El caso Quiroz
Jorge Quiroz debutó con el cariz del ministro más valiente dentro de un gabinete de primerizos. Se puso esa aureola en la noche del lunes 23 de marzo, cuando se presentó en varios canales de televisión para anunciar el alza de combustibles más grande de la historia local. Llevaba 12 días en su cargo y la guerra de Estados Unidos contra Irán apenas completaba tres semanas, y la mayor parte del mundo aún pensaba que duraría dos más, como mucho.
Quiroz decidió asumir las peores previsiones -la guerra no terminaría tan rápido- y asumir los mayores costos políticos, posiblemente calculando que la popularidad del gobierno debutante soportaría un golpe como este. Es el tipo de cosas donde puedes tener razón o no, pero necesitas coraje. Quiroz parecía venir fabricando su coraza desde la campaña, cuando fue descalificado sin comedimiento por economistas de todos los sectores, especialmente de la derecha.
¿Pensó que los combustibles serían también la matriz para poner a prueba la resistencia de la megarreforma que luego tendría que enviar al Congreso? Posiblemente. Pero este es precisamente el punto: en ambos casos, Quiroz no tiene nada que perder. El presidente sí. Quiroz lo proveyó de un programa económico del que carecía, con dos rasgos adicionales: un cambio de dirección y un componente de cambio cultural.
El arrojo de Quiroz sólo es comparable con el de Sergio de Castro en la segunda mitad de los 70, un caso en el que quizás se inspira. De Castro fue uno de los cerebros de la política de shock de 1975, una reforma devastadora que puso fin a la política estatista desarrollada por la Unidad Popular y abrió paso al reinado de siete años de los Chicago Boys. Aquel fue el primer año en que la política económica pasó a ser dictada por Hacienda y no por Economía, y el año en que debutó el IVA.
Quiroz cuida el Santo Grial del gobierno de Kast: la reducción del Estado y la contención del gasto público, después de 20 años en los que ambos no han parado de engordar. Hay quienes temen que esta dualidad sea simplista, que no exprese la complejidad de una sociedad a medio camino como la chilena. Tienen razón, aunque también es verdad que este mismo debate se ha reactualizado en gran parte del planeta. Pero, para el oficialismo, de esto trataron las elecciones del 2025: de privilegiar a un Estado que proporcione seguridad personal y de frenar a un Estado abusador y abusado, sin disciplina de trabajo, con malos servicios, indiferente, pagador ciego y generoso con los amigos.
Este es el trasfondo ideológico de la megarreforma, que pudo madurar gracias al despliegue sin ambages de la ideología contraria, la adoración del Estado por una generación educada para creer que eso es independencia. Quiroz sabe que lidia con eso y con unos aliados más tímidos, que dudan de sus certezas y temen al temor; en el Parlamento, esos aliados piensan en la reelección igual que sus adversarios.
Y sin embargo, con esos pobres ropajes, fue al Congreso, presionó a los diputados y aprobó, con los votos del gobierno, el primer paso, la autorización general para legislar. El segundo, el debate artículo por artículo, ya es más complicado, y así será por delante: una carrera de obstáculos. Estuvo negociando con el PDG -es decir, con Franco Parisi- y al fin lo dejó enredado con unos cálculos de remedios y pañales; no lo cortó, porque todavía necesita muchas cosas y nadie puede enojarse al inicio de una conversación. El diputado independiente-PPD (?) Jaime Araya tuvo la ocurrencia de amenazarlo con “un tsunami de dos mil indicaciones”, una de esas analogías que buscan la épica en la desgracia. Quizás eso es lo que justamente necesita Quiroz: parlamentarios estridentes, performers que lo amenacen y lo insulten, que confirmen al púbico sus peores prejuicios sobre el Congreso.
En cuanto al gobierno, Quiroz está bastante solo. Tiene el apoyo del presidente, por supuesto, mientras lo tenga. No el de los ministros, que lo verán siempre como una amenaza, ya en contra de sus proyectos, ya en contra de su propia estabilidad. Esto también le ocurrió a De Castro en los 70. No es parte de la contingencia, sino de algo así como la naturaleza humana.
La soledad puede ser una virtud política, si es que se tienen las condiciones para administrarla. La primera es la valentía.
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