Columna de Héctor Soto: Bajo la niebla de la incertidumbre

29 Abril 2020 S.E. el Presidente de la República, Sebastián Piñera, acompañado por los ministros del Trabajo, María José Zaldívar, y de Hacienda, Ignacio Briones, presento en la Moneda el proyecto de ley que crea un seguro de protección de ingresos para trabajadores independiente, por pandemia Coronavirus Covid 19. Foto : Andres Perez



Lo ocurrido esta semana en la Convención Constitucional, donde distintos candidatos a presidir la mesa se cabecearon una y otra vez en un frenesí electoral que la ciudadanía nunca entendió, se explica principalmente en función de dos factores. El primero apunta al lamentable vacío que dejó la saliente mesa de Loncón y Bassa, atendido que las sucesivas votaciones demostraron que la fragmentación que la Convención tuvo en sus inicios no hizo otra cosa que agravarse durante la gestión de ambos. Si alguien pudo pensar que durante estos meses por lo menos se habían construido algunos puentes de confianza, el espectáculo del martes pasado fue concluyente: esto se parece mucho más a la bolsa de gatos que temió hace ya meses Pepe Mujica, cuando entregó su lapidario diagnóstico, que a una instancia racional y contenida de deliberación. Si toda esta zalagarda se produjo porque la Convención tenía que adoptar una decisión por simple mayoría, mejor ni pensar lo que ocurrirá cuando los convencionales tengan que ponerse de acuerdo por dos tercios, que es el quórum exigido para acordar el texto constitucional. Que los dioses nos acompañen.

El otro factor es la completa ausencia de liderazgo del presidente electo dentro de su coalición. Es cierto que lo que ocurra o deje de ocurrir dentro de la Convención no incumbe en absoluto al futuro gobierno. Son cuerdas totalmente separadas. Pero es imposible no correlacionar en el plano político las equívocas señales de gobernabilidad que entrega una coalición que en la Convención figura agarrada de las mechas y que en el gobierno debería estar aprestándose para trabajar codo a codo y en perfecta sincronización. La ciudadanía, por supuesto, no entiende ni va a entender estas divergencias. En esto no hay vueltas: o el Frente Amplio y el PC, más allá de sus respectivas singularidades, tienen un proyecto político conjunto para los próximos años, que es lo que se supone que negociaron al constituir la coalición Apruebo Dignidad, o esas divergencias son un anticipo del desorden que veremos en el rodaje del futuro gobierno.

En un momento en que la niebla de la incertidumbre se vuelve cada vez más densa, obviamente el reordenamiento del mapa político en función del triunfo de Gabriel Boric debería facilitar la transición. Pero como no hay liderazgo ordenador ni en la Convención ni en los estertores de actividad que cumple la oposición en la actual legislatura -la peor, a todas luces, con su parlamentarismo de facto, que el país haya tenido en décadas- se han incubado y seguirán incubándose distorsiones legales, económicas, políticas y tributarias que, por supuesto, le van a pasar la cuenta al nuevo gobierno. Como quedó instalado durante la discusión del proyecto de PGU, la idea de los parlamentarios opositores es seguir haciendo polvo a Piñera y su administración hasta donde sea posible. Lo que no saben, sin embargo, porque difícilmente saben sumar dos más dos, es que también perjudicarán a Boric y sus planes de gobierno. Ocurre siempre: una vez que los espíritus animales se salen de control para lo malo, y a esto es lo que jugó la actual oposición desde el día uno del actual gobierno, es muy difícil después volver a disciplinarlos para lo bueno.

Es positivo, al menos, que se esté instalando un clima de mayor sensatez y racionalidad en la discusión pública después de un largo ciclo de satanización no solo de los acuerdos, sino incluso del hecho de conversar con quienes piensan diferente. Todo indica que lo que valía en el discurso opositor tendrá énfasis, tonos, matices y alcances muy distintos en el discurso de gobierno. Para decirlo en simple, al parecer comienza a desdibujarse la posibilidad de que el gobierno de Boric meta al país en una camisa de fuerza para librarlo -se supone- del neoliberalismo explotador y de la conspiración de las élites que han mantenido sometido al pueblo. Es claro que estas patrañas se están desvaneciendo. Pero no hay duda de que el nuevo gobierno enfrentará de todos modos la presión de una izquierda ultrista, a cuyas demandas, al menos hasta la semana antepasada, el eje Apruebo Dignidad le prestaba épica, apoyo logístico y una enorme caja de resonancia.

Mientras tanto, el gobierno actual se enfrenta contra el tiempo a la que debería ser la última página de su gestión, con el proyecto de Pensión Garantizada Universal. A La Moneda le interesa sacar la iniciativa a como dé lugar este mes, y es una expectativa atendible luego de que el Congreso le bloqueara por años la reforma de las pensiones. Tampoco, sin embargo, corresponde perder el sentido de las proporciones por la pura compulsión del legado, más aún cuando la actual administración ya lo tiene en el manejo de la pandemia y es bien contundente. Por mucho que la ciudadanía le haya regateado al Presidente un efectivo reconocimiento de lo bien que se hicieron las cosas en ese plano, lo cierto es que el trabajo realizado está entre las políticas públicas más responsables y oportunas que el país jamás haya visto. Esta dimensión del gobierno de Piñera, con la debida distancia y serenidad, debería fortalecerse con el tiempo, porque es más de lo que se esperaba y bastante mejor de lo que muchos expertos anunciaban. El resto es cuento.

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbase aquí.