El jeans y la imagen corporal: La trampa de las tallas




En mi clóset tengo dos categorías de jeans, los un poco más sueltos y que sirven perfecto para cuando estoy con un par de kilos sobre mi peso habitual; y aquellos que solo me quedan bien cuando estoy más flaca o en forma. Dos tallas distintas que conviven y de las cuales no pienso deshacerme, porque siempre recuerdo la vez en que bajé de peso mientras entrenaba para una carrera y decidí donar toda la ropa que me quedaba grande. ¿Qué pasó? Meses después todo me quedaba apretado.

Soy enemiga de las pesas, porque conozco el efecto negativo que tienen en mi salud mental. Por eso es que en los últimos años he ocupado los jeans para ver si estoy como me gusta estar, o no. El problema es que para estar como me gusta, tengo claro lo que tengo que hacer: mantenerme activa. No hablo solo de salir a correr o de ir al gimnasio, me refiero a caminar, subir escaleras, moverme en general, cosa que, desde que empezó el aislamiento hace ya más de dos meses, no he podido hacer tan a conciencia. Pese a que he seguido haciendo ejercicios -en la medida que mi departamento me lo permite- mis pantalones “flacos” me quedan cada vez más apretados.

Al mismo tiempo que esto sucedía, veía a la gente publicar en las redes sociales la despedida a sus jeans mientras durara la cuarentena, porque no necesitaban esa negatividad en sus vidas. Pero, si no usaban jeans, ¿qué? Pantalones de salida de cancha o buzo no parecían ser una alternativa, porque su uso fuera de instancias deportivas nunca me ha apelado mucho. Lo veo como rendirse, como quedarse en pijama. Qué tonta. ¿A quién le importa cómo me vista o no durante la cuarentena y por qué lo que me ponga -o no- va a decir quién soy? No tiene sentido, pero para mí, durante mucho tiempo lo tuvo.

El uso de jeans, más allá de las tallas de mi clóset, tiene efectos en la salud mental de las personas, de eso no me cabe duda. Por ejemplo, yo compro casi de todo por internet, pero me cuesta mucho comprar pantalones. Si voy a una tienda, saco dos tallas. Primero, con toda la fe, me llevo una 38 al probador, y en el otro brazo un 40. Si se que es una marca con tallas chicas, llevo un 42 para no tener que pedírselo a una vendedora.

Verán, si el 38 me quedó bien, me voy contenta y con el autoestima por las nubes. Si tuve que llevar el 40, pienso, bueno, a veces las tallas son más chicas en algunas tiendas. Pero si el único que me entra es el 42, dudo si comprarlo o no. ¿Quién va a saber qué talla es mi pantalón? ¿Y a quién le va a importar? También me ha pasado que, para mi cumpleaños, amigas me han ofrecido regalarme jeans. Cuando me preguntan la talla, siempre digo 38, aunque lo más probable es que no me quede tan bien como un 40.

La periodista Valentina Bordalí es socia creadora de la marca Ovando, donde su prenda más cotizada son los jeans. El tema es que su principal ingreso es a través de las ventas online. “No somos ajenas a la complejidad de las tallas, pero no existe una estandarización ni a nivel nacional ni a nivel mundial en relación a qué significa ser de una talla o de otra”, dice. Al final, la cintura, el abdomen, los glúteos y las piernas juegan cada uno un rol fundamental en cómo te quede un pantalón, por lo que al publicar las medidas del pantalón sin considerar factores tridimensionales no servía de mucho.

Por eso, junto con su socia, decidieron armar un diagrama de tallas colaborativo, para así acercar sus productos a las mujeres de verdad y no a dibujos en un papel. “Empezamos a ver que mujeres con anatomías distintas podían usar la misma talla. Caderas con 10 centímetros de diferencia podían ser 38, y eso no lo dice la tabla del pantalón plano”, explica.

Aunque hay muchos factores, culpo un poco al concepto Talla grande o Plus size. Recién lo conocí cuando Whitney Thompson ganó la décima temporada de America’s Next Top Model, en 2008. Dos años después, en una entrevista con el medio The Huffington Post, Whitney dijo: “Tengo que decir que soy una modelo de talla grande para que la gente me valide, pero lo cierto es que una talla 6 (38) es considerada talla grande, y algunas mujeres talla 4 (36) son muy gordas para ser modelos. Mi IMC está donde debe estar, ejercito y como bien, la mayoría del tiempo”.

Entonces, según el mundo del modelaje, con 38 estoy al límite y ya con 42 tengo los dos pies adentro del mundo “plus”. Entiendo que las tiendas han creado categorías que suenan bien para incorporar tallas sobre 42 en sus catálogos sin decir la palabra “gorda”, pero ¿por qué no puede un pantalón estar disponible desde la talla 34 a la 50 sin pertenecer a categorías distintas? ¿Por qué hacer que una mujer que tiene que usar “tallas grandes” se sienta distinta a una que usa una talla considerada “normal”?

Llevo más de dos meses aislada teletrabajando y cada vez uso menos jeans. Y si uso, me pongo los que me quedan cómodos, no los que necesitan de sentadillas y estiramientos para entrar bien. Le di la bienvenida al buzo, al pijama bonito que sirve para el día y a las leggings. Y a diario lamento haber regalado mis pantalones maternales, esos con el elástico tan cómodo al nivel de la cintura.

¿Eso quiere decir que me rendí? No. Al contrario, quiere decir que es momento de darme una oportunidad para aprender que yo no soy una talla, yo uso una talla. O varias tallas, dependiendo del día, del modelo y de mi humor. No quiero que nada me apriete, menos cuando los únicos que me ven son mi marido y mis hijos que me encuentran linda siempre.

En esta tremenda situación que estamos viviendo, creo que mantenernos sanos –mental y físicamente- es nuestra gran responsabilidad. Y si nos cambia el cuerpo en el intertanto, pues que cambie. Cuando podamos volver a salir como lo hacíamos antes, dudo que nos importe mucho si salimos con pitillos a la cadera o con pantalones de buzo gastados.

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