Una dignidad sin discriminación

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SEÑOR DIRECTOR

Resulta paradojal que nuestra sociedad legitime la libre la disposición del propio cuerpo o de la salud a individuos sanos, en distintas actividades peligrosas, por ejemplo, cuando ingieren comidas con altas dosis de colesterol, beben descomedidamente, fuman en forma arbitraria, o practican deportes de alto riesgo; y, sin embargo, a individuos enfermos y en trance insoportable o terminal, les niega la posibilidad de poner término a su vida. A los individuos sanos, la sociedad pone a su disposición, facilita e incluso fomenta conductas de riesgo. En cambio, a los enfermos terminales, que ya no desean vivir, se les plantea toda clase de cuestionamientos éticos, respecto de decisiones que sustancialmente no son distintas a las anteriores.

¿Cómo es posible, entonces, que una sociedad que se presume abierta, lo sea en el fomento de bienes de consumo que causan daño, deterioro físico o precipitan la muerte haciendo recaer, dicho sea de paso, en el Estado una parte importante de los costos sociales de esas decisiones y, en cambio, a quien ya no tiene esperanza de vida se le niegue la posibilidad de elegir su propia muerte? A los individuos sanos que se matan alegremente, la sociedad los aplaude; a los individuos enfermos, que solo quieren poner fin a su existencia, el Estado los obliga a vivir.

Una sociedad abierta debe respetar la dignidad humana sin discriminación, incluso cuando las personas se enfrenten a la opción de poner término a su vida.

Marisol García Carrera

Abogada

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