Sonia Montecino, antropóloga y premio nacional 2013 sobre movilizaciones feministas: “Espero que a estas tomas las escuchen principalmente los hombres”

Montecino es doctora en Antropología de la U. de Leiden, Holanda, y autora de libros y ensayos.

Académica de la U. de Chile respalda consignas femeninas en tomas y manifestaciones, pero con reparos: “Prohibir textos sexistas o de otro tipo no me parece un camino”.


Fue la casa de estudios de la que egresó en 1980 y allí formó, en los 90 y junto a un grupo de académicas, el Centro Interdisciplinario de Estudios de Género dependiente de la Facultad de Ciencias Sociales de la U. de Chile, de la que, además, fue vicerrectora de extensión y donde da clases hasta hoy. “En esos años nadie o muy pocos hablaban de equidad de género o feminismo”, dice la antropóloga y premio nacional de Humanidades y Ciencias Sociales 2013 Sonia Montecino (1954). Y agrega: “Pero no es extraño que hoy haya tomas feministas en nuestro país y menos en la U. de Chile, que desde hace varias décadas es pionera y vanguardista en estas materias”.

¿Qué opina del componente feminista que hoy se ve en el movimiento estudiantil?

La inclusión de algunas demandas feministas lleva un tiempo y se visibilizó con los discursos de muchas dirigentas estudiantiles, como Melissa Sepúlveda, expresidenta de la Fech (2014). Ellas comenzaron a situar la igualdad de género como parte de las reivindicaciones en el ámbito educativo. Y, sobre todo, en la U. de Chile, donde hay conciencia de estas desigualdades y de las diversas problemáticas que conllevan. Por ello, las tomas feministas son una suerte de corolario de esa conciencia y me parecen muy relevantes como evidencia de la profunda realidad estructural que debe ser abordada, y que hoy las estudiantes sitúan en el plano público, con el respaldo de otras universidades.

¿Qué impacto social podrían tener estas tomas?

Ya se observa ese impacto tanto en los medios como en los líderes de opinión acostumbrados a una discusión sobre gratuidad y asuntos de platas más o platas menos, y no a un problema que toca los cimientos sociales, pues alertar y denunciar el acoso sexual en universidades es mostrar un síntoma de las desigualdades en las relaciones sociales de género y sus soportes: una cultura machista y androcéntrica que es la base de esos comportamientos. Yo espero que a estas tomas las escuchen principalmente los hombres que no han reflexionado sobre su condición y posición dominante, como sí lo hemos hecho las mujeres desde más de un siglo, constando nuestra posición desigual en la distribución del poder y de los recursos. Ese es el camino para construir relaciones igualitarias en el campo político, económico y simbólico.

¿Cree que el feminismo podría desviar el foco del movimiento estudiantil y sus demás consignas?

No creo empañen nada, más bien podrían iluminar un nudo problemático que nuestra sociedad debe encarar, porque la igualdad no solo consiste en acceso equitativo a la educación, sino a una vida amable para todos y todas, incluyendo los componentes de género, clase, etnicidades, entre otras diferencias. Las desigualdades adquieren una poderosa expresión en las construcciones y relaciones de género y, por ello, tiñen todos los campos de la vida social. En ese sentido pienso que estas tomas más bien benefician al movimiento estudiantil, pues lo amplían a materias que comprometen de manera profunda al campo de la cultura y sus urgentes transformaciones.

En España, un grupo de académicas propuso recientemente erradicar de sus planes de lectura a “autores machistas”. ¿Estaría de acuerdo con replicarlo en Chile?

Prohibir textos sexistas o de cualquier otro tipo no me parece un camino. La discriminación e invisibilidad del papel de las mujeres en mucha de la bibliografía académica obligatoria es un hecho universal, y las docentes españolas lo entienden y reaccionan ante ello con un gesto homólogo a la exclusión que afecta a la producción de conocimientos feministas. Pero ese gesto reproduce, a mi modo de ver, una violencia simbólica que debemos superar para construir un horizonte de debate y de confrontación de ideas, no de prohibiciones, reglamentos y judicializaciones de la vida en común.

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