Columna de Pablo Ortúzar: Crisis social y títulos universitarios



El debate respecto de la sobreoferta de credenciales académicas y la inflación de títulos, al que traté de contribuir con mi libro Sueños de cartón, sigue creciendo en el espacio público, con más académicos ofreciendo sus puntos de vista. A los economistas Harald Beyer y Bernardo Lara, de la UAI, que apuntaron al hecho de que el retorno promedio del titulado promedio sigue siendo positivo, se sumaron esta semana la profesora Loreto Cox, de la UC, y el Núcleo Milenio LM2C2, dirigido por Felipe Balmaceda, de la UAB.

En el caso de Cox, ella publica una columna en El Mercurio titulada “Educación superior masiva”, además de participar en el programa Rat Pack, de T13 radio. En ambos espacios aporta datos interesantes que confirman la idea de que la masificación ha producido una devaluación relativa de ciertos títulos, además de importantes niveles de defraudación de expectativas. Cox acaba de publicar los resultados de su tesis doctoral (MIT) en el American Journal of Political Science y el artículo “Great expectations: The effect of unmet labor market expectations after higher education on ideology”.

En el caso del Núcleo Milenio LM2C2, ellos publicaron una serie de gráficos bajo el título “Respecto de la discusión reciente sobre el valor del título universitario en Chile”, mostrando que las generaciones más recientes (post 1985) muestran “una mayor proporción de personas con educación superior en los deciles inferiores de ingresos”.

Tanto Cox como LM2C2 destacan que los retornos promedio por estudiar siguen siendo positivos, pero me parece que sus propios datos reafirman que la discusión respecto de las consecuencias sociales y políticas de la masificación acelerada de la educación superior vía CAE y gratuidad, y en particular de la universidad, no puede sostenerse en promedios. Esto, porque los promedios justamente no distinguen entre los “herederos” y los “recién llegados” a los títulos profesionales, cuando lo que es necesario entender es la dinámica de integración y los retornos de aquellos que logran acceder a la educación superior por primera vez, en general con muy mala formación de base, y no el promedio entre estos y aquellos para los cuales la reproducción universitaria de su posición social era algo dado. En otras palabras, sirve muy poco para entender el fenómeno en discusión sumergir la distribución de clase de los retornos por estudiar en promedios generales.

En particular, el aporte de la investigación doctoral de Cox es enorme: muestra que la frustración de expectativas universitarias produce izquierdización entre los frustrados. Esto confirma los datos cualitativos aportados por el sociólogo Manuel Canales poco después del estallido social (ver entrevista de Daniel Hopenhayn a Manuel Canales en La Tercera el 29-08-20), que apuntaban a un giro en la atribución del fracaso profesional en estudiantes de clase trabajadora desde el plano individual (fracasar por culpa de uno mismo) al plano estructural (el sistema está organizado en nuestra contra). En cuanto al origen de las expectativas defraudadas, los datos aportados por Balmaceda et al. son elocuentes: la distribución entre los quintiles de ingresos de aquellos con un título cambia drásticamente entre los nacidos en 1980 y los nacidos en 1990. Entre estos últimos hay muchos más titulados entre los sectores de menores ingresos, mientras que casi la totalidad de los primeros se ubicaba en los tramos de mayores ingresos. El nacido desde 1990 en adelante que entra a la universidad con expectativas de 1980 (el efecto de “histéresis” planteado por Bourdieu) se verá muy probablemente defraudado.

Pero los gráficos de LM2C2 muestran algo más: que la cúspide de los retornos profesionales se achata y se aplana para los nacidos desde 1990 en adelante. Hay más personas en la cumbre, que ahora es más baja y cubre una mayor dispersión de ingresos, y la disputa por los mejores lugares en ella debería tender a ser más agresiva. Esto confirmaría el punto turchiniano de la sobreproducción de élites.

En suma, esta es una discusión que está lejos de terminar y respecto de la cual los economistas ya no pueden reclamar un monopolio, dada la naturaleza de las preguntas sobre la mesa.

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