Lecciones de historia para la izquierda



Por César Barros, economista

Aún ronda entre historiadores la cuestión de cómo Hitler logró dominar a un país como Alemania: culto, de músicos, filósofos y científicos, todos notables. La mejor respuesta me la dio en una charla sobre crisis -en medio del virus ISA- el doctor Ricardo Capponi: “Los grupos humanos sujetos a mucho stress, ansiedad y miedo bajan su edad cerebral a la prepubertad. Y ante la ansiedad y el miedo, vuelven a las reacciones atávicas del homo erectus: huir y/o agredir”. Y Alemania post gran guerra europea estaba humillada, pobre e insegura, buscando a quién culpar de tanta desgracia. Al comunismo anárquico lo sofocaron en forma expedita. Pero con ello no se tranquilizó su vida diaria: huelgas, hiperinflación y una inestabilidad política a la cual no estaban acostumbrados.

Y llegó un personaje exótico, gran comunicador, que no tenía la solución a los problemas, pero sí una receta mágica: descubrió -o inventó- a los culpables. A los “otros”. Eran los políticos, la socialdemocracia marxista, y el contubernio judeo-comunista. Apelaba a “los buenos alemanes”, a los que lucharon en las trincheras, a las víctimas de la hiperinflación y de los prestamistas: alemanes y extranjeros. El programa era simple: una dictadura popular y revolucionaria, que expulsara a los políticos corruptos, a los miembros del judeo-marxismo, a los partidos “burgueses”. ¿Sus armas? La violencia física y mediática contra “los culpables”. Sus tropas de asalto -las temidas SA- sacaron de la calle a socialdemócratas y comunistas. Y sus diarios y pasquines ridiculizaban e insultaban a sus adversarios.

Era un “outsider”. Fue visto inicialmente como un payaso extremista, con un proyecto imposible. Pero poco a poco las élites se pusieron, primero curiosas, y luego creyeron que era un mal menor frente al socialismo y a una democracia inestable. Y pasó lo que todos sabemos que pasó.

Ahora el fascismo en Chile no es de ultraderecha: es de ultraizquierda. Ellos agreden, amenazan, funan, incendian y golpean. También mediáticamente a través de las redes sociales. Y podrían lograr lo que el NSDAP pudo con los demócratas de derecha en Alemania: los asustó y los paralizó. Y les mostró a un líder carismático con soluciones mágicas, simples y que parecía representar a “los buenos alemanes”, a los que querían orden y empleo.

Chile hoy está como Alemania en la postguerra. Están todos los síntomas excepto la hiperinflación. Y aparecen líderes carismáticos, con capacidad comunicacional, que dicen representar todas las frustraciones de un país angustiado por la pandemia, violencia y desencanto con sus élites. El populismo de hoy tiene mejores herramientas que las del NSDAP del siglo XX: sus tropas de asalto es la mal llamada “primera línea” y su “Völkischer Beobachter” son las redes sociales. Miren a Trump con su prensa adicta y su “primera línea”. La centroizquierda no puede caer en la trampa que cayó la derecha alemana en 1933, cuando creyó que Hitler era un mal menor frente a la socialdemocracia. Hoy se ve a buena parte de la izquierda chilena dispuesta a casarse con el populismo revolucionario y la agresión, con tal de evitar un gobierno de derecha. No le vaya a pasar lo mismo.

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