Columna de Paula Escobar: Portazo para las guaguas

La pequeña hija de la diputada Camila Rojas tuvo que ser sacada de la sala. Otras diputadas ayudaron a la madre. (Fotos: Aton Chile)

Las mujeres enfrentan esta tensión familia-trabajo. Se han abierto -gracias a luchas de miles de mujeres a lo largo de la historia- muchos espacios en el mundo del trabajo para ellas, pero sin modificar la carga y la responsabilidad del trabajo de cuidado, asociado históricamente -y hasta hoy- a ellas.



Dos años y dos meses tiene la hija de la diputada Camila Rojas, y esta semana la llevó a su lugar de trabajo, el Congreso. Cuando le tocaba intervenir en la sala, la pequeña entró por unos minutos al hemiciclo. Nada que no haya pasado antes, cuando otras parlamentarias han llevado a su guagua (ejemplo, las exdiputadas Karla Rubilar y Camila Vallejo). Una muestra de que los tiempos han cambiado y que las mujeres no tienen por qué esconder su maternidad para poder desarrollarse profesionalmente, o tener que elegir entre maternidad y trabajo. Una muestra de que la llamada conciliación familia y trabajo es posible, que no es un juego de suma cero, donde para que gane uno se debe perder en el otro dominio. Un símbolo de que la labor de cuidado -que aún ampliamente recae en las mujeres- no es un problema de ellas, sino social, y en el cual el Estado y el resto de la sociedad también tienen un papel.

Sin embargo, parece que estamos retrocediendo, pues esta vez no se dio la unanimidad de los parlamentarios, requerida por reglamento para que la parlamentaria pudiera ingresar con su hija.

La prensa informó que los diputados Johannes Kaiser (IND) y Agustín Romero (Republicanos) no la dieron.

El episodio no es anecdótico,y no se reduce a lo que pasa en la sede del Legislativo. Refleja un problema mucho mayor y extenso, porque, como dijo la diputada Rojas, en muchas ocasiones y espacios las mujeres enfrentan esta tensión familia-trabajo. Se han abierto -gracias a luchas de miles de mujeres a lo largo de la historia- muchos espacios en el mundo del trabajo para ellas, pero sin modificar la carga y la responsabilidad del trabajo de cuidado, asociado históricamente -y hasta hoy - a ellas. Entonces, se las ha condenado, en los hechos, a estar permanentemente haciendo malabares para poder cumplir con dobles roles y jornadas: la de trabajo remunerado y no. Este, llamado Cuidado de Trabajo no Remunerado constituye una enorme economía en sí misma: si pagara, el TCNR equivaldría a más del 25% del PIB (cálculos de ComunidadMujer y Banco Central). Como dice Katrine Marcal, se trata de una economía invisible y no valorada que, sin embargo, sostiene toda la economía con mayúscula. Se vio en pandemia, cuando los niños no tenían colegio ni sala cuna o jardín (en una de las peores decisiones de la historia), y fueron las mujeres las que perdieron el trabajo remunerado.

Estaba la fantasía de que las mujeres podían teletrabajar con niños dando vueltas por la casa, o en clases por Zoom también. Una especie de pensamiento surreal, de que niños pequeños podían ser dejados sin supervisión, solos, en una pieza, mientras las madres se dedicaban a trabajar sin ser interrumpidas. Muchas vieron que cuando sus pequeños se aparecían en la pantalla, o lloraban, recibían de vuelta una actitud parecida a la de los dos diputados: hágase cargo de su guagua en otro lado.

Ahora bien, pasada la pandemia, las personas con hijos viven enfrentando momentos en que los dos mundos chocan: enfermedad de los niños (solo tienen licencia cuando es menor de un año), vacaciones o días sin clase de colegios. ¿Qué hacen? O abuela o red de familia, o llevarlas e intentar hacer las dos cosas.

Si esto pasa en lugares de poder, como el Congreso, qué decir de lo que pasa en el caso de las mujeres más vulnerables. Simplemente no pueden acceder a trabajos formales: sin acceso a sala cuna gratuita, o los dejan en guarderías clandestinas o con familiares, y si aparece cualquier situación imprevista, pierden su trabajo. Por eso, la informalidad es cada vez más alta en mujeres, algo que ya se está transformando en un problema crónico. Y no es porque no quieran emplearse con contrato y derechos laborales, sino que porque no les queda otra, como ha documentado el estudio de ChileMujeres y la UDP.

¿Es este un problema solo de las mujeres? Por cierto que no. Pero la corresponsabilidad está al debe, pues la cantidad de horas que dedican las mujeres a este trabajo de cuidado es muy superior. Pues bien: esta misma semana se conoció una nueva baja de la tasa de natalidad en Chile: de 1,3 hijos por mujer bajamos a 1,2. La tasa de reemplazo es 2,1. Un gravísimo terremoto demográfico se avecina. Y un factor de la baja natalidad es la dificultad de hacerlo, por falta de soporte, de corresponsabilidad y por la “multa por hijo” (documentada in extenso por la premio Nobel Claudia Goldin). No solo es una multa económica, es una multa que se verifica en aquello que tan bien describió la filósofa Martha Nussbaum: en el vivir en permanente desgarro entre trabajo y maternidad.

Y resulta que no es un problema de ellas. No puede ser que se espere que cada mujer “se rasque con sus uñas” y se las arregle como pueda si decide trabajar y ser madre a la vez. Y menos aún que se les dé con un portazo cuando aparecen los niños escena, como pasó esta semana.

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