Mis profesores

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Foto: Captura de pantalla



"La hipocresía es un homenaje que el vicio rinde a la virtud", recuerdo esta frase desde la primera vez que la escuché, pues resume magistralmente la diferencia moral que hay entre el hipócrita y el cínico. El primero, aunque incapaz de hacer lo correcto, esconde su conducta y así tácitamente reconoce su falta; el cínico, en cambio, la enarbola, es el que sorprendido en falta responde: "sí y qué". Desde ahí no hay redención posible.

Mucho se ha escrito sobre la profesora que agredió a la ministra de Educación –sí, la agredió, no la "encaró" como adjetivaron hasta los más conservadores medios de comunicación- y poco queda por agregar; además las conductas antisociales, por graves que sean, en la medida que son individuales expresan algo propio de la naturaleza humana contra lo que tienen que lidiar hasta las civilizaciones más avanzadas. Pero una cosa completamente distinta es la que se produce cuando esa conducta no es percibida como tal, cuando recibe validación de un cierto grupo de referencia y con ello pretende legitimarse.

Por eso, lo más grave fueron los aplausos con los que la profesora fue recibida en su lugar de trabajo por sus pares, ello es señal de algo mucho más profundo y consistente con tantas otras conductas que vemos a diario, como los adolescentes encapuchados del Instituto Nacional o el grupo de delincuentes que, por lo que se sabe eran escolares y también ocultando su identidad, destruyeron un vehículo de Carabineros e intentaron quemar a uno de los policías que estaba en su interior.

Es que si los profesores no comprenden las reglas de convivencia que hacen posible la vida en sociedad, mal pueden enseñarlas; si las únicas herramientas que poseen y validan para procesar un desacuerdo es la fuerza, aunque se disfrace de discurso, nada distinto sabrán, ni podrán hacer sus alumnos.

Hace un mes los colegios públicos están en paro, semanas en que niños vulnerables no reciben clases; ellos, que la única posibilidad que tienen de salir de su condición es con la educación, son usados como medio de presión una y otra vez. Los mismos que reclaman a la ministra no preocuparse de la calidad de la enseñanza guardan silencio frente a este verdadero secuestro que mantiene miles de niños de rehenes.

No puedo cerrar esta visión sin la esperanza que me produce recordar a otros profesores, a esos que hace cuarenta años me mostraron, en el Seminario Conciliar de La Serena, un testimonio de vida, de esfuerzo por enseñar y de valor cívico. Un par de ellos habían sufrido duramente los rigores de la época, sus alumnos lo sabíamos, pero jamás vimos otra cosa que afecto y vocación por hacer, a través de nosotros, una sociedad mejor. Ellos son y siempre serán mis profesores.

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