Tecnología luminosa




Por María de los Ángeles Fernández. Presidenta Fundación Hay Mujeres y analista política

Lejos parece haber quedado el optimismo inicial con relación al impacto de la tecnología en nuestras vidas. Estudiosos de las culturas digitales exhiben una nueva sensibilidad, donde el escepticismo se combina con actitudes más bien derrotistas. Ejemplo de ello son los planteamientos de Éric Sadin. Para él, la inteligencia artificial y la “tecnoeconomía” estarían controlando todos los aspectos de nuestras decisiones. O Franco “Bifo” Berardi, para quien lo que denomina “civilización social” iría hacia la deriva debido a “un desastre acelerado por los ataques del capitalismo tecno-financiero que avanzan encubiertos como darwinismo social”.

Posturas intermedias las encarna Geert Lovink. Afirma que “las redes sociales no son el nuevo tabaquismo”, postulando que su parte aditiva “depende del modelo empresarial subyacente y puede ser desmantelada”.

Frente a ello ¿dónde situar el proyecto “Nuestra Voz”? Surgido a fines del año 2019 como espacio colaborativo, de corte digital, de distintas ONG y profesionales para recoger el sentir y la opinión de las chilenas acerca del estallido social del #18O, buscaba incorporarlas al debate nacional. Innovando para mejorar sus oportunidades de participación a través de la tecnología (inteligencia artificial y “big data”), contribuye a generar una significativa “minería de datos” que, entre otros aspectos, será muy útil para entender la construcción de los universos políticos de las mujeres en Chile así como otros aspectos que ayudarán a entender su sentido de eficacia política.

En una primera etapa, 16.000 mujeres plantearon lo que les gustaría cambiar, señalando áreas como derechos de las mujeres y equidad de género, desigualdad y justicia, gobierno y Estado, educación y salud. En una segunda etapa, en alianza con la Plataforma Telar-iniciativa del Instituto Milenio Fundamentos de los Datos (IMFD)-se está llevando a cabo el monitoreo con perspectiva de género de la conversación pública y la sensibilidad territorial de 300 mujeres, distribuidas en cinco paneles conformados exclusivamente por mujeres. Los intereses son coincidentes con los de la primera etapa, arrojando además información adicional sobre sus emociones frente al proceso constituyente así como las fuentes de información a las que más recurren.

Es difícil decir si iniciativas como la indicada servirán para dilucidar encrucijadas que la tecnología introduce hoy en materia de privacidad, intimidad y reputación. Mucho menos si servirán para frenar esa crisis del humanismo que los apocalípticos digitales preconizan. Pero sí contienen una dimensión que ayuda a iluminar un proceso que, como el constituyente, resulta clave para la restitución de aquellas confianzas indispensables para sentir que se forma parte de una comunidad política.

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