El teatro político chileno vuelve a escena

Después de 30 años, se reestrena Tres Marías y una Rosa, hito del teatro social y que estuvo 15 meses en cartelera.

Es el año 1979 y cuatro mujeres suben a escena en el Teatro El Angel. María Ester (Loreto Valenzuela) sufre porque su marido machista la maltrata y sólo piensa en vestirse a lo Travolta para engañarla con otras. María Luisa (Miriam Palacios) es parlanchina y con verborrea cuenta que su hombre fue a probar suerte a Argentina, pero no le manda un peso. Rosita (Soledad Alonso), la más joven de todas, espera su tercer hijo y acaba de integrarse al grupo ante el miedo de no tener qué dar de comer a su familia. Las tres trabajan en la casa de Maruja (Luz Jiménez) haciendo arpilleras, donde recrean sus propias vivencias en una población de Santiago para sustentar a sus hijos y dejar atrás la cesantía y la marginalidad.

Esa noche se estrenaba Tres Marías y una Rosa. La obra ponía en escena problemas sociales del país y se presentó por 15 meses con entradas agotadas con semanas de anticipación en Santiago. También se exhibió en el resto del país y el extranjero, en gira por EEUU, Inglaterra, Alemania, Francia, Canadá y Venezuela. Era teatro político y contingente. El objetivo era retratar una problemática que asolaba a los más pobres y que el resto parecía mirar de reojo. Una semana después del estreno, el elenco de Tres Marías y una Rosa también sufrió intentos de censura. La obra resultó un alegato lleno de resonancias que no pasaría inadvertido.

El incidente lo cuentan ahora sus protagonistas. “Vivimos amenazas como todos los actores en dictadura y tuvimos que ir a declarar al Ministerio de Defensa”, recuerda el director Raúl Osorio. “La obra iba a ser castigada por tocar temas de la realidad. Al revés de lo que el diario La Segunda decía, que fue lo que motivó que me llamaran del Ministerio, Tres Marías y una Rosa no incitaba a la lucha de clases o a la revolución bolchevique, que eran las palabras del diario. La obra hablaba de un grupo de mujeres con maridos cesantes que habían tenido que crear una fuerza y una energía de sobrevivencia y resurrección para sobreponerse y ganarse el pan. Era una realidad que no aparecía en los diarios y que por otro lado nos debía enorgullecer como país. Eso es lo que tuve que ir a aclarar al Ministerio de Defensa”. Después del citatorio, militares vestidos de civil fueron a ver la obra y, como no encontraron nada censurable, siguió en cartelera.

Algo impensado también le ocurrió al dramaturgo de la pieza, David Benavente, autor de Pedro, Juan y Diego, del Ictus. Tras el éxito de Tres Marías y una Rosa llegó a sus manos un memorándum donde la CNI entregaba instrucciones a seguir sobre el teatro crítico de la época. “El documento opinaba sobre este movimiento de teatro popular. Decían que algunos reclamaban que se tomaran medidas para acallarlo, pero advertían que esas medidas tenían un costo. Si se prohibía una obra surgiría un apoyo internacional y contra el régimen chileno. Proponían que lo recomendable era fomentar otro tipo de teatro más nacionalista para contrarrestarlo”, señala Benavente.

EL REVIVAL DEL TEATRO DE LOS 70
A 30 años del estreno, Tres Marías y una Rosa se remontará durante el segundo semestre en el Teatro Nacional, con un nuevo elenco encabezado por la actriz Blanca Mayol y a cargo del director original, Raúl Osorio.

Al releer el texto, Osorio no deja de sorprenderse. No envejece ni pierde vigencia. “A las funciones el público asistía, masivamente, público de derecha y de izquierda, por igual. Los asistentes agradecían el ver una historia sobre personas que lograban sobrevivir a una crisis. Por eso creo que la obra tiene un valor al ser montada hoy. Muchos de esos problemas de los 70 no se han solucionado. La crisis de la salud, la educación o la cesnatía siguen existiendo”, apunta el director.

El montaje fue fruto del trabajo de observación en terreno de las actrices por casi un año. Experimentando con algunas técnicas periodísticas, entrevistaban a mujeres arpilleras desconocidas y anónimas. Tenían material de sobra. Era cosa de empezar a hablar con la gente y en medio de las conversaciones surgían sin inhibición conmovedores testimonios de pobreza, miedo y frustración, en el plano social y también sexual, descontento político y violencia intrafamiliar. Eran las postrimerías de los  años 70 y la intención de las actrices era mostrar a los segmentos populares de la sociedad alejándose de los clichés y los estereotipos.

“La obra encarna una parte de la historia reciente de este país y tiene un valor histórico”, dice Osorio. “Fue un proyecto del Taller de Investigación Teatral (TIT) con el dramaturgo David Benavente, realizado en la Vicaría de la Solidaridad con sus bolsas de cesantes, entre las que estaban las arpilleristas. La Vicaría había creado una oficina donde iba la gente cesante a inscribirse y decía qué profesión tenía para luego encontrar trabajo. Incluso, payasos. De ahí surgió Los payasos de las esperanza, una obra hermana de Tres Marías y una Rosa, donde se usó el mismo método de trabajo antropológico. Los actores rescatan el comportamiento físico, el lenguaje, los sueños, las fantasías, los deseos y los dolores de los pobladores de esa época con mucha precisión”.

Luego del reestreno de la obra de Benavente, en el mismo escenario se exhibirá Te llamabas Rosicler (1977), de Luis Rivano. Finalmente, una nueva versión de Los Payasos de la esperanza (1977) se presentará en enero próximo en un proyecto del Festival Santiago a Mil y Mauricio Pesutic, uno de los protagonistas originales.

Para Osorio estas tres obras son un ejemplo del mejor teatro social chileno, lo que no significa que sea panfletario o partidista: “Son clásicos recientes y obras populares, que son transversales y llegan a todo tipo de público”. 

Hace 30 años, en otros tiempos y otras circunstancias, desde las tablas se promovían causas y movimientos sociales. Hoy el teatro político está prácticamente muerto y son pocos los dramaturgos y grupos que persisten en hacer visibles realidades que no todos quieren ver. Algunas de estas obras recientes, valoradas por la crítica y apreciadas por gran cantidad de público, han hablado sobre la revolución pingüina (Clase, de Guillermo Calderón, 2008); las críticas al modelo económico (Mano de obra, de Alfredo Castro, 2003); la cuestionada idea de la reconciliación nacional (Sin sangre, del Teatro Cinema, 2007) o los casos de violaciones a los derechos humanos (Cuerpo, de Rodrigo Pérez, 2005).

“También Juan Radrigán sigue escribiendo y Marco Antonio de la Parra prepara una obra que abarca la historia de Chile entre dos suicidios, el de Balmaceda y el de Allende. Se llama La historia de los pobres muertos contada con el permiso de los ricos vivos y podría montarse en 2010 en el Teatro Nacional”, adelanta Raúl Osorio.

Para el director, “en Chile hay nuevos dramaturgos, pero no se han posicionado en esos temas. Me pregunto si eso tiene que ver con que las nuevas generaciones no tienen conexión con los verdaderos problemas del país. No porque se quiera hablar de los problemas directamente, sino para hablar de los protagonistas que están involucrados en esas situaciones de vida que surgen en la construcción de una sociedad y un país”.

LO QUE DIJO LA CRITICA EN LOS AÑOS 70
“Tres Marías y una Rosa continúa por una senda renovadora del teatro chileno que ha nacido como respuesta a la opresión cultural y al medio silenciado. Su teatro fresco, antidiscursivo, realista, pero lleno de imágenes… rescata desde la profundidad el tesón de estas mujeres. La sobresaliente actuación de las actrices y la dirección de Raúl Osorio constituyen la instancia inseparable para conseguir una sólida e interesante obra chilena… En Pedro, Juan y Diego, Los payasos de la esperanza, del TIT, El último tren, del grupo Imagen, ¿Cuántos años tiene un día?, de Ictus, Testimonios sobre las muertes de Sabina, de Juan Radrigán, se observa que uno de los temas esenciales es la pérdida del trabajo. Pero eso no sólo significa una desesperación económica sino sobre todo, un desarraigo cultural y una ruptura de la personalidad. Igualmente en Tres Marías y una Rosa el trabajo da sentido a sus vidas y se convierte en el depositario de sus aspiraciones y visión de mundo”.
Juan Andrés Piña. Revista Mensaje. 1979.

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