Ucrania: El arte y la cultura se vuelven resistencia en tiempos de guerra
A cuatro años del inicio de la invasión rusa a gran escala, los artistas, gestores culturales ucranianos han continuado con sus actividades. En conversación con La Tercera músicos, directores de teatro y de museos dan cuenta de las actividades que se llevan adelante tanto en Kiev como en Jarkiv en medio de los continuos ataques y el duro invierno.
Los monumentos en las calles de Ucrania hoy están cubiertos por sacos de arena y estructuras de madera, quedando escondidos para su protección. Lo mismo se hizo con las obras de arte, que se encuentran guardadas en subterráneos, dejando las paredes de los museos vacías.
Tras cuatros años de la invasión rusa a gran escala, con ataques de misiles y drones, además de permanentes cortes de luz, la vida en el país ha cambiado, pero no se ha detenido, y así como cada día hay cafés, panaderías y restaurantes que abren sus puertas para atender a sus clientes, las actividades culturales y artísticas tampoco han desaparecido.
Según el Ministerio de Cultura de Ucrania, como resultado de la agresión rusa han sido destruidos o dañados 2.483 bienes culturales, siendo esto una de las mayores pérdidas de patrimonio cultural desde la Segunda Guerra Mundial. Pero eso no ha acallado a los artistas y gestores culturales que han ido adaptando su trabajo a la nueva realidad.
Es el caso de Mykola Serha, teniente primero de la 59.ª brigada de infantería motorizada de las Fuerzas Armadas de Ucrania y que antes de la invasión rusa de 2022 se dedicaba a la poesía, aunque también había trabajado como actor y músico. Sin embargo, producto de la guerra decidió llevar su trabajo artístico al frente para ayudar a los soldados.
Al principio de la guerra creó un “batallón sicológico” para ayudar a las personas que no sabían qué hacer y que se encontraban en pánico. Luego, decidió alistarse en el Ejército sin contar con experiencia. Fue allí, en su unidad, donde se dio cuenta que sus compañeros no podían dormir. “Todos estaban estresados, nadie entendía qué pasaba. Por todas partes había ataques cognitivos, el cerebro saturado. Entendí que tenía una herramienta para aliviar un poco, para ayudar psicológicamente a los camaradas y, por así decirlo, despertar la imaginación para que pudieran dormir, soñar algo que los restaurara. Pedí permiso al comandante para hacer la primera actividad. Duró 15 minutos; leí poemas y conté historias. Había unas 20 personas y todos se sintieron mejor. La gente empezó a recargarse”, comenta en conversación con La Tercera.
Esa experiencia permitió ampliar la práctica y después otras unidades empezaron a invitarlo a otras ciudades. Después invitó un cantante y en Kiev recorrieron hospitales, salones y poco a poco invitaron a más artistas. De esta forma nació Fuerzas Culturales, una unidad militar de las Fuerzas Armadas que reúne a músicos y artistas profesionales que se unieron al ejército tras la invasión a gran escala. Su trabajo se centra en el bienestar psicológico y la salud mental de las tropas. A septiembre de 2025, Fuerzas Culturales contaba con 130 militares en servicio activo y 15 civiles.
“Usamos todos los géneros. Todo lo que funciona con la atención, todo lo que puede dirigir la atención de una persona hacia su interior, lo usamos. El humor ayuda a aliviar la tensión, ayuda a ver la situación desde distintos ángulos. En el caso de las canciones, las patrióticas ayudan a asociarse con un egregor (pensamiento) colectivo. Canciones, poemas, monólogos o historias que asocian con trascender lo posible ayudan a la persona a crear la imagen de un héroe con el que poder identificarse, compararse y tomar algo de él”, explica.
El músico Taras Stolyar también participa de esta iniciativa y al igual que muchos ucranianos su vida cambió totalmente con la guerra. Antes de febrero de 2022 trabajaba tocando la bandura (instrumento que combina características de la cítara y el laúd) en la Orquesta Nacional Académica de Instrumentos Populares de Ucrania. Apenas comenzó la guerra decidió unirse al ejército y llegó hasta la defensa territorial en la 112ª brigada de la Defensa Territorial de Kiev.
“Entré en la compañía de lucha contrasabotajes; en realidad no tenía ninguna experiencia: una vez en la escuela, en los 80 durante la Unión Soviética, sostuve un fusil, pero no tenía experiencia de combate ni siquiera manejo de armas. El primer día fue un caos controlado y los instructores, comandantes trabajaron con nosotros, nos enseñaron a manejar las armas. Había que preparar a la gente para que no ocurrieran incidentes desafortunados entre nosotros, al menos, cuando llegara el momento de los enfrentamientos, supiéramos qué hacer, en un nivel básico”, señala y comenta que posteriormente trabajó en las regiones de Donetsk y Luhansk.
“Los militares son personas comunes, y la música relaja. La música nos transporta a otro espacio donde podemos estar a solas o en un lugar agradable, rodeados de seres queridos, aunque estemos a miles de kilómetros de ellos. Me preocupo de elegir música adecuada: algo reflexivo, algo histórico, una versión de una canción popular conocida, una canción cuyo texto todos conocen, una canción folclórica ucraniana que se canta en el círculo familiar, o un hit de una banda ucraniana conocida que la gente pueda cantar. Cuando la gente comienza a cantar, eso es ya la máxima conexión con la audiencia, la máxima relajación”, indica y advierte que hay que “dejar a la gente en un estado moral y emocional adecuado”.
“No se les puede recordar a sus seres queridos y dejarlos así, porque puede desmoronarlos. Un mal enfoque puede minar el ánimo combativo de toda una unidad”, sostiene.
Protegiendo obras de arte
Ya lejos del frente, los museos también se han visto afectados. El año pasado, el Ministerio de Cultura de Ucrania publicó un informe que indicaba que aproximadamente un tercio de los trabajadores culturales había abandonado el sector desde el comienzo de la invasión.
Ubicado en el centro de Kiev, el Museo Khanenko –que tiene una colección de alrededor de 25.000 piezas, entre las que figuran arte del Antiguo Egipto y Grecia, arte europeo, arte de Asia e Islam, y más recientemente arte africano- es un ejemplo de resiliencia en tiempos de guerra. Así, planificó con tiempo qué hacer en caso de que el conflicto llegara hasta Kiev. Marcaron la colección según primera, segunda y tercera oleada de evacuación.
“Ningún conservador puede presentar listas cortas de objetos para evacuar sin saber que ocurrirá con otros objetos que pueden quedarse y perecer. Es como elegir a cuál de tus hijos amas más. No obstante, al hacer las listas nos basamos en recomendaciones internacionales: qué objetos son testimonio de nuestra estatalidad, cuáles son únicos para el mundo entero, cuáles son importantes para la historia local y la historia de nuestro museo”, comenta Yulia Vaganova, historiadora del arte ucraniana, gestora cultural, directora general del Museo Khanenko.
Durante los primeros días retiraron de las paredes y las vitrinas la mayor parte de la exposición permanente y la colocaron en lugares más seguros. Las obras que requerían desmontaje prolongado permanecieron al principio en su lugar y durante los dos meses siguientes fueron desmontadas de forma gradual, debido que no contaban con equipo especializado.
El museo no ha estado libre de ataques y el 10 de octubre de 2022, el área de juegos infantiles recibió uno, nadie resultó herido en esa oportunidad. Sin embargo, otro ataque después causó víctimas fatales y las ventanas y techos del edificio se vieron afectadas.
Con el tiempo decidieron realizar visitas guiadas y también llevaron a cabo el programa Detrás de las puertas secretas, en la que exponían durante un día una obra de la colección. Para ello la desembalaban y por la noche la volvían a embalar. “Fue una oportunidad para que nuestros investigadores regresaran por un corto tiempo a su trabajo habitual, escogieran una obra, escribieran un artículo sobre ella y durante el día la presentaran a los visitantes” dice Vaganova.
La directora explica que el mayor desafío es cómo mantener a los equipos. Por ejemplo, en Kiev, la gente apenas puede vivir con 300-400 dólares al mes, especialmente si tienen familia. “Estamos perdiendo expertos en el sector y tardaremos años en recuperarnos. Buscamos constantemente financiación adicional para los proyectos, pero al mismo tiempo intentamos no recurrir a empresas locales, ya que dedican todos sus esfuerzos a apoyar al ejército”, dice.
Una situación desafiante también es la que enfrenta Olesia Ostrovska-Liuta, directora general de El Arsenal de Arte (Mystetskyi Arsenal), una de las principales instituciones culturales de Ucrania. El duro invierno, sumado a los ataques a la infraestructura energética ha complicado el funcionamiento del complejo cultural. “Tenemos una exposición que es popular, viene mucha gente, pero es muy difícil mantenerla estable, porque contamos con un sistema eléctrico de reserva, pero debido a las condiciones climáticas extremas, los constantes ataques aéreos y los continuos cortes de electricidad, nuestros dispositivos se estropean”, indica.
“Hay que aceptar que la estabilidad no se consigue este invierno. Hay que readaptarse rápidamente. Hay que cambiar los horarios, los planes, las estrategias de comunicación, etc., y básicamente, hay que dar pasos muy cortos”, advierte.
Más cerca de Rusia, específicamente en Jarkiv, Igor Tuluzov, trabaja como director general y artístico de la Ópera desde 2014, año en que comenzó la primera invasión rusa. Junto con atraer a público más joven, la guerra los ha llevado a realizar cambios en el repertorio como el abandono de todo lo ruso y, en cambio, se han enfocado más en el contexto cultural ucraniano. Incluso las obras clásicas han sido reinterpretadas y ahora se hacen a través de la experiencia de la guerra, las pérdidas y la resistencia interior.
El teatro no ha estado exento de los ataques y sufrió daños graves a comienzos de marzo de 2022. Se rompieron ventanas y puertas, el techo quedó dañado y también sufrió un incendio producto de restos de un cohete, cuya reparación fue pagada por los empleados. Y como en todo el país este invierno sufrieron las heladas.
Tuluzov cuenta que entre el público hay personas socialmente vulnerables, militares de las Fuerzas Armadas de Ucrania y empleados del servicio de emergencia. “Para mí, permanecer con el teatro en este tiempo significa estar donde la gente necesita no solo seguridad, sino también la presencia viva de la cultura”, cuenta.
“¡Ni me imagino cómo podría dejar el teatro en un momento así! La cultura deja de ser un ámbito de confort y se convierte en una forma de resistencia. Mientras el teatro funcione, mientras suene la música y salgan los artistas, mantenemos la continuidad de la vida cultural y demostramos que ni siquiera la guerra puede detenerla”, concluye.
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