Columna de Ascanio Cavallo: La picazón del séptimo año

Presidente Piñera anuncia extensión del pago del Ingreso Familiar de Emergencia y bono Covid



El segundo gobierno de Sebastián Piñera se acerca a cumplir su tercer año. Desde luego, es demasiado temprano para hacer balances, pero no para ejercicios anuales. Para el Presidente, este será su séptimo cumpleaños en La Moneda, lo que incita a preguntarse si, de retroceder en el tiempo, volvería a postularse. Váyase a saber si lo hizo por competir con Michelle Bachelet, el resto de la derecha, la historia o con un dios secreto, lo cierto es que al terminar su primer gobierno se ocupó, igual que Bachelet, de que no creciera ninguna sombra en sus alrededores. Entre los dos han ocupado el gobierno en el tiempo en el que un recién nacido se convierte en adolescente. Parece improbable que la historia recuerde con admiración estas cambiaditas.

Y aun antes de eso, la experiencia de estos 16 años puede decirle algo a la convención constituyente. Una reelección discontinua ha mostrado que el apetito por el gobierno permanece indefinidamente abierto, mientras que una continua, como la de Estados Unidos, parece saciarlo con mayor eficacia. El presidencialismo también está herido en el ala, porque hasta una ínfima mayoría, o alguna chaqueta vuelta, como le pasó a la Presidenta, basta para ladrarle en su cara. Y queda, además, el problema del tino político; por ejemplo, en las aventuras de política exterior, Cúcuta o La Habana, por decir algo.

Piñera perdió el gobierno en la tarde del 18 de octubre del 2019, apenas un año y medio después de asumir. Su proyecto no había despegado, en parte por el mal desempeño de la economía, y en parte porque repitió en su gabinete equivocaciones similares a las de su primera administración. ¿Error central? Designar a personas con un fuerte desbalance entre la fortuna y el talento. Con todo, estaba seguro de que tendría un excelente segundo año cuando le cayó la insurrección encima.

Se discutirá por años si estuvo o no a punto de ser derrocado. Pero eso es lo que cree parte de la oposición y en especial la izquierda más vehemente. (Dicho de paso, de demostrarse errónea, esa creencia puede ser la fuente de las desdichas que viva la izquierda de aquí en más).

No desalojó La Moneda, pero se quedó sin proyecto y sin segundo gobierno. Nunca más ha tenido un ministro del Interior. Toda la conducción política ha quedado en sus manos, desprovista del tipo de fortificación que proveía Andrés Chadwick. Y tampoco ha tenido uno de Hacienda, salvo los bomberos que entraron al incendio, sin espacio para las ideas. Hay que tener cuidado con atribuirle estos fenómenos únicamente al gobierno de Piñera, porque la rotación de los ministros principales empezó con el segundo gobierno de Bachelet. Bien puede ser un signo de los tiempos.

La diferencia es que a Piñera le desfondó el proyecto la emergencia sorpresiva de un país desconocido, que en verdad era sorpresivo y desconocido para todos. Sólo que todos pueden pretender que sí lo sabían, excepto quien ocupa el Palacio. La sorpresa recién empezará a ser dilucidada a partir del 11 de abril. Antes de eso, hasta las tesis más inteligentes son provisorias y especulativas. Pero las vacilaciones con que el gobierno enfrentó el 18-O definirán su recuerdo, y nunca se sabrá cuánto habría durado sin la irrupción del Covid-19. Este ha sido el raro caso de una catástrofe con cara de tregua y de oportunidad: un séptimo año para reflexionar.

El país está más polarizado que cuando el Presidente asumió el poder. Los amortiguadores tradicionales de la lucha política -las clases medias, la tecnocracia, la Iglesia- han sido atacados por todos los flancos y todos los sectores. El más importante, el centrismo, se ejerce poco o pidiendo disculpas. La sociedad parece enfrentada entre modelos sin ninguna compatibilidad, ideas que se repelen, discursos que se anulan. Las elecciones dirán cuál es la verdad de este fenómeno. En el 2020 se ejerció en la forma de hiperparlamentarismo. Claro que no es razonable culpar a la oposición, sino más bien al inusitado desorden de Chile Vamos, ese sálvese quien pueda que desnudó la sustancia intelectual de muchos de sus líderes.

Por el otro lado, Piñera también ha sido el esmeril donde ha perdido su filo aparente el intenso moralismo revolucionario que se venía acunando desde los años de Bachelet. Sin que nadie lo diseñara, la fiereza de estos tres años puso a prueba la singladura y la reciedumbre de las escobas que, como las de Ibáñez hace siete décadas, venían a limpiar la política de las más sucias suciedades. Para los que no se han enterado, el del general Ibáñez fue de los gobiernos más malitos del siglo XX.

El año que le queda a Piñera será breve, casi fugaz. Se lo devorará la sucesión de elecciones y ya en noviembre quedará fuera de las noticias con la elección de otra persona en la jefatura del Estado. Quizás sea un consuelo saber que esa persona, a semanas de sentarse en La Moneda, tendrá que jurar una nueva Constitución.

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