Columna de Oscar Contardo: La leña y el fuego



La crisis climática es un reloj de tic tac imposible de ignorar.

Hace dos años, antes de que fuera octubre de 2019, Greta Thunberg navegaba rumbo a Chile. La adolescente sueca asistiría a la COP25 que se inauguraba en diciembre en Santiago. El cambio climático era ya una realidad concreta. El mes de julio de ese año había sido el más caluroso del planeta desde que se tenía registro. A nivel nacional, la porción del territorio entre La Ligua y Temuco cumplía 10 años de escasez de lluvia. El desierto avanzaba hacia el sur, era un hecho, sin embargo, por alguna razón, el foco de atención para distinguidas personalidades locales no era ese, sino la figura de Thunberg: la describían como un títere del progresismo, ocupaban sus tribunas en los medios para analizar su semblante o indagar en su historia familiar para desacreditarla. Mientras toda la atención estaba en una joven activista, Mike Pompeo, secretario de Estado del gobierno de Trump, declaraba que el futuro derretimiento del ártico era una oportunidad para el comercio mundial, porque abriría nuevas vías de tránsito para los barcos. Lo decía con aplomo, sin embargo, el problema era Thunberg y no Pompeo, tal vez porque la idea de desarrollo que suponían las declaraciones del secretario de Estado norteamericano prometían mayor crecimiento económico. Era la forma apropiada de ver las cosas. Aunque parte importante de nuestro país se estuviera convirtiendo en una costra reseca y yerma, la única reacción por parte del gobierno frente a la sequía fue una campaña que incentivaba a la opinión pública a tomar duchas breves. El problema era de hábitos individuales, parecía ser el mensaje, no se trataba de firmar acuerdos internacionales como el de Escazú.

Llegó octubre, el mes en que la historia puso a Chile en una curva. Greta Thunberg dio media vuelta en su travesía y la COP25 se trasladó a Madrid, pero bajo organización nacional. El resultado de aquella cumbre climática liderada por el gobierno de Chile fue, según los expertos extranjeros, desastroso.

Esta semana fue difundido el informe del Panel Intergubernamental sobre el Cambio Climático. Sus conclusiones son sombrías y estuvieron acompañadas por los efectos de una nueva ola de calor en el hemisferio norte. Los incendios en el sur de Europa y California -con un clima similar al del Valle Central- y el derretimiento de los hielos polares continuará, el calentamiento es irreversible y nuestro país está entre las zonas más afectadas por la falta de agua: hoy, en pleno invierno, en Chile hay 104 comunas con decretos de escasez hídrica, lo que representa el 30 por ciento del total de las comunas. Sin embargo, para muchos, el verdadero problema era la mirada “extremista” de Greta Thunberg.

¿Cómo fue que la moderación se transformó para algunos en sinónimo de fobia a la crítica y al cambio? Hay un sector, pequeño pero poderoso, cuyo mecanismo de respuesta preferido para enfrentar los desafíos sociales y ambientales ha sido la negación de los hechos conflictivos y la descalificación de quien los exponga. Consideran que en eso consiste ser políticamente moderado o de centro y han hecho de esa actitud, muy parecida a la negligencia, un culto. Diez años tomó que el proyecto que reforma el Código de Aguas pasara al siguiente trámite en el Congreso. Una década de atraso para enfrentar los acontecimientos que vienen anunciándose desde hace muchísimo tiempo. La veneración a esa manera de entender la política se parece mucho a una parálisis, o más bien a un sometimiento obsecuente a los intereses de corto plazo de un puñado de personas que se siente inmune a la crisis climática en curso.

En la misma semana en que el mundo enfrentó un informe que anuncia una catástrofe en cámara lenta si no se toman decisiones políticas que reduzcan el impacto de la población humana en el planeta, la institucionalidad local aprobó un proyecto de minería que devastará otra área más de un territorio sembrado de zonas de sacrificio. El argumento para su aprobación es que el proyecto Dominga aportará al crecimiento regional y será fuente de trabajo para los habitantes de la comuna en donde se establecerá. Un modelo económico que permanentemente sitúa a la población más pobre entre la espada y la pared para lograr prosperidad es un modelo que está viciado en algún punto. Una élite empresarial para la que un país es poco más que un coto privado de extracción intensiva es una élite a la que no le interesa el desarrollo, sino sólo ganar el máximo posible de dinero en el menor tiempo y sin correr riesgo alguno. Un sector político con tan pocas ideas, que es capaz de hacer estallar el futuro con tal de mantener sus posiciones de poder, no está pensando en el bien común, mucho menos en el largo plazo: sólo busca detener con desesperación un proceso que su propia mezquindad acabó acelerando de la peor forma, arrojando siempre un poco más de leña a un fuego del que nadie podrá escapar.

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