La reversible desconfianza

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Si hemos de creerle a las encuestas, vivimos en un país imposible. La desconfianza parece invadirnos, implacable, hacia todo: empresas, sindicatos, Iglesia, para no mencionar, Dios nos libre, políticos y partidos. Nada pareciera salvarse del naufragio y la sospecha.

Ante tamaño horror, pocos debieran atreverse a salir de sus casas. Pero en realidad, lo sabemos, nada de eso está ocurriendo.

Por el contrario, observamos que las personas asisten con normalidad a sus trabajos, disfrutan de plazas y parques, respetan las colas, pagan sus deudas y se interesan en los asuntos públicos. Hay algo contradictorio entre opiniones lapidarias que conviven con una realidad de funcionamiento relativamente normal de las instituciones y de la vida en sociedad. La Encuesta Bicentenario UC-Adimark dio cuenta de este hecho hace algún tiempo: los datos mostraron que las personas manifiestan actitudes muy negativas hacia categorías lejanas (los bancos, las empresas), pero que estas mismas actitudes son sorprendentemente más positivas cuando se refieren a objetos cercanos (mi banco, la empresa en que trabajo).

¿Cómo podemos odiar a un grupo, pero al mismo tiempo actuar en forma benevolente con componentes individuales de ese mismo grupo?

La respuesta a esta paradoja apareció en las primeras investigaciones sobre actitudes sociales, en EE.UU., en la década de 1930. Entonces, tratando de explicar el problema del prejuicio racial, descubrieron que las actitudes negativas hacia un grupo (ej. "los orientales") a menudo no eran consistentes con el comportamiento hacia personas específicas de ese mismo grupo (mucho más positivo). Estas investigaciones, raíz de la psicología social actual, inspiraron el diseño de políticas públicas en décadas siguientes orientadas a combatir el problema candente en la sociedad norteamericana de entonces, y que se ha vuelto sorprendentemente actual: el conflicto racial.

La integración racial obligatoria de los colegios (1954), se basó en estos hallazgos. La teoría fue que en la medida que los niños crecieran juntos, las actitudes entre grupos raciales mejorarían. La investigación posterior demostró que tales expectativas fueron correctas, con mejoras significativas en variables como autoestima, actitudes interraciales y otras.

En Chile, los datos de la paradoja de amor y odio, que con tanta claridad ha mostrado la Encuesta Bicentenario, dan una pista de que el problema de desconfianza puede tener salida. La clave es la misma: acercar lo lejano, integrar lo desintegrado, dialogar con el extraño. Nada nuevo, por cierto, pero a veces tan polémico, especialmente incorporado a las políticas públicas.

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