Juegos de azar y adicciones
El juego de azar ha existido siempre. Pero la velocidad e intensidad con que se ha instalado en la vida cotidiana chilena en los últimos años no tiene precedentes. Todo lo que disfruté el Mundial se veía opacado por la publicidad impenitente de los casinos on line. Esto ha llegado muy lejos. Recordaba a propósito una experiencia en terreno cuando era senador: en una ocasión vi a una señora muy humilde que, en un Puestos Varios de un sector modesto, luego de comprar con 5 mil pesos productos de consumo básico, ilusionada, gastó las monedas del vuelto en el tragamonedas del local. No sabía que están programados y que la suerte es escasa, pues en el tiempo, las máquinas nunca pierden. En segundos quedó sin un centavo y, cabeza gacha, se alejó del lugar. Como a ella, le ocurre a demasiada gente que juega en los ¿300, 500 mil? tragamonedas que operan en poblaciones, sin permiso ni control.
En Chile los juegos de azar son ilícitos salvo que una ley los autorice. Esto ocurre con determinados casinos y los tragamonedas ubicados en sus recintos. Las máquinas que operan de hecho, no son legales. Como tampoco lo son las plataformas digitales de apuestas deportivas que financian la televisión y el deporte, que han convertido cada partido de fútbol en una invitación a apostar. Según cifras públicas, 5,4 millones de chilenos -el 29% de la población- interactuaron con estas plataformas en 2024, incluidos menores de edad.
Ello ha gatillado en fecha reciente una inquietud tributaria. Pero el problema no es solo fiscal. Es primero sanitario y ético. La OMS estima que el 1,2% de la población adulta mundial sufre un trastorno de juego (ludopatía) por una adicción que genera cuantiosos ingresos a la industria. Dicho sin eufemismos, se construye un negocio sobre las pérdidas de los adictos.
La dimensión moral no es menor. El dinero obtenido sin esfuerzo -o perdido en un instante- distorsiona la noción más básica del valor del trabajo y del ahorro. Cuando la TV normaliza la apuesta como mero entretenimiento, especialmente ante los jóvenes, se siembra una cultura que contradice valores que permiten construir una vida digna.
El mundo lo ha advertido. Son muchos los países que han prohibido toda publicidad de juegos de azar o el patrocinio de camisetas deportivas tras constatar que el mercado libre del juego produce adicción, pobreza y enfermedad mental a una escala que el Estado no puede ignorar.
Chile hace trampas en el solitario. Un proyecto de ley se tramita en el Congreso para, principalmente, cobrar impuestos, sin restricciones publicitarias serias ni programas de prevención. Recaudar es legítimo, pero hacerlo al precio de expandir un negocio que vive de la adicción ajena tiene un costo humano que ninguna cifra compensa.
El dinero debe entenderse como fruto del esfuerzo, no de la suerte. Esa no es solo una convicción moral: es la base de toda sociedad cohesionada. La verdadera apuesta de Chile no está en ignorar el problema, sino en prohibirlo derechamente. Será difícil evitar su existencia, pero peor es legitimar lo que genera daño social.
Por Hernán Larraín F., abogado y profesor universitario
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