El abuso en la voz de mujeres: “Mi madre nunca me defendió y ocultaba todo lo que pasaba”

El caso de Antonia Barra y el proceso judicial contra su violador revivió en muchas mujeres traumáticas experiencias de abuso sexual. Hechos que guardaron por temor a ser juzgadas socialmente y que ahora se atreven a contar. Aquí, dos mujeres relatan su proceso de reparación después de haber sido violentadas sexualmente.




No es justo enfrentarlo sola

Daniela Serrano (34) fue abusada sexualmente el 5 de diciembre del 2012, cuando tenía 27 años. “Fue para el cumpleaños de una de mis mejores amigas. Ese día salimos a bailar y tomé más de la cuenta, pese a que nunca lo hacía. Esa noche me encontré con un ex pinche con el que salimos por un tiempo, hasta que él se aburrió de mí. En medio de la fiesta se dio cuenta de mi estado de ebriedad y me dijo que nos fuéramos a otro lado. Recuerdo ir en su auto y pedirle que me llevara a mi casa, sin embargo, tomó otra ruta”.

En el trayecto, cuenta Daniela, le insistió que retomara el camino a su hogar, pero él no le hizo caso. “Llegamos a un hotel y lo que sigue son solo imágenes como de fotos. Él encima mío, los dos sin ropa, él frotando su pene contra mi con violencia y luego yo vomitando en el baño, desnuda. Él de nuevo encima mío diciéndome: ‘sácate esa hueá’, por el tampón que tenía por mis últimos días de menstruación y yo sacándomelo, incluso después de decirle que no quería hacerlo”, cuenta.

Horas después, cuando Daniela despertó y él dormía en la cama. Daniela vio su ropa repartida por toda la habitación, se levantó, se vistió y caminó hacia su casa pensando en cómo explicaría todo lo que había pasado. “A partir de ese momento lo odié y viví la certeza de que él nunca supo que lo que hizo fue un abuso, una violación. Varios meses después me lo encontré en una fiesta y me preguntó: ‘¿por qué tan mala onda?’ Yo no fui capaz de saludarlo ni de hablarle”, dice.

Solo le contó a un par de amigas, quienes tampoco supieron qué decirle. “No hice nada, me comí todo el dolor, el odio hacia mí y hacia él. Viví por muchos años con la culpa de haber tomado más de la cuenta y de haberme alejado de mis amigos esa noche”.

En 2013 a Daniela le diagnosticaron una depresión severa que ni ella ni los profesionales que la atendieron relacionaron con el abuso sexual que había sufrido. “Imaginaba mi muerte chocando en el auto, tirándome a un barranco, siendo atropellada o lanzándome desde un balcón. Lloraba inconsolablemente todos los días, sufría ataques de pánico y tenía miedo de salir a la calle porque temía que algo malo me pudiera pasar. Me da mucha pena recordar ese tiempo. Fue una época muy dura y la verdad es que ahora que saco cálculos puedo relacionar mi depresión severa con lo que me pasó en diciembre de 2012”.

Siete años después de su abuso sexual, Daniela se atrevió a confesárselo a su madre y lloraron juntas. Hace pocas semanas, y a raíz del caso de Antonia Barra, decidió ubicar a su agresor y enfrentarlo. “Lo busqué por las redes sociales y me contacté con él. Le dije que me había violado el 5 de diciembre del 2012. La reacción de él fue de sorpresa y después de aclarárselo todo, él sintió vergüenza y me pidió perdón”.

Pese a la rabia y al proceso de reparación que ha vivido prácticamente sola, Daniela dice que, por el momento, no recurrirá a la justicia. “Ver el caso de Antonia me hizo sentir que si lo denuncio abriría una herida que estoy intentando sanar hace 8 años. También soy consciente de que si Antonia estuviera con nosotros quizás no estaríamos conversando de esto. No sabemos si ella habría tenido la fuerza para denunciarlo, para vivir este horrible proceso que su familia está llevando. Entiendo totalmente que ella haya preferido quitarse la vida antes que enfrentar a un montón de personas que no te creen, te culpan y responsabilizan, cuando en realidad eres la víctima”.

Daniela está convencida de que no basta marchar, cantar ‘Un violador en tu camino’ o cacerolear, que eso es solo una parte. “Es nuestra responsabilidad cambiar lo que está mal y hay muchas formas de involucrarse: puedes ser parte de una coordinadora feminista que visibilice estos temas, de una fundación o, mejor aún, de un partido político como el Partido Alternativa Feminista, que es la única agrupación con enfoque de género que busca formarse para llegar a la Constitución de octubre. Necesitamos tener voz y voto para que nunca más se decida sin nosotras, porque sin nosotras ningún país tiene futuro”.

El violador puede estar en tu propia familia

Loreto Landabur (29) tenía cinco años cuando fue violada por primera vez. En ese entonces, vivía en el campo con su abuela porque su madre la había dejado al cuidado de ella. “Recuerdo que mi mamá llegó a visitarme un día y fuimos donde una prima a almorzar. Luego mi madre me mandó caminando sola al campo de mi abuela. Al llegar a él, un hombre de 30 años, que vivía cerca, me vio saliendo del baño y me metió de vuelta. Estando adentro, él se bajó los pantalones y me pidió que le diera un beso en sus genitales. Yo lo hice”.

Sin embargo, esa no fue la única experiencia de abuso que sufrió Loreto. Desde los 10 y hasta los 21 años fue abusada sexualmente por su padrastro. “No podía contarlo porque él me hacía daño y cuando se lo confecé a mi madre, ella comenzó a sentir celos de mí y a maltratarme. Me decía que era gorda, enferma, mitómana, mala hija y que nadie me iba a querer. Ella me amenazó, incluso de muerte, si lo denunciaba. Con mi madre viví el peor de los infiernos, fue la mujer que me rompió mi alma, mi infancia y adolescencia; una mujer incapaz de querer a alguien más que a su ego y el dinero, la persona que me presentó el infierno en cuerpo y alma porque me maltrató desde que se hizo cargo de mí hasta los 21 años”.

Loreto cuenta que, además de los abusos de su padrastro, sufrió otros de personas cercanas a su madre. “Creo que viví rodeada de muchos pedófilos. Era tan pequeña y lo único que conocía era un mundo perturbado. Mi madre nunca me defendió y ocultaba todo lo que pasaba. Yo sentía tanta soledad, ganas de suicidarme, de irme muy lejos, de vivir bien y de tener mis propias cosas. Por suerte, tenía a mis amigas que me querían mucho porque era muy risueña, pese a que todos los días me daba miedo regresar a mi casa”.

Loreto nunca tuvo la posibilidad de optar a un tratamiento sicológico y menos denunciar sus abusos, pues su madre la amenazaba con recurrir a ‘altos contactos policiales’. Pese a todo, siguió viviendo con ella para cuidar a su hermano menor y evitar que le sucediera algo. “Al final me escapé de mi casa y mi terapia fue viajar por todo Chile. En esos recorridos fui conociendo gente buena que me mostró que podía ser amada y valorada”.

Actualmente, Loreto ha podido reconstruirse y vivir en Talca, ciudad donde junto a su pareja lucha por salir adelante. “Ella me enseñó a pensar antes de hacer, a quererme y saber que tengo talento, una vida larga que aprovechar, vivir, sonreír y sobre todo luchar por mí y mis derechos”.

Reparación humana y sicológica

Cuando ocurre una violación o cualquier acto de violencia sexual, la mujer que es agredida por lo general piensa: ‘¿Qué hice mal?’, ‘¿qué se malentendió?’, ‘¿sonreí mucho?’, ‘¿es mi culpa?’. Lo cierto es que estamos acostumbradas a pensar en nuestra propia responsabilidad tras una agresión sexual. “Y la sociedad también lo piensa así. Los comentarios sexistas al interior de las familias, de los servicios de salud y justicia siempre apuntan a buscar la responsabilidad de la mujer en la agresión. Entonces las mujeres abusadas por miedo, terror, desesperanza, desconfianza, vergüenza o culpa, se comienzan a tapar el cuerpo, a dudar de sus propias decisiones y certezas, a dejar de transitar por la calle o de ir al trabajo, a desconfiar de sus capacidades y valía, y también a desconfiar de la posibilidad de ser protegidas”, explica Ignacia Veas, psicóloga y coordinadora del área psicosocial de la corporación Miles.

Al respecto, Patricia Olea, sicóloga participante de la Red Chilena contra la Violencia hacia las Mujeres y experta en terapia reparatoria, señala que la violación es un ataque no solo físico, sino que se convierte en un acto que devasta psicológicamente a la víctima, dejándola sin recursos que le permitan afrontar el ataque. “Esto más tarde desencadena una serie de signos que van a configurar el llamado trastorno de estrés post traumático (TEPT) dentro del cual hay aspectos que son los que recurrentemente refieren las víctimas: ante cualquier estímulo (música, aromas, temperatura ambiente, personas, etc.) que la remita a la experiencia de violación, reexperimentan la agresión sufrida y puede presentarse en forma de pesadillas, imágenes o recuerdos involuntarios.

Las víctimas además pueden presentar reacciones evitativas de lugares o ambientes que les evoquen la experiencia, y en gran medida, las víctimas describen dificultades para concentrarse, irritabilidad y problemas con el sueño. Cuando no se trata el TEPT, los síntomas pueden hacerse crónicos y las víctimas pueden presentar mayores complejidades, llegando hasta experimentar cambios en la personalidad, como por ejemplo, desarrollar comportamientos de dependencia hacia personas significativas, situación que interfiere principalmente en su toma de decisiones. Esta nueva circunstancia en su vida la deja vulnerable a nuevas victimizaciones”.

Cuando una mujer rompe el silencio y denuncia una violencia sexual, da un paso que devela al agresor y es también una posibilidad de conseguir ser escuchada, validada y lograr justicia. Por eso, sostiene Olea, “es importante creer cuando una niña, adolescente o adulta revela un abuso o violación. Escucharla activamente y acogerla con respeto, sin interrumpir su relato, sin cuestionar o poner en duda el acontecimiento que narra, acompañarla todo el tiempo y ofrecerle alternativas para iniciar un proceso de reparación”.

Sobre ello, Ignacia Veas sostiene que “cada mujer debe descubrir o decidir cómo reparar el daño que se le causó. He visto que para algunas es reparatorio iniciar acciones legales, incluso sabiendo que es probable que no se llegue a una condena; para otras es simplemente un acto que les permite autonomía y recuperar la posibilidad de acción y defensa que se le arrebató; y también he conocido a mujeres que no les importa lo legal, sino poder hablar de las situaciones que vivieron y contar cómo se sintieron. En este proceso, el reconocimiento y la validación de su relato como violencia sexual es central. Comprender la experiencia como vulneración de sus derechos, sin cuestionamientos y prejuicios es abrir la posibilidad de verse más allá del temor, de la deshumanización y de la desprotección”.

Reparación judicial

Los casos de Antonia Barra, Fernanda Maciel, Nabila Rifo, Anna Cook y Antonia Garros son una muestra de cómo los procesos llevados por el sistema judicial chileno muestran una desconexión con la perspectiva de género. Al respecto, Ángela Stenger, abogada de la Pontificia Universidad Católica y socia de DDE Legal manifiesta que “Las mujeres no nos atrevemos a denunciar, principalmente, porque no existe confianza en las instituciones, que es donde se deben realizar las denuncias. Por lo demás, aún es muy alto el sesgo discriminatorio en cuanto al género femenino, e incluso muchas veces somos objeto de burla. La sociedad sigue atacando a las víctimas, culpándolas por haberse puesto en tal o cual situación de riesgo frente a su agresor”.

La abogada agrega además que actualmente existen dos grandes falencias, primero, la forma como se encuentra tipificado el delito de violación en nuestro ordenamiento jurídico y segundo, la capacitación de los jueces y juezas que resuelven estas materias. “Nuestro Código Penal regula la violación de manera muy estricta, sobre todo cuando la víctima es mayor de 18 años. Señala que deben concurrir, necesariamente, circunstancias muy específicas para que se configure el delito. Muchas veces estas circunstancias son difíciles de probar debido a la esfera íntima dentro de la cual se cometen este tipo de conductas, y dado el tiempo que transcurre entre el hecho y su denuncia. En ese sentido, es estrictamente necesario que los tribunales entiendan que el tratamiento de este delito debe ser distinto a otros y que deben existir criterios determinados y diferentes a los utilizados comúnmente”.

Por otro lado, explica la abogada, internacionalmente existe la necesidad de adoptar capacitaciones obligatorias para los jueces y juezas que deban conocer este tipo de causas. “Falta muchísima perspectiva de género de parte de los magistrados. En todo el proceso judicial se debiese entender como base fundamental que la culpa nunca es de la víctima de haberse puesto en esa situación”, sostiene Ángela Stenger.

Según Javiera Canales, abogada de Miles, el sistema judicial está plagado de esteriotipos que atienden a cuestiones de clase, raza y de género. “Hace falta, por ejemplo, una regulación específica sobre el consentimiento, que es la primera barrera que deben enfrentar las víctimas. Resulta muy difícil explicar por qué una víctima se paraliza ante una agresión sexual, por qué no salió corriendo, no gritó o no pidió ayuda. Desde una perspectiva de género, podemos comprenderlo muy bien de acuerdo a la asimetría de las relaciones y los roles de géneros, que propicia un escenario para el aprovechamiento sexual. Sin embargo, desde una perspectiva puramente legal, es más complejo. Se ha tornado muy difícil que las magistraturas comprendan que las personas y, particularmente las mujeres, no estamos en una ‘posición de ser víctimas’. Es decir, no estamos preparadas para ser agredidas sexualmente y, mucho menos, por alguien cercano, de quien tenemos afecto. Por ende, es muy normal la paralización, el shock y la disociación que ocurre en el ataque sexual. Sin embargo, al no existir una regulación del consentimiento, la falta de oposición directa se toma y se aprovecha por parte de la defensa como un consentimiento previamente establecido. Finalmente, la consideración de la vida sexual previa, el estado toxicológico, la edad y la relación con el agresor son consideraciones que facilitan los estereotipos de género a la hora de juzgar delitos sexuales”, explica.

En todos los procesos judiciales las mujeres víctimas de abusos sexuales son sometidas a cuestionamientos que las hacen revivir el hecho muchas veces. Una revictimización donde sus experiencias son puestas en tela de juicio. “Para superar esta revictimización secundaria, las instituciones implicadas en la atención de las mujeres (policías, establecimientos de salud, programas de SernamEG y el Poder Judicial) debieran contar con protocolos que recojan la información necesaria para realizar las intervenciones que salvaguarden la integridad física y psíquica de la mujer; y que luego cada institución reúna la información especializada que necesita para continuar con los procesos correspondientes y no volver a preguntarle lo mismo cada vez que la mujer deba comparecer en las distintas instancias a las que recurre. Se requiere que estas personas comprendan el problema de la violencia hacia las mujeres, estén sensibilizados y cuenten con las herramientas y la información para el abordaje de los casos”, sostiene Patricia Olea.

Comenta