Columna de Max Colodro: Dilemas presidenciales



Por Max Colodro, filósofo y analista político

El resultado del plebiscito es el horizonte inevitable para todas las decisiones que el gobierno debe afrontar en las próximas semanas. En rigor, nada de lo que haga o deje de hacer será evaluado al margen del esfuerzo por incidir en la contienda del 4 de septiembre; un escenario que las encuestas muestran hoy cada vez más cuesta arriba para el Apruebo, y que, por tanto, genera una creciente ansiedad en el oficialismo.

Frente al avance del Rechazo, Gabriel Boric ha iniciado una jugada riesgosa: separar el destino de la Convención de la viabilidad política de su gobierno, algo hasta hace poco impensable, pues siempre se entendió que ambas dimensiones eran las dos caras de un mismo proceso. Pero la caída del Apruebo ha forzado a tomar distancia, a desmontar la idea de que la factibilidad de su programa de gobierno está condicionada por un triunfo de dicha opción. No son pocos los que ven este paso como contraproducente, ya que al tomar una posición cada vez más neutral, lo que se estaría transparentando es el temor a una derrota, algo que el gobierno no quiere, pero que ya habría empezado a considerar en la proyección de sus escenarios futuros.

En paralelo, la autoridad tiene también otras encrucijadas. Entre ellas, la decisión de recurrir a ayudas fiscales para aliviar los efectos de la espiral inflacionaria. Hasta ahora, el Presidente Boric ha resistido las presiones y ha descartado tanto el retorno del IFE, como la posibilidad de un nuevo retiro de fondos previsionales. Y si bien no se ha cerrado a ayudas menores y focalizadas, su voluntad de mantenerse en los marcos de la responsabilidad fiscal está generando una creciente tensión con sectores oficialistas, que ven en la negativa a gastar más un factor clave del deterioro político actual.

Por último, el Presidente Boric enfrenta también presiones para hacer un cambio de gabinete antes del plebiscito, con la idea de enfrentar el alza del Rechazo con un equipo renovado, sin los déficits de conducción política observados desde marzo. Pero no es un asunto fácil. Los principales problemas del gabinete están en el comité político, en especial, en Interior y la Secretaría General de la Presidencia. Por tanto, mover solo a ministros sectoriales no resolverá los nudos decisivos, pudiendo ser incluso una señal negativa hacia los partidos. Y empezar a los tres meses a desmontar el círculo de confianza del Presidente sería un golpe muy duro, que debilitaría su autoridad y al gobierno en su conjunto. A su vez, no hacer nada es seguir apostando por un equipo y un estilo de gestión que claramente no están dando resultados.

En fin, son dilemas y decisiones difíciles, con oportunidades y riesgos, que confirman una realidad indesmentible: el derrotero del Apruebo está de alguna manera atado a lo que el gobierno haga o deje de hacer en los próximos 60 días. Y en caso de una derrota, la factura que un sector del oficialismo le va a pasar al Presidente y a La Moneda, va a ser simplemente enorme.

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