Marzo versus octubre

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Foto: AgenciaUno



Las amenazas de que marzo 2020 será un mes complicado por un concertado aumento del activismo ideológico y la violencia terrorista-delictual, hacen temer que el paso del estío no haya sido más que un tiempo de preparación de quienes persisten en alterar gravemente la marcha del país, con el propósito de seguir debilitando la institucionalidad y adquirir así ilegítimamente un creciente -y determinante- poder de influencia sobre el destino de la nación.

En cierto sentido, para los diversos grupos involucrados en estas acciones que buscan subvertir el orden social (o por lo menos para quienes tras las "primeras líneas" las digitan), lo que viene no sería sino la continuidad o una nueva etapa de un proceso "revolucionario" en desarrollo, que fue planificado y comenzado a ejecutar con anterioridad al punto de ignición que significó el 18-O. Pasados cuatro meses desde esa fecha, habrán sabido tomar el pulso a las autoridades políticas, las fuerzas policiales y a la ciudadanía como para poder estimar qué reacciones esperar (y no esperar) de ellas. Y, de este modo, decidir cómo seguir actuando. Solo en esto último, marzo no se parecerá tanto a octubre para aquellos, momento en que la incertidumbre respecto a las respuestas que podían esperar sus conductas por parte de los señalados estamentos pudo ser mayor.

Por contraste, donde sí cabría que se notase una gran diferencia entre la primavera de 2019 y el fin del verano de 2020 es en la forma que actuarán el Ejecutivo y las fuerzas de orden subordinadas a él. En alguna medida también en cómo accionarán las fuerzas políticas con mayor convicción democrática del Congreso, el sistema judicial y la población. Desde luego, ninguno de estos grupos podrá alegar ahora sorpresa ni desconocimiento de lo que está aconteciendo. Dentro de este contexto, será particularmente relevante cómo la autoridad política haya evaluado eventuales escenarios por venir y planificado enfrentarlos, incluyendo por supuesto la alternativa de adelantarse a posibles hechos y, toda vez que resulte factible, accionar más que reaccionar ante los insurgentes. Si el gobierno insiste en hacer básicamente más de lo mismo que ha venido realizando (insuficiente, inadecuado y débil), no resulta esperable una modificación sustancial del pésimo camino por el que está transitando la situación del país (y el peor destino que le espera al final del mismo).

Los meses de verano han mostrado tanto una alarmante permanencia de la violencia, como de la incapacidad para controlarla. Si los actos vandálicos han menguado en algo ha sido por decisión de quienes los cometen, no por mayor decisión ni mejoras en las estrategias y tácticas para su combate. Ya llega marzo: se sabrá realmente cómo vendrá la mano. Es de desear que a la propia ciudadanía no le quede finalmente más recurso que asumir derechamente la defensa del orden y la seguridad que su clase rectora no ha sido capaz de brindarle.

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