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Los países son soberanos para determinar sus impuestos pero siempre convendrá hacerlo de una forma que maximice el bienestar social total.



Los vientos de cambio que remecen a nuestro país han llegado a la minería, específicamente al recurrente debate sobre su tributación.

Los países son soberanos para determinar sus impuestos pero siempre convendrá hacerlo de una forma que maximice el bienestar social total. En el ambiente convulso que vive nuestro país habrá que trabajar mucho para alcanzar un buen resultado.

El primer desafío es el de situar el análisis correctamente. La realidad que vivió la minería chilena hasta la década pasada dista mucho de la actual y la futura. Chile llegó a alcanzar un 36% de la producción mundial de cobre en 2007 pero ha caído a 28%. La mayoría de las variables relevantes (leyes de mineral, productividad) se han deteriorado y no se visualiza una mejora. Los últimos proyectos construidos en el país han resultado muy mal y la cartera de proyectos del país está ampliamente dominada por expansiones de minas actuales y no por nuevos proyectos. No ha habido grandes descubrimientos en los últimos años y la actividad de exploración por nuevos yacimientos no ha estado acorde a lo que se necesita para mantener la producción en el largo plazo. Por lo tanto, en esta hora en que se piensa en mejorar la recaudación de la minería no sería malo pensar también en su sustentabilidad en el tiempo, en cómo Chile mantendrá su competitividad, para lo cual ayudarían políticas que despejaran las barreras que hoy dificultan hacer minería en Chile.

En el propio campo tributario también ha habido cambios importantes: el impuesto adicional a la actividad minera y la reforma tributaria han elevado la carga tributaria efectiva. Podrá debatirse si es suficiente pero no parece justo poner hoy la misma vara de hace 10 o más años y por ello es necesario comparar manzanas con manzanas.

Peor aún es la mirada de 50 o más años atrás que busca comparar la minería actual con la minería pre-nacionalización. Hay planteamientos que señalan que la industria minera no se controlaría bien, lo que es desmentido por el trabajo largamente ignorado que realiza Cochilco en el control de los contratos de exportación o el SII en materia tributaria. Se llega incluso a señalar que existiría contrabando de subproductos mineros valiosos en los embarques de exportación, ignorando completamente la forma en que se comercializan los minerales y el rol del Servicio Nacional de Aduanas.

Ahora que se piden más recursos a la minería sería bueno que también se debatiera sobre la eficiencia en su utilización. Parte de la insatisfacción del pueblo pasa también por un Estado que en algunos casos no es capaz de resolver problemas básicos como un transporte de calidad, una ciudad más amable o una educación de calidad. La minería podría apoyar mucho más a las regiones donde se realiza si pudiera pagar parte de sus impuestos en ellas, pero eso hoy no lo permite la legislación nacional. Finalmente, este debate no puede ignorar cambios de gran envergadura como los geopolíticos (China, Estados Unidos y el mundo multipolar) o nuevas tendencias como la descarbonización del mundo que aumentará la intensidad de uso de algunos minerales. ¿Cómo buscará aprovechar Chile esta nueva etapa?.

Algunos países (Australia) está acelerando su industria minera para ser un jugador clave en las tendencias del futuro. Estas discusiones están mayormente ausentes en el debate nacional, probablemente porque en Chile la minería se centra en la renta y se descuida una visión integral que permitiría alcanzar un beneficio mayor. Este es el drama de la visión que considera a la minería como el sueldo de Chile: solo ordeñar la vaca lechera descuidando como desarrollarla. Allí están el litio y las fundiciones de cobre como testimonio de grandes temas mineros que no se han podido resolver.

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