta que se ha trazado el chavismo: 10 millones de votos. Una meta que también se planteó Chávez y fracasó. Maduro necesita un triunfo clamoroso. No sólo para mantener la iniciativa política y obligar a una oposición dividida a negociar, sino para disuadir a la comunidad internacional, encabezada por Estados Unidos, de que la revolución bolivariana sigue viva y cuenta con un respaldo popular contundente.

El arma secreta del chavismo es el control social que ejerce a través del carnet de la patria, una identificación que afilia a 16 millones de venezolanos, la big data más grande de América Latina.

La tarea del chavismo consiste en movilizar a los electores carnetizados hasta los centros de votación y verificar si votaron por Maduro. Si el Presidente obtiene alrededor de 8 millones de votos, se habrá comprobado la efectividad del instrumento para garantizar lealtades y apoyos entre un sector de la población que depende del Estado para satisfacer sus necesidades más primarias. El mecanismo es estrictamente de clientelismo: populismo en estado líquido. Esto es lo que se va a poner a prueba en la elección presidencial.

Si Maduro saca 7 millones de votos -un número similar al que obtuvo en los comicios de 2013, cuando resultó ganador en el proceso sobrevenido que siguió a la muerte de Chávez, se encenderán las alarmas.

Algo de eso se vio en el cierre de campaña en la avenida Bolívar de Caracas, cuyas dimensiones han sido un reto para cualquier político venezolano. Uno de los asistentes dijo: Ni de lejos había la misma cantidad de gente que en la época de Chávez. Un poquito acá y un poco allá. En un juego de palabras, propio de la oralidad caribeña del venezolano, un joven testigo del cierre de campaña, responde a la pregunta: ¿A qué atribuye ese hecho? "A que nos están jodiendo acá -se lleva la mano al estómago- y luego allá", la pone sobre el bolsillo, luego se lo piensa un momento y se corrige.

"No, allá y acá, porque si no hay dinero, no hay comida", dice.

Si la maquinaria del Partido Socialista Unido de Venezuela y sus aliados no garantiza el piso de 8 millones de sufragios, se desatarán los demonios, las recriminaciones y con toda seguridad las autocríticas a las que son tan dados los militantes de la izquierda tradicional. De manera soterrada y por los canales oficiosos, la oficialidad de las Fuerzas Armadas también hará la debida "lectura" del resultado electoral.

El jueves, durante el cierre de campaña, Venezolana de Televisión transmitió durante los cortes comerciales 14 mensajes relacionados con los comicios. Uno de carácter institucional; seis partidos políticos que apoyan a Maduro, uno que protagoniza su esposa, dos de observadores internacionales llamando a votar, dos de encuestas a electores chavistas y, finalmente, dos de Henri Falcón, al comienzo y cierre de esa media hora.

Comenta