Columna de Max Colodro: Profesores marcados

Foto: Patricio Fuentes.


En las puertas de la facultad, un grupo de estudiantes controla el acceso no solo de sus pares sino también de los profesores, que solo pueden llegar a sus oficinas y a sus cátedras luego de ser marcados en una de sus manos. No, no estamos hablando de la Alemania de Hitler o la Rusia de Stalin, sino de la Universidad de Chile en 2024; una realidad insólita que aparentemente ni profesores, ni el resto de los alumnos puede impedir. Tampoco las autoridades universitarias.

Volvimos de súbito a la lógica del estallido o, más bien, al país inaugurado por el propio movimiento estudiantil en 2011: si una causa nos parece justa -cualquiera que sea- el fin justifica los medios. En este caso, una minoría ínfima de estudiantes se siente con el derecho de tomarse un recinto universitario, sin importarle la opinión al respecto de los demás alumnos ni, menos, su derecho a seguir asistiendo a clases. Pero ahora, además, se “marca” a los profesores como una señal de control político y de indigna sumisión.

Lo vergonzoso es que, nuevamente, esta violencia impúdica hace de las suyas sin que nadie tenga la valentía o la capacidad de impedirla. Otra vez, el silencio cómplice, la impresentable “comprensión” de una supuesta causa noble trastocada por formas impropias. Pero no es cierto: aquí no hay ninguna demanda o causa noble, como no la hay nunca cuando en democracia se recurre al expediente de la violencia, más todavía en una universidad, que se supone es el espacio del diálogo y del disenso en base a razones.

Profesores “marcados”: los estudiantes que efectúan dicho ritual debieran tener al menos la gentileza de explicarle al resto del país cuál es el criterio, qué académicos son a los que ahora se deja entrar a la Universidad de Chile y a cuáles no. Así, al menos, podremos saber a qué atenernos si el día de mañana estos estudiantes llegan a tener el poder para extender sus dominios a otros ámbitos. Hoy ya sabemos que ellos controlan los accesos a sus campus y salas de clases. Deciden que sus compañeros no pueden seguir aprendiendo sin su venia y qué profesores están autorizados a ejercer la docencia.

Hay un solo nombre para todo esto: Fascismo. El de ayer, el de hoy y el de siempre. De izquierda o de derecha. En rigor, apenas una minoría fanática alentada por el silencio o la complicidad de otros, que los amparan o al menos los justifican. Porque son jóvenes, se dice, o porque tienen “ideales”, o porque simpatizamos con sus demandas, o porque su violencia sirve para debilitar al gobierno de nuestros adversarios. En los últimos años, ¿cuántas veces hemos sido testigos de lo mismo? ¿Dónde terminaron los “liceos emblemáticos”? ¿Dónde están hoy día los que alentaron, justificaron o guardaron silencio? Y ahora, ¿dónde están cuando la Universidad de Chile pasa a ser una institución con profesores marcados?

La respuesta la sabemos; están donde mismo, donde siempre han estado: justificando, comprendiendo, dialogando o, simplemente, guardando silencio.

Por Max Colodro, filósofo y analista político

Comenta

Los comentarios en esta sección son exclusivos para suscriptores. Suscríbete aquí.