José Miguel Serrano

José Miguel Serrano

Opinión

El mundialismo y Trump

REUTERS/Jorge Silva

La figura de Donald Trump siempre me ha parecido de suma importancia para el mediano plazo, por las consecuencias que sus movimientos estratégicos representan como manifestación de un cambio más profundo, ante los desaciertos de los políticos tradicionales durante las últimas dos o tres décadas; no sólo en Estados Unidos, sino también en amplias regiones de Europa Occidental. Y digo en el mediano plazo, pues ya podemos visualizar que en varias décadas más los mayores intereses económicos planetarios no necesitarán coincidir con ningún país o nación soberana en particular. Ni siquiera les resultará preciso alinearse con Estados Unidos.

Ello no quita que Estados Unidos no siga representado un rol preponderante dentro del proceso de la globalización – que acá llamaremos mundialismo -, particularmente desde fines de la Segunda Guerra Mundial hasta la fecha. La posible pacificación de las dos Coreas, o un previsible repliegue de China ante la fortaleza de la postura de Trump, son hechos que avalan la potencia que ostenta Estados Unidos y su Presidente. No obstante aquello, nos encontramos actualmente transitando por una de las etapas más complejas y volátiles de este proceso de cambio mundial, en el que las fuerzas horizontales del mundo desarrollado, apoyadas sobre sus estructuras financieras, económicas, tecnológicas y medios de comunicación masivos de todo tipo, detentan mayor poder real que las estructuras verticales tradicionales (gobiernos e instituciones políticas). Pero, esta mayor fuerza todavía resulta insuficiente para establecer una sólida administración mundial de los asuntos públicos y privados.

Ahora bien, se puede inferir que a la velocidad con que se vienen produciendo los grandes cambios, en un futuro el poder real mundial se encontrará firmemente controlado por una estructura global digital (o más de una), la que todavía demorará varias décadas en reorganizar, agrupar y consolidar su armazón. Tanto o más importante aún, se requerirá de un amplio plazo para modificar patrones de conducta entre las mayorías ciudadanas, acostumbradas a los actuales sistemas de gobierno. Aquí nuevamente hay que hacer hincapié en la figura de Donald Trump, cuyas opiniones y conductas no siempre están alineadas con una praxis democrática químicamente pura. A pesar de lo cual, en algunos casos son sumamente efectivas.

Probablemente, la continua evolución de todo un conjunto de graves problemas que agobian a la humanidad – grandes flujos de personas migrantes, pobreza extrema en vastas regiones del planeta, contaminación y calentamiento global, guerras permanentes, dictaduras abominables -, librados a su propia dinámica, terminen por conducirnos a un punto de crisis mayor que actuará como el catalizador que permita justificar una nueva administración de los asuntos mundiales; es decir, el arribo de una suerte de gobierno mundial/digital. El uso masivo de la tecnología digital, y la cada vez mayor dependencia de los humanos en la inteligencia artificial para los cometidos de la vida cotidiana, facilitarán  el advenimiento de esta nueva forma de dirigir los asuntos planetarios. La clave de la estrategia del mundialismo para las próximas décadas consistirá no tanto en resolver esta complicada problemática que enfrenta la humanidad, sino en administrar de manera funcional su desarrollo.

 

 

 

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