Columna de Pablo Ortúzar: Una sana resignación



Casi todo el mundo se pregunta hoy qué hacer con su dinero. La inflación viene entrando a la ciudad como la plaga. Y los políticos hacen fila para mostrar su total ignorancia económica. Como niñatos consentidos, parapetados en sus sueldos millonarios, nos dicen que los retiros le inyectan plata al PIB (?), que Mario Marcel es un mequetrefe por no adular los tontos prejuicios del hemiciclo o que no entienden por qué sube el dólar. También se repite la muletilla de separar lo político y lo económico como si fueran ámbitos estancos. Un voluntarismo andrajoso se ha apropiado de mucho representante que ya no vela más que por su reelección.

Así, los mismos políticos que reventaron el valor de los títulos universitarios facilitando que casi el único requisito para ser profesional fuera endeudarse, ahora van por reventar la moneda. El Banco Central ha intentado defenderla subiendo las tasas para estimular el ahorro, pero siempre la tiene difícil el que llama a ser cauto frente al que ofrece abundancia fácil.

La situación es tal, que el optimismo de corto plazo resulta absurdo: no tiene de dónde asirse. En algún momento habrá que dejar de llamar “campaña del terror” al uso de la razón y enfrentarse a las ruinas que avanzan. Hasta el falso optimismo tiene límites, y lo que necesitamos ahora es comenzar a construir desde una sana resignación, si es que no queremos que la reacción desesperada termine primando.

Por lo mismo, no es sólo por el dinero que es razonable temer estos días, sino por el propio espíritu. Enfrentar épocas aciagas sin desolarse exige un esperanzado pesimismo que no se improvisa de un día para otro. Toma tiempo y trabajo. Y varias lecturas y prácticas pueden ser de ayuda.

Usos del pesimismo, de Roger Scruton, debería repartirse en las plazas. Su objetivo es poner en evidencia las falacias que blindan el optimismo fantasioso de toda crítica racional. En una época en que todos quieren desconfiar de todos, pero pocos se atreven a racionalizar su desconfianza y ponerle límites, aquí hay un gimnasio mental para la desconfianza lúcida.

La ciudad de Dios, de Agustín de Hipona, se inicia con una consolación por la destrucción de Roma por los bárbaros. Nos incita a dejar de lado la pretensión vana de construir paraísos terrenales a partir de nuestros febles instrumentos, y nos invita a valorar las humildes y limitadas aspiraciones que debe tener la política en el mundo.

Escolios a un texto implícito, del colombiano Nicolás Gómez Dávila, es una furibunda crítica a la estupidez moderna. Un desahogo tan afilado como adolorido respecto de las bajezas y las mentiras en las que recurrentemente caemos. No es necesario estar de acuerdo con él para admirarse y beneficiarse de su ejercicio.

Finalmente, la oración y el retorno a los servicios religiosos parecen algo muy aconsejable de cara a lo que viene. Al igual que las caminatas por los cerros, nos alejan del ruido atronador de la contingencia y nos relacionan con espacios y tiempos distintos. Del mismo modo, demandan ir de a poco y con constancia, hasta desarrollar un hábito que despeja por dentro para dejarle espacio a la gracia: la extraña y potente certeza de, a pesar y a través de todo, ser amados.

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