Opinión

No es casualidad

A siete años del estallido, las imágenes desde Europa parecen demasiado conocidas. En países tan distintos como España, Francia o Albania, hemos visto imágenes de protestas violentas, destrozos, la consecuente represión policial, y gobiernos incapaces de responder ante estos desafíos. Cualquier parecido con la realidad chilena está lejos de ser una coincidencia.

Las protestas que han llamado más la atención son en Francia, donde los niveles de violencia han llegado a su peak. Sin embargo, las protestas en Francia no son poco frecuentes. El sociólogo Charles Tilly, en una de sus primeras obras, investigó lo que llamó “los franceses en contienda” trazando más de 400 años de construcción del estado y sociedad franceses a través de sus movimientos de protestas. En su libro, que después sentó las bases de su investigación sobre movimientos sociales, Tilly habla de la importancia de los repertorios de protesta, de los recursos que tienen las personas en determinados contextos y países para llevar adelante sus demandas. Si seguimos su análisis, podemos encontrar en el legado burocrático francés a un estado fuerte, pero con poco espacio para canalizar estas demandas.

Las protestas en París partieron desde los estudiantes, un espacio conocido en Chile. Sus demandas no eran irracionales: buscan mejoras a la provisión de educación incluyendo más profesores para cubrir una demanda que parece insatisfecha. Pero al igual de lo que pasó en Chile, las protestas de los estudiantes y la respuesta del estado reprimiéndolas se convierten rápidamente en vehículos para necesidades más diversas. Hoy, los disturbios agrupan a quienes pelean por la educación, la vivienda, Gaza, en contra de la ultraderecha, entre otros. Se han convertido en un espacio de catarsis en una sociedad altamente polarizada y frustrada. De nuevo, la historia suena muy parecida.

Pero las protestas no han ocurrido sólo en Francia, sino que han aparecido en otras partes de Europa. En España, en un país liderado por un sector político distinto a Francia, vimos como la pelea por la vivienda se ha convertido en el foco de protestas en las últimas semanas. La situación llegó a tanto que el Presidente del Gobierno, Pedro Sánchez, decidió llamar a elecciones anticipadas para poder forzarle la mano a la oposición de derecha que se negó a aprobar sus decretos de vivienda. De paso, Sánchez espera propinarle un golpe a la ultraderecha de Vox, que ha crecido consistentemente en los últimos años. Pero el escenario se parece: un problema material, concreto, frente a un estado incapaz de ofrecer una solución. Cualquier parecido con las protestas post 2008 que dieron paso a Podemos no son, de nuevo, casualidad.

Y así, gobiernos de todos los colores, como el de Italia con Meloni, o el de Albania con Edi Rama, se enfrentan ante la realidad de una ciudadanía que no pareciera aguantar más. Las protestas son por demandas concretas que gobiernos democráticos han sido incapaces de cumplir. Y alrededor de ellas, se agrupan inescrupulosos que buscan obtener réditos de lado y lado, ya sea para promover más radicalidad o para imponer autoritarismo. La misma historia, distintos protagonistas.

Por Javier Sajuria, profesor de Ciencia Política en Queen Mary University of London y director de Espacio Público.

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