Nuestro lumpen

Los saqueos y el vandalismo generaron un mayor riesgo local que propició la salida de inversionistas y, por ende, repercutió en un estancamiento de las emisiones.

Los saqueos y el vandalismo generaron un mayor riesgo local que propició la salida de inversionistas y, por ende, repercutió en un estancamiento de las emisiones.



Hay agotamiento respecto a la ola de saqueos y de incendios. Ella ha dañado tantas vidas, que crece la legitimidad de la "mano dura". El narco-anarco-lumpen es el chivo expiatorio que muchos ansían sacrificar para traer de vuelta la paz. Algunos temen, con razón, esta violencia sacrificial y la denuncian. Sin embargo, lo hacen de forma torpe, justificando a los criminales debido a sus historias de vida. ¿Es posible llegar a una perspectiva balanceada respecto a este tema? Creo que sí, bajo ciertas condiciones.

Primero, es necesario abandonar el maniqueísmo. La vida humana es espíritu y materia, tanto como sujeto y estructura. Es contradictorio reclamar por los abusos económicos y sus terribles consecuencias y luego bajarle el perfil al daño brutal de los saqueos e incendios apelando a que la propiedad y las fuentes laborales "son sólo cosas". Defender la vida es inseparable de defender condiciones de vida. Del mismo modo, es un error negarles responsabilidad por sus actos a los criminales, por degradada que sea su condición: tanto el que pide atormentarlos como si fueran animales como el que pide perdonarlos como si fueran niños terminan negándoles parte de la justicia que merecen como ciudadanos.

Es muy importante que defendamos la igual ciudadanía de los delincuentes. Es lo que le da sentido al castigo: debes pagar porque eres, igual que nosotros, responsable (por eso importa el voto preso). Pero también es lo que le da sentido a la pregunta por las condiciones bajo las cuales el delincuente actúa: ¿qué lleva a una persona igual a nosotros a actuar de esta manera? Si asumimos que el criminal está más allá de la ciudadanía, lo terminamos situando en el lugar de lo sagrado, como objeto de culto o de sacrificio.

Debemos, entonces, apoyar la persecución y el castigo de los delincuentes que han asolado Chile. Ella debe ser todo lo severa que sea necesaria para ser efectiva. Pero no debemos asumir esta defensa del orden como un ritual sacrificial. Y tampoco debemos pasar por alto la pregunta respecto a las condiciones sociales que hay detrás de la acción delictiva. Hay que analizar con detenimiento la marginalidad: la vida de los más excluidos del orden social. En ella está el secreto del poder de los narcos, tanto como la materia prima de los grupos violentistas que se pretenden políticos. Debemos entender a Fedka (o a Jesse Pinkman) si queremos volver impotente a Verkhovensky (o a Walter White).

Hacer justicia demanda tanto castigar actos como reparar circunstancias. Si falla cualquiera de estas dos acciones, falla la justicia. Debemos reparar la cárcel, el Sename y nuestras poblaciones. Aunque indigne a los que se sienten mejores, probablemente la primera prioridad del país en reconstrucción debería ser el mundo de sus destructores. Ese esfuerzo por curar lo más dañado de nuestra sociedad nos mostrará que no somos un país tan rico ni exitoso, por un lado, y que hemos descuidado aspectos fundamentales de la vida humana luchando por la riqueza y el éxito, por otro. Dostoievski decía que la civilización de una sociedad puede juzgarse por cómo trata a sus presos. Esto es porque ellos, los miserables, son el espejo de todas las miserias del resto.

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