Columna de Héctor Soto: Celos



LOS DEMONIOS. Aunque según Sartre “el infierno son los otros”, esta podría ser solo la mitad de la verdad. La otra mitad es que con frecuencia el infierno somos nosotros mismos. Una película antigua de Claude Chabrol (antigua, pero del año 94 nomás), que se titula precisamente El infierno y que Mubi destacó en su catálogo hace poco, describe la patología de un celópata que, pocos años después de casarse, comienza a generar sospechas recurrentes respecto de la fidelidad en su mujer. Al comienzo, por una mala mezcla de machismo inconsciente y sentido común y que la cinta aprovecha como insumo con un poco de mala fe, el espectador tiende a mirar su obsesión con alguna indulgencia, porque su mujer es demasiado bonita, demasiado atractiva y demasiado relajada en su relación con los demás. La verdad es que pocas veces una actriz se vio más demoledora en su belleza que Emmanuelle Béart en estas imágenes. Después de todo, como alguna vez planteó Ricardo Capponi, tal como en el liderazgo político, en el amor también se necesita un mínimo radar para detectar las amenazas. Es lógico y eso está entre los resguardos de la gente normal. El problema es que aquí el protagonista es un paranoico sin vuelta. Por lo mismo, muy pronto la primera impresión se disipa y aparece el sujeto enfermo que, de seguir así, va a terminar muy mal. Los celos son un arrebato de temer; no solo se retroalimentan y desenganchan de la realidad; también comportan montañas de dolor tanto para quien los padece como para quien, desde una perspectiva mórbida, los motiva. El personaje central está al frente de un pequeño hotel en la campiña del sur de Francia, en Saint-Ferréol, que se llena en verano, cuando el sol incendia los días, todo el mundo lleva menos ropa y la piel joven se vuelve explosiva. El personaje parte imponiéndole a su mujer restricciones y vetos a contactos, a lugares, a conductas. No conforme con eso, le impondrá luego reclusiones. Pero ni aun encerrándola y amarrándola se conforma. Para entonces sus percepciones ya están del todo desquiciadas. De nada valen los testimonios de cariño de ella. Tampoco los intermitentes regresos suyos al sentido común, que dice quererla mucho. El problema es que la quiere mal, muy mal. Y eso detonará una tragedia. La película es de un fatalismo irrecusable y funciona como una bomba de tiempo. Chabrol sabe ser perverso con sus personajes, llevándolos a sus propios límites. Es cierto que no todo ese mérito es suyo, porque el guion original fue escrito por Henri-Georges Clouzot (Las diabólicas, El salario del miedo), uno de los íconos del cinéma de qualité francés, en contra del cual Chabrol y sus compinches de la nouvelle vague se habían levantado en armas 30 años antes. Clouzot no la pudo filmar por un inconveniente tras otro y murió cuando intentaba sacar adelante el proyecto. Su prestigio para entonces ya estaba muy lastimado por la arremetida de la nueva generación. Las rebeliones juveniles corresponden a una ley de la vida. En algún sentido, El infierno restablece una suerte de armisticio. Porque no todo lo de antes era basura y no todo lo nuevo se sostuvo con el tiempo. Quizás esta película, entre atenazada e hiriente, junta lo mejor de uno y otro cine en la misma inspiración.

ANTIGUA MALDICIÓN. El cine ha tocado mil veces este tema y, sin ir más lejos, es el que desarrolló Buñuel cuando filmó Él, una de sus mejores películas de su época mexicana, historia de un hombre conservador que después de enamorar a la novia de quien se suponía que era su amigo, se casa con ella para internarse luego en un bosque de celos que lo llevará a la locura. Con el perdón del maestro aragonés, sin embargo, y aun con menos pólvora subversiva, esta cinta de Chabrol puede ser mejor. El tema de los celos, en cualquier caso, es parte del legado maldito de la humanidad. Está en varias tragedias griegas y en expresiones culturales que son canónicas. Del Otelo de Shakespeare a la ópera Carmen (P. Mérimée y Georges Bizet), de Cumbres borrascosas (E. Bronte) a ese verdadero tratado del amor herido que es la historia de Swann en el primer tomo de En busca del tiempo perdido, de Proust. Agregue después los títulos que quiera: Servidumbre humana (S. Maugham), The end of the affair (G. Greene), El túnel (E. Sábato), Celos (C. Millet)…

PODER. El escritor sueco Jo Nesbo, quien ha escrito más de alguna novela policial efectiva, publicó también varios cuentos en El hombre celoso. Aunque la especialidad suya son las historias policiales, estos relatos no están mal. Lo más interesante, quizás, es que el novelista correlaciona los celos con el poder. Es una dimensión interesante. Junto con revelar una ridícula inseguridad, los celos siempre remiten a una cuestión de dominio y sumisión. Vaya uno a saber si acaso esta variable no está presente en buena parte de los desafueros de la política mundial de los últimos años. Si así fuere, para explicarlos, no sería necesario interpelar tanto a Marx, Weber, Habermas o Fukuyama. Bastaría con volver a leer al viejo Freud.

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