¿Por qué llora la señora de la tele?

Felipe Guevara y Felipe Alessandri entregan una caja de mercadería del Gobierno.



Por Pablo Walker sj, excapellán del Hogar de Cristo

Escribo desde una población. Las dos últimas noches ha habido brotes de violencia entre vecinos, sobrepasados, hartos. La pandemia es muy distinta entre jardines y entre bloques de cemento.

En las últimas horas, los canales de tv cubren el reparto de cajas de mercadería en los sectores de “más alta vulnerabilidad”, "a las familias más vulnerables”. Quisiera proponer que dejemos de hablar de “alta vulnerabilidad” y hablemos de “alta vulneración” y de “familias vulneradas” en sus derechos fundamentales. Siendo la vulnerabilidad parte de toda la condición humana, aquí estamos hablando de otra cosa y es clave reconocerlo. Quizás así, mañana haya menos rabia en nuestro país, más confianza en las autoridades y en la vía democrática hacia la justicia.

Porque la pobreza es la más “grave vulneración de los Derechos Humanos”. La creciente crispación social que se ve en varias de nuestras poblaciones es un síntoma de que el paternalismo -que no mira las causas del dolor, sino que solo atiende a sus efectos- no dignifica. Mas bien enoja. Por eso es necesario cambiar el lenguaje y explicar que nuestra estrategia para detener el virus y el hambre las entendemos dentro de una perspectiva mucho más amplia, de reparación de derechos que han sido vulnerados. Es razonable reconocer que este trabajo de necesaria asistencia es solo un apresto momentáneo para poder llegar vivos a un proceso constituyente que debata sobre las causas de la desigualdad indignante y sobre el país viable que queremos.

Hay un modo de ir en ayuda de quienes más sufren hoy la desigualdad que sí dignifica, porque reconoce la autoridad de quien es apoyado y porque pone en el horizonte las transformaciones estructurales que nos debemos. Hay un modo que provoca aún más rabia, no tanto por las ineficiencias de un sistema de distribución de cajas de mercadería, sino porque deja al vulnerado en una situación de dependencia, de inferioridad, endureciendo esa asimetría clasista que hoy comienza a dar asco y que está en la raíz del “estallido social”. Aún en cuarentena, más que nunca, es necesario dar la palabra a las organizaciones, escuchar, honrar la trayectoria de las comunidades populares con participación y con apoyo a una auto-gestión responsable, como un aporte activo a la victoria sobre la pandemia, el hambre y la desigualdad.

Ahora vemos una señora llorando mientras recibe una caja de alimentos. ¿Por qué llora? ¿De gratitud o de impotencia acumulada? Veo en la tele imágenes de pobladores intentando detener a quienes quieren saquear una tienda. ¿Qué los mueve para intentar que haya un camino distinto al de la violencia? ¿Qué haremos para no dejar en ridículo esos faros de dignidad, de lucha, de resiliencia, que hay en nuestras poblaciones y en todas partes, que son lo mejor de nuestro país?

Vuelvo a las cajas que ahora se distribuyen. En estricto rigor, y así lo pedía el Padre Hurtado, deberíamos pedir perdón a cada familia obrera cuando le llevemos una caja de mercadería. Quizás haciéndolo, creerán que hemos comprendido que Chile requiere transformaciones mayores y que esta vez no las postergaremos. Quizás haciéndolo, verán que comprendimos que algunos deberemos vivir con menos para que a otros no les falte lo necesario para ejercer sus derechos y para hacer su aporte a la construcción del país. Quizás los hijos de esa mujer que llora confiarán en que durante estos meses de pandemia trabajaremos para remediar lo urgente, sin postergar el debate sobre lo decisivo.

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