Columna de Óscar Contardo: Casi como en 1988

El plebiscito fue un acontecimiento político, pero para mis cercanos y coetáneos, también fue un hito emocional. Ese país que a mí me tocó vivir ya casi no existe, aunque en algunos ambientes parece haber sobrevivido intacto, conservado al vacío.




No creo que la historia se repita, ni que una época rime con otra como si se tratara de los versos de una letanía que sólo tolera leves cambios, amarrando los acontecimientos a un aforismo ingenioso que nos pone a todos dentro de una rueda sin fin. Lo que creo, eso sí, es que ciertos rasgos permanecen, están ahí porque son parte de nuestra convivencia, por momentos en forma latente, sin lograr manifestarse, como los virus que duermen hasta que algo los despierta.

Cuando eso sucede, los cuerpos reaccionan, las defensas se levantan y los sentidos se aguzan para captar el peligro. Repentinamente nos parece asistir al reflujo de un pasado, la irrupción de algo ya vivido antes, sólo que de otra forma, en otros términos, una versión adaptada a las condiciones del momento de un arma tan vieja como nuestra historia.

Esa arma se llama miedo.

Hace casi 30 años, durante la campaña del plebiscito de 1988, el miedo estaba representado por ciertos recuerdos compartidos por la generación que vivió la Unidad Popular. Era un conjunto de temores que podría incluso enumerar, como una lista de demonios que deben mantenerse a raya: el desabastecimiento, las colas, las expropiaciones, la visita de Fidel Castro y la Unión Soviética. Había barcos rusos cerca de las costas, guerrillas ocultas y muchos comunistas. Eso explicaban espontáneamente en conversaciones triviales quienes estaban a favor de que el régimen de Pinochet se extendiera.

Tres décadas después, durante una elección democrática, en una situación muy diferente, los mismos temores reaparecen en ciertos grupos, ajustados al escenario actual. Hace casi 30 años la participación electoral en el plebiscito fue masiva, actualmente no supera la mitad de los habilitados para votar; hace casi 30 años más del 40% de los chilenos vivía en la pobreza, hoy esa cifra no alcanza el 15%; hace casi 30 años vivíamos en el orden de la Guerra Fría, hoy Estados Unidos es gobernado por un presidente que nadie toma en serio y China comunista es el socio comercial que no querríamos hacer enojar.

Pocos elementos de aquel escenario en el que tuvo lugar el plebiscito se mantienen, sin embargo, para algunos el eco de la Unidad Popular -encarnada ahora por el Frente Amplio- persiste; la Unión Soviética es reemplazada por Venezuela y Corea del Norte; Nicolás Maduro toma el lugar de Fidel. Los rumores que antes se difundían boca a boca ahora circulan en las redes sociales repetidos por bots que crean y recrean versiones de anécdotas difíciles de corroborar. Todo parece estar en peligro de derrumbe: la economía, la política, la familia y los valores. La única aspiración que nos queda, según ese discurso, parece ser la inmovilidad y la resignación mientras esperamos que las cifras de crecimiento se incrementen. Nos proponen que la única fórmula para progresar es atender al temor, como si la vía para prosperar pasara por condenar la crítica y acatar órdenes divinas.

El plebiscito de octubre de 1988 marcó el final de la infancia de mi generación. Fue un acontecimiento político, pero para mis cercanos y coetáneos, también fue un hito emocional. Ese país que a mí me tocó vivir ya casi no existe, aunque en algunos ambientes parece haber sobrevivido intacto, conservado al vacío: usan los mismos referentes, acunan las mismas pesadillas.

Mientras escribo este párrafo veo una encuesta internacional que preguntaba a los ciudadanos de distintas naciones si pensaban actualmente que su país estaba mejor que hace 50 años. Los chilenos fueron los únicos latinoamericanos que respondieron afirmativamente. La mayoría piensa que estamos mejor, la mayoría es capaz de darse unos segundos y ver en su propia historia –la familiar, la de sus cercanos- un progreso. Para llegar a eso hubo cambios, transformaciones, el voto de gente que no creyó que los rusos venían por nosotros.

Sin embargo, frente a toda esa evidencia, hay quienes en lugar de proponer un horizonte, lo que proponen son objeciones, siembran la alarma sobre cualquier aspiración nueva, pronostican un caos inminente que sólo se puede atisbar desde el lugar que ellos habitan: un sitio apartado de la vida de los comunes y corrientes.

Con la mayoría sólo parecen saber relacionarse en el lenguaje del miedo; convidarlos a recordar las asperezas de la UP y escuchar con espanto los discursos de Maduro para así cultivar el terror, como si en eso consistiera su propuesta política, como si el futuro dependiera de ciertas dosis de susto que se inoculan cada tanto.

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