La columna de Guarello: La cancha vacía

"Hay demasiados clubes que se mueven cómodamente con el dinero de TNT Sports y abrir los estadios significará un gasto que no vale la pena".




El protocolo sanitario para la reanudación del fútbol elaborado en invierno del 2020 por la antigua dirigencia de la ANFP todavía se usa con éxito. Y por una razón, en él participaron expertos médicos relacionados con el fútbol y se trabajó en coordinación con los ministerios de Salud y del Deporte. Entonces, sin vacunas a la vista, anestesiados moralmente por largas y severas cuarentenas, angustiados por imágenes de ataúdes apilados en Nueva York, muertos en las veredas de Guayaquil o ambulancias haciendo fila en los centros médicos chilenos colapsados y con un profundo desconocimiento de la evolución del Covid-19 de parte de la comunidad científica, el fútbol chileno logró volver a jugar. Se hicieron las cosas bien y la actividad se salvó. No sin problemas, comenzando por las inevitables y facilistas acusaciones de los antifútbol con su monserga de “frivolidad” y que hay “otras prioridades”, hasta el quiebre del propio protocolo de varios interesados (jugadores, clubes, dirigentes), que pusieron en entredicho el campeonato a finales del año pasado.

Pero se salió adelante y hasta se pudo resistir la segunda ola de marzo donde no solo el alza de contagios y muertes complicaron la continuidad de los distintos torneos, sino que se debió aguantar una nueva arremetida frontal de los ya conocidos antifútbol, algunos dentro de la misma actividad deseosos de granjearse aprobación en el despelote y guerra de escupos que son las redes sociales.

Pero faltaba una pata en este lento, dificultoso y muy largo retorno de nuestro fútbol a un ambiente de una mínima normalidad. Un ingrediente básico que, como vimos en el contraste entre la Copa América y la Eurocopa, no solo tiene una influencia muy importante en la percepción del espectáculo, sino que llega a determinar la calidad del desarrollo del juego. Hablamos, claro, del público.

Y aquí, como ocurre con el fútbol formativo (denunciado en la columna del sábado anterior), la voluntad del consejo de presidentes de la ANFP no ha sido tan clara, por no decir laxa hasta llegar a la inexistencia. Excluyo al presidente de la entidad Pablo Milad, quien viene peleando hace rato la posibilidad de jugar con un mínimo aforo. No es una mera especulación, es un hecho, hay demasiados clubes que se mueven cómodamente con el dinero de TNT Sports y abrir los estadios significará un gasto que no vale la pena. Y cierra la ecuación el protocolo exigido desde el Minsal, elaborado para el funcionamiento del comercio (una persona cada ocho metros cuadrados), pero inaplicable para los estadios chilenos.

Estamos en un punto muerto: el protocolo del Minsal no sirve y hay un grupo de dirigentes que están felices con que no sirva. Aparentemente, en la ANFP sí se ha trabajado un protocolo alternativo, con bases técnicas y médicas (como el que se elaboró el 2020), pero que no ha sido validado por el gobierno. Es comprensible caminar sobre huevos, la imagen de la final de la Eurocopa con miles de hooligans tirándose babas ante la ausencia casi completa de mascarillas, obliga a ser estrictos y realistas. Pero con un plan bien elaborado, delimitando los espacios, con pase de movilidad por la vacuna y obligación de mascarillas, se podría jugar con 5.000 ó 6.000 personas en determinados partidos. Recordemos que hay muchos equipos que no llevaban eso antes de la pandemia. Lo importante es dar un primer paso y avanzar. Pero acá se necesita un mínimo de voluntad y, claro, tener a raya a los barristas profesionales que no saben de protocolos ni norma de convivencia alguna.

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