Ideología: entre brújula y venda
Pocas palabras se usan con tanta frecuencia y tan poca precisión como “ideología”. En la discusión pública, el calificativo suele funcionar como reproche: cuando decimos que algo es “ideológico”lo descalificamos; sugerimos que está viciado por prejuicios, en lugar de sustentarse en criterios de objetividad. Pero la asimetría es reveladora: cada quien acusa al otro de ser ideológico, mientras se presenta a sí mismo como realista, pragmático y basado en evidencia.
La ideología cumple, ante todo, una función orientadora: opera como una brújula, como un conjunto de marcos que orientan prioridades, definiciones y formas de entender la realidad. Esa claridad ideológica tiene consecuencias concretas. Ayuda a que los partidos sean proyectos reconocibles y no solo máquinas electorales; que los gobiernos respondan a una idea de sociedad y no solo a la presión del momento; que los ciudadanos puedan evaluar algo más allá de promesas aisladas. En otras palabras, una ideología definida permite saber desde dónde se habla y hacia dónde se quiere conducir. Sin estas referencias, una democracia corre un riesgo paradójico: puede presentarse como pragmática y eficiente, pero se vuelve opaca. Se decide mucho, aunque nadie sepa claramente en nombre de qué.
Pero la ideología también entraña un riesgo evidente: puede transformarse en venda. Esto ocurre cuando deja de ser una herramienta para comprender la realidad y se convierte en una forma de sustituirla. Entonces, los datos incomodan, las excepciones se ignoran y las soluciones se evalúan no por su eficacia, sino por su pureza doctrinaria. Allí, la ideología ya no ilumina, por el contrario, oscurece y empobrece la deliberación. En ese escenario, las diferencias dejan de ser desacuerdos razonables y pasan a leerse como amenazas; las concesiones se confunden con renuncias morales; y la evidencia solo se acepta cuando confirma lo que ya se creía.
De ambas aproximaciones se desprende una conclusión: la ideología importa, pero debe ser tratada como orientación, no como dogma. Es decir, como un punto de partida para interpretar la realidad, no como una excusa para clausurarla. Las ideas políticas serias deben estar dispuestas a contrastarse con la evidencia, con la experiencia comparada y con resultados concretos. Una convicción democrática madura no teme cuestionarse; teme, más bien, volverse incapaz de hacerlo.
Valorar la libertad económica, por ejemplo, puede llevar a defender la competencia, la iniciativa privada y la innovación; pero también obliga a preguntarse cuándo un mercado se concentra demasiado, cuándo una empresa abusa de su posición o qué reglas permiten que la competencia exista efectivamente. Del mismo modo, valorar la igualdad puede justificar políticas redistributivas, inversión social o protección frente a ciertos riesgos; pero exige decidir qué instrumentos funcionan mejor, cuánto cuestan, a quién benefician y qué efectos producen en el tiempo.
Por eso conviene desconfiar tanto del político que desprecia toda ideología como del que cree que su ideología lo exime de mirar la realidad. El primero suele presentar sus preferencias como sentido común; el segundo, sus certezas como destino histórico. Ambos empobrecen la deliberación pública: uno porque oculta sus supuestos, el otro porque se niega a revisarlos.
Por María José Naudon, abogada.
Lo último
Lo más leído
La mayoría no entiende el debate por el impuesto a las empresas. El resto lee La Tercera.
Plan Digital+$6.990 al mes SUSCRÍBETE