Una generación acomplejada

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire.

La multitudinaria marcha del viernes 25 de octubre vista desde el aire. Foto: Patricio Fuentes


Las generaciones avanzan gracias a un complejo equilibrio entre tradición e innovación. Los adultos intentamos transmitir a las nuevas generaciones la sedimentación de los valores y de los aprendizajes de la humanidad que han hecho posible la civilización y la convivencia. Los jóvenes, por su parte, suelen desafiar la tradición heredada y ponerla en cuestión.

La adecuada articulación entre los adultos que portamos una tradición y de los jóvenes que la desafían, permite que se mantenga lo mejor de nuestra herencia cultural a su vez que evolucione y se adapte a los nuevos contextos y necesidades. Esta dinámica, en la práctica, siempre es más compleja. No todos los jóvenes desafían a la cultura recibida y no todos los adultos intentan conservarla, pero la evidencia histórica muestra que, en general, los adultos hemos cumplido un rol más conservador y los jóvenes uno más revolucionario. En Chile, podemos decir que los jóvenes han cumplido a cabalidad su rol crítico. Pero los adultos, muchas veces por temor, por conveniencia o por cálculo no hemos sido capaces de defender con fuerza la tradición que hemos recibido. La "generación de la transición" tenemos una herencia y una experiencia rica que aportar. Nos tocó vivir presencialmente o a través de nuestros padres, el quiebre institucional del año 73 y vimos las consecuencias devastadoras en materias de derechos humanos que ese quiebre tuvo. Las lecciones de esa experiencia traumática permitió que lleváramos a cabo una transición exitosa a la democracia y le diéramos estabilidad y prosperidad al país.

En nosotros, se aquilató con fuerza la convicción de que los derechos humanos son un coto vedado del Estado, que se deben respetar siempre, en cualquier contexto y la convicción, además, de que la violencia política es inaceptable y que el estado tiene el deber de garantizar la paz social y el cumplimiento de la ley. Además, aprendimos que el diálogo es la herramienta fundamental para resolver nuestras diferencias y que tenemos que cuidar a la democracia.

Además, fue evidente que esta democracia tenía que ser perfeccionada y profundizada de modo de permitir el juego de mayorías sin vetos ni trampas. Por lo mismo, tempranamente desde la vuelta a la democracia, muchos abogaron por una nueva Constitución. También se profundizó la convicción, sobre todo en el gobierno de Bachelet, de que el país requería de cambios sociales profundos para asegurar la justicia y la cohesión social.

Hoy, algunos de los portadores de esta rica herencia parecen perplejos, acomplejados, con mala conciencia, como si tuvieran que pedir perdón por el país que construyeron. Esta actitud hace que la tradición de la que bebemos parece hoy un tanto huérfana, sin defensores. Entonces, los jóvenes que descreen de la democracia como sustituto de la violencia, no encuentran un adecuado contrapeso. Se descompensa así el delicado equilibrio entra tradición e innovación lo que amenaza con arrasar (simbólica y literalmente) con lo construido con gran esfuerzo por la generación de la transición que, me parece, no tiene nada de qué avergonzarse. No se trata de defender "el legado" sino de afirmar con más fuerza que nunca los valores que sustentan a la siempre frágil democracia.

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